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Cannes 2022 | Albert Serra y su thriller político sobre la colonización y la decadencia

El director catalán, único español en competición en el certamen, ha sorprendido con 'Pacifiction', película que alaba la crítica y que podría ser una Palma de Oro radical si el jurado está por la labor

Albert Serra, en la alfombra roja de Cannes EFE/EPA/Guillaume Horcajuelo / Guillaume Horcajuelo (EFE)

Cannes

La política es como una discoteca. Esa frase lapidaria, pronunciada por un inmensio Benoît Magimel, define a la perfección, no solo lo que ha pasado este jueves en el Congreso con la Ley Audiovisual, sino también la propia película de Albert Serra, el director catalán, que ha presentado por primera vez en Sección Oficial del Festival de Cannes, Pacifiction (Tourment sur les îlles).

Tras La muerte de Luis XIV o Libertad, con la que logró el Premio Especial del Jurado en Un certain regard en 2019. Albert Serra vuelve al certamen francés. Lo hace cambiando de género, y es que se pasa al thriller político. Lo hace, por supuesto, a su manera, en 160 minutos y en una sucesión de escenas, imágenes embriagadoras en la que sumerge al espectador, sin necesitad de una narración al uso.

En Tahití, en la Polinesia francesa, el mismo lugar donde el pintor Paul Gaugin se refugió, un hombre llamado De Roller se pasea vestido con un traje color crema, camisas de colores y gafas de sol azuladas. Una indumentaria que podría ser la del mismísimo Albert Serra, de blanco impoluto en la alfombra roja del festival. Es un tipo que nos resuena familiar, seguro que nos hemos encontrado con alguien así en fiestas, restaurantes, redacciones. Podría ser el dueño de un puticlub, un mafioso o un político. Le vemos actuando como un conseguidor, un solucionador de problemas. Un habilidoso charlatán que recorre la isla recogiendo las quejas y peticiones de los habitantes. En realidad es un funcionario de la República francesa, es decir, el representante del Estado francés en ese último territorio de ultramar. Es un emblema de aquello que Barthes nombraba como la francesidad.

La película de Serra hubiera gustado al lingüísta francés, pues muestra con contundentes imágenes la decadencia de un imperio, que fue potencia nuclear, que tuvo colonias por todo el mundo y que ahora, cuando emergen los traumas de la colonización. Justo cuando Marin Le Pen, para ganar votantes, apela a la grandeur francesa, a recuperar la identidad, a alejarse de Europa y ser más fraceses, Serra nos sumerge en los últimos estertores de un mundo que llega a su fin. Es la Francia de ultramar, pero también es el mundo en que hasta ahora nos movemos. Es el fin de algo y el inicio de no sabemos qué.

Como decía Gramsci, mientras surge lo nuevo, aparecen los monstruos. Están los americanos misteriosos, quizá agentes de la CIA. Está también el rumor de una reanudación de las pruebas nucleares. Hay opositores. Hay submarinos no identificados que recogen a las chicas de la isla pero nadie los ve. Vuelve la marina francesa. Pero por más que busca nuestro personaje, nada tiene sentido. Magimel celebra sus 35 años de carrera con este papel, la mejor interpretación de la sección oficial de Cannes. El actor, que ya ganó aquí con La pianista, la película de Haneke, es uno de los emblemas del cine francés, como lo es Jean Pierre Leaud, otro mito con el que Serra trabajó en La muerte de Luis XIV. Sudoroso, elegante, jugando con el movimiento, con la respiración, tremendo Benoît Magimel.

El punto de partida del guion fue la lectura de los diarios de la actriz polinesia Tatarita Teriipaia, que fue esposa de Marlon Brando. Luego llegó lo de rodar en Tahití, en plena pandemia, con la población local sometida a un confinamiento total. Guaguin parece la guía visual de Serra, que se monta en una moto de agua para surfear una ola. Que nos introduce en los bailes de las mujeres oriundas del lugar, como hizo el pintor francés. Hay amaneceres y atardeceres, hay diálogos y reflexiones del personaje sobre el arte, la razón o la corrección política. Hay charlas en torno a una mesa, en un bar. Hay monólogos hilarantes, que acercan al filme a la comedia, sobre la política, sobre Francia, alejándose de los despachos -cronotopos por excelencia del cine político- y de las casas burguesas.

La conexión con el momento actual está de fondo. Con la desafección por quién nos gobierna. Con la incomprensión de lo que pasa en el mundo y con la necesidad de seguir adelante. De surfear la ola, de disfrutar de los paisajes o de acabar bailando, como acaban los personajes del filme. Como en sus anteriores obras, en Pacifiction está la obsesión por crear imágenes con atmósferas nuevas, distorsionar el tiempo que se alarga o se acorta, explotar la ambigüedad. Eso sí, el retrato femenino sigue sin explorarse demasiado.

Serra propone un viaje al espectador por un paraíso perdido o acabado, y juega con la confusión, la misma que vive el personaje. De hecho, la propia película tiene o ha tenido tres títulos. Bora Bora, era el nombre que se le dió en los inicios. Tourment sur les îlles, el título francés. Y Pacifiction, un claro juego de palabras entre el Pacífico y el uso de la ficción, pues el personaje se puede leer como un alter ego del director de Banyoles que dirige a todos los demás habitantes de esa isla y que trata de entender qué pasa y encender la luz de la discoteca, como dice una de las frases, donde los políticos se han metido.

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