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Cannes 2022 | Cannes se rinde al mito de Elvis, la metáfora white trash de América

Baz Luhrmann resucita al músico en un biopic barroco y divertido con un impresionante Austin Butler

Cannes (France), 25/05/2022.- Tom Hanks (L), Austin Butler (C) and Baz Luhrmann arrive for the screening of 'Elvis' during the 75th annual Cannes Film Festival, in Cannes, France, 25 May 2022. The festival runs from 17 to 28 May. (Cine, Francia) EFE/EPA/GUILLAUME HORCAJUELO / GUILLAUME HORCAJUELO (EFE)

Cannes

Pocos directores como Baz Lurhmannn son tan idóneos para retratar a Elvis, la gran estrella, el mito, la gran estrella del rock que revolucionó la música americana. Era y es el indicado por razones estéticas y también por una intención temática que el director australiano ha ido mostrando en sus anteriores filmes. En este biopic, presentado en el Festival de Cannes fuera de competición con el beneplácito de la familia de Elvis, vuelve a ofrecer su estilo y agrega algunas dosis de mordacidad sobre el gran mito de la música americana.

Si hay un artista barroco, kitsch, excesivo en cuerpo y alma ese es Elvis Preysler. Sus trajes rosas, blancos, llenos de perlas de strass, de lentejuelas, de bordados. Sus pantalones de campana, sus camisas entalladas y su enorme tupé negro. Su maquillaje o su tono bronceado -solo superado por el de Julio Iglesias años después. Quién mejor que Lurhmann, director calificado de artista pop, barroco y videoclipero, para acercarse a una estética que requiere exceso, impostura y artificio.

El australiano ha sido un director que ha pretendido hacer filmes teatralidades, donde el público se sintiera espectador de toda la experiencia sonora y visual. Así lo hizo en Moulin Rouge, película que le dio el éxito internacional y que ponía el broche a la conocida como trilogía del telón rojo. Esa que empezó en 1992 con Strictly Ballroom y que continuó con Romeo y Julieta, dando pie a otro mito de Hollywood para una generación, Leonardo DiCaprio. Y que finalizó con Moulin Rouge, una oda a la bohemia parisina.

En Elvis hay un montaje frenético, movimientos de cámara por las calles de Memphis, por las iglesias, por la casa familiar y por los escenarios de Las Vegas. El espectador es el público de un concierto y las caderas de Elvis parecen salirse de la pantalla. Tal y como las asistentes a sus primeros conciertos sentían y vivían y jaleaban. El director que reinventó el musical, poniendo la música al servicio de la historia, adaptando clásicos, como Shakespeare, al ritmo de la música pop y el lenguaje actual, no duda en jugar con otras músicas -hay actuación de los ganadores de Eurovisión Maneskin- para reivindicar siempre a Elvis.

La historia está contada por un narrador, el personaje de Tom Hanks, de lo más flojo de toda la película. Es el villano el que nos habla. Es el capitalismo, aunque su nombre es extranjero, no es americano. El hombre que usó al músico desvalido, que sacó tajada y que cuenta su historia.

Con él Tom Parker forzó el marketing para que Elvis diera la imagen de joven poco problemático que cumplía con la patria y no era rebelde nada más que sobre el escenario. Una instrumentalización de su figura, no orientada a ningún fin político, pero sí a acceder a más capas de mercado.

La política en torno al arte, al artista, es el mensaje de esta biografía que va más allá de contar la vida de Elvis. Está contando la vida de Hollywood. Está entrando en uno de los debates que ha acompañado a la industria y al arte desde su formación. En un momento donde la industria parece buscar producciones entretenidas y banales, que no digan nada, que sean blancas, que no ofendan, Lurhmann mete el dedo en la llaga e insiste en que el artista que no es nada, acaba en la nada. Los momentos brillantes de la carrera de Elvis son aquellos en los que decidió ser él mismo, en los que se acercó a la población afroamericana, rompiendo las normas de segregación y siendo arrestado por ello. También los momentos en los que creyó en la izquierda y los derechos civiles, pero el mercado y la rentabilidad lo alejaron de ese camino. Y así acabó: lleno de deudas y convertido en una reliquia.

Es curioso que la última vez que Baz Lurhmann estuvo en Cannes fue presentando Gatsby, su mirada a la novela de Scott Fitzerald. Uno de los más cruentos relatos sobre el falso sueño americano. Hay mucho del Gran Gatsby en Elvis. La obsesión por ascender, por el lujo, por tener de un hijo de una familia white trash americana que triunfa, pero que vive la desazón de ese triunfo, de ese sueño americano.

Elvis encarnaba el sueño americano y la pesadilla del triunfo a la perfección; fue una cruel metáfora de su país, América. Al igual que Elvis se apropió, con cariño eso sí, de la música negra y consiguió su legitimación artística, su país construyó una nación gracias a la mano de obra de los afroamericanos, a los que primero esclavizó y después condenó a la marginalidad. América no sería lo que es hoy sin esa identidad y su plusvalía.

Se agradece y mucho que la actuación de su protagonista supere la imitación. Austin Butler tiene un carisma portentoso, que hipnotiza al espectador. No imita a Elvis, nos hace ver a Elvis. Y se agradece más todavía que la biografía de un artista musical vaya más allá del auge, caída y redención del personaje. Ya sabemos que hubo mujeres, infidelidades, que fue un padre ausente, como todos, que hubo drogas y alcohol, que gastó en coches y ropa, que conoció a otras celebrities y que soñó con ser el nuevo James Dean. Lo sabemos porque cada músico que tocó la gloria vivió todo eso. Lo vimos en Freddy Mercury y la mediocre Bohemian Rhapsody, lo vimos con Elton John. Baz Lurhmann no obvia todo eso, pero la película tiene otras intenciones, mostrar la historia de un país a través de su gran estrella, sus pecados y sus éxitos y encima logra darle un toque de atención a ese Hollywood anodino y a esos artistas que dicen ser “imparciales”.

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