A vivir que son dos díasLa píldora de Enric González
Opinión

Los aplausos

"Yo mismo estoy dispuesto a aplaudirle. Este hombre consiguió que su padre no reinara y parece muy capaz de arruinar el reinado de su hijo. Démosle tiempo. Y aplausos"

Madrid

Hay gente que aplaude al emérito. Y no es extraño. Este es un país de palmeros y aplaudimos por cualquier cosa. El mismo día que Juan Carlos de Borbón acudía a una regata entre aplausos, había quien ovacionaba a unos presuntos violadores que salían del cuartelillo en libertad provisional.

Este gusto nuestro por hacer ruido con las manos traspasa con creciente frecuencia el umbral de lo absurdo. Supongamos que ocurre una tragedia y guardamos un minuto de silencio para expresar el dolor. ¿Qué hacemos al terminar el minuto? Aplaudimos. No sé a quién o por qué. Pero lo hacemos.

Se aplaude en las bodas, quizá en reconocimiento a la valentía de los contendientes, y se aplaude en los entierros, en plan “¡viva el muerto!”, lo que parece un contrasentido. Aplaudimos incluso cuando el muerto está, efectivamente, vivo: recuerden la ovación entusiasta con que despidieron a Pablo Casado quienes acababan de cargárselo.

No sé, es lo que nos sale. Y, por tanto, no es extraño que se aplauda a Juan Carlos I. Porque sí o por cualquier otra razón: porque fue tan buen rey como comisionista, porque defraudó guapamente a Hacienda (y hay quien admira eso), porque tuvo un montón de amantes (también hay quien admira eso), porque fue muy putero (otra afición con admiradores) o porque frenó a tiros la amenazante superpoblación de osos y elefantes.

Yo mismo estoy dispuesto a aplaudirle. Este hombre consiguió que su padre no reinara y parece muy capaz de arruinar el reinado de su hijo. Démosle tiempo. Y aplausos.

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