A vivir que son dos díasLa píldora de Enric González
Opinión

Víctima de un tren

"El balconing suscita un rechazo muy amplio. De hecho, parece que quienes lo practican son los únicos que lo disfrutan. Y acaban matándose, lo que relega el balconing a la condición de práctica eternamente minoritaria."

Víctima de un tren

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Madrid

Casi todo el mundo sabe en qué consiste el balconing. Se trata de saltar de un balcón a otro, preferentemente en pisos elevados, o en saltar de un balcón a la piscina. Dicha actividad se ajusta a la definición de deporte, porque hay ciertas normas (la principal, estar muy borracho), requiere una cierta destreza y, además, se practica al aire libre. Solemos atribuir el balconing a los guiris. Más en concreto, a los turistas británicos de garrafón. Son, sin duda, los reyes de esta cosa tan estúpida. La Federación Internacional de Balconing, con sede en las Islas Baleares (que vienen a ser el Maracaná del asunto) y aún no reconocida oficialmente, ofrece una clasificación histórica que refleja la superioridad de los hijos de la Gran Bretaña: en 53 eventos disputados han conseguido la cifra de 18 muertos, con 35 heridos.

Los alemanes, en segunda posición, quedan a distancia en 19 intentos, nueve muertos y 10 heridos. Pero no sólo los guiris pueden presumir de idiotez avanzada. Ahí están en cuarta posición los españoles, con once intentos registrados, dos muertos y nueve heridos. El balconing suscita un rechazo muy amplio. De hecho, parece que quienes lo practican son los únicos que lo disfrutan. Y acaban matándose, lo que relega el balconing a la condición de práctica eternamente minoritaria.

No seré yo quien defienda esa burrada. Hay que reconocer, sin embargo, que ofrece al espectador la posibilidad de elegir bando. Tenemos la opción de apoyar al balconero o, por el contrario, de estar del lado de la ley de la gravedad. Esa libertad de elección no existe en otra práctica infame: la de comenzar en un tren las despedidas de soltero/soltera. Parece que es cada vez más frecuente gozar de tales eventos en el transporte ferroviario. Lo peor es cuando el festejo etílico, con sus disfraces, sus gritos, sus barbaridades y demás ingredientes apropiados, te pilla en un AVE sin paradas. No hay escapatoria, salvo para el revisor del tren, que se esconde en su cuchitril. Al pobre pasajero víctima acaba ocurriéndosele que, en lugar del tren, estas cosas deberían hacerse entre balcones. Por puro amor al deporte.

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