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Una mirada al bosque quemado de la Sierra de la Culebra en Zamora: "En 70 años que tengo nunca he echado una lágrima. Ahora no puedo mirarlo sin llorar"

Se ha quemado todo el pinar que plantaron los abuelos de la zona, el pinar centenario de donde se recogían valiosas setas, se ha quemado el hábitat de jabalíes y corzos y se teme por las manadas de lobos que vivían en este lugar. También se han perdido los castaños y los pastos. Un paseo por la sierra nos enseña todavía mucho verde entre los ocres y los negros del fuego, pero los vecinos aseguran que un visitante "ya no puede entender lo que era esto"

El drama del incendio de la Sierra de la Culebra de Zamora

El drama del incendio de la Sierra de la Culebra de Zamora

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Ferreras de Arriba (Zamora)

El fuego se da por estabilizado y la Junta de Castilla y León lo ha bajado a nivel 1. Pero eso es sólo un número porque la tristeza está en máximos en la Sierra de la Culebra. Los helicópteros siguen pasando y vigilando pequeñas columnas de humo que todavía salen del monte. Hay más de 30.000 hectáreas quemadas -ya es el incendio que más terreno ha quemado en lo que va de siglo XXI en España- y en los pueblos que forman el valle, como Ferreras de arriba, Otero de Bodas, Sarracín de Aliste y otros muchos, todo está lleno de ceniza. Nos cuenta una vecina que en su restaurante se pasa el día limpiando porque el viento todavía sigue trayéndola de las montañas quemadas.

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Y mientras la indignación vecinal crece como una planta nueva entre las cenizas y el monte quemado de los pueblos de la sierra. Se organizan por WhatsApp, se envían enlaces de noticias, escuchan la SER a través de un móvil colocado en la barra de un bar mientras guardan silencio y -sobre todo- lloran con las pérdidas. Este martes hay una concentración en Zamora de la plataforma #Lasierradelaculebranosecalla y el miércoles hay concentración de bomberos forestales frente a las Cortes de Castilla y León. Los vecinos que vieron el fuego saltar de montaña a montaña ante la falta de medios quieren ser escuchados.

Desde este lunes recorremos la zona quemada del incendio. Es inmensa, inabarcable. "Nos queda el triste honor de decir que es el más grande del siglo en España", dice un vecino. "Espero que no nos olviden y que se cuente esta historia aunque sea sólo por eso", añade, apesadumbrado.

Los incendios son una realidad que vacía de biodiversidad zonas enteras de nuestro país. Las vacía de biodiversidad y también de personas porque la catástrofe ecológica es también un factor que suma -o resta- para eso que llamamos España vaciada. Así que les propongo mirar esta catástrofe primero de lejos y después de cerca, muy de cerca, para ver sus consecuencias.

Desde lo alto

Empezamos de lejos: desde una atalaya y con unos prismáticos. Desde lo alto, como si fuéramos un águila, vemos las montañas y el valle. Están negras y amarillas. Negras porque se han quemado los pastos, amplias zonas naturales donde crecía monte bajo que alimentaba a los animales, y amarillas porque los árboles más grandes, los castaños y los pinos centenarios, se han quedado en pie pero están de un color ocre. La mayoría están muertos.

Vamos a acercarnos un poco más, vamos a ir de lo más grande a lo más pequeño. Vamos a fijarnos en uno de esos castaños. Uno solo. La mayoría los plantaron hace casi cien años muchos abuelos de la zona que ya no están “para tener algo, una herencia para sus nietos”. En la sintonía de hora 25 uno de esos nietos nos lo contaba: “hemos perdido la herencia natural de nuestros abuelos, es penoso”. Se llama Jesús y nos enseño los árboles que plantó su abuelo. Están marcados con una seña de la familia, en medio de un bosque de árboles inmensos. Muchos están calcinados. Otros no han podido soportar el calor y tienen un triste color amarillo y las hojas mustias. El resto, los que menos, todavía conservan algunos brotes verdes.

Casas quemadas

Sigamos acercándonos en este viaje de lo grande a lo pequeño. Ahora miramos una casa, que es casi tan grande como un castaño centenario. Se han quemado pocas porque se contuvo el fuego gracias al despliegue y el esfuerzo de la UME. Pero las que se han quemado no tienen posibilidades. Esta que tenemos enfrente en Otero de Bodas está totalmente quemada y además tiene una triste historia detrás porque acababa de ser comprada por una familia que había depositado en ella todas sus esperanzas de futuro. La gente del pueblo está organizándose “para ver cómo les ayudamos”.

Nos dicen que se quedarán muchas casas vacías y no solo las de vivir, sino también las de turismo rural. Hoy ya nos cuentan los hoteles que están recibiendo cancelaciones. “¿Quién va a querer venir a ver todo este desastre”, pregunta una vecina.

Pero sigamos acercándonos. Miremos ahora a los animales. Primero los más grandes.

Anoche volviendo al hotel donde estamos hospedados, que está en las afueras de la sierra, vimos a una hembra de corzo y su bebé. Estaban solos y parados en medio de la carretera que une dos pueblos. Era noche cerrada y no se movían. Estaban cansados, sucios de hollín y desorientados. Apenas reaccionaban al ruido del coche y estaba cruzando entre dos zonas quemadas.

“Los animales han tenido que huir y muchos han muerto”, dicen los vecinos que ya han visto cadáveres cerca de los pueblos . Sin embargo, todavía es difícil hacer una estimación del daño en este sentido. Todavía es una incógnita. Por ejemplo: había hasta ocho manadas de lobos y esta zona era un santuario para este animal. El biólogo Javier Talegón, que se ha dedicado todos estos años a seguirlos y controlarlos, lo deja claro: “Ahora mismo, los lobos no están en sus loberas. No están ellos ni sus cachorros nacidos esta primavera. No podemos saber si han huido o han muerto”.

Pastos quemados

Y luego están las vacas. Aquí comían de los pastos que ahora están quemados. La mujer del vaquero dice que no las pueden alimentar porque comprar el forraje es carísimo. Algunos vecinos están regalando el forraje a los ganaderos para que puedan resistir estos días pero el futuro es negro como los pastos. “Habrá que vender las vacas y los terneros. Es imposible mantenerlas sin pastos”, dicen os ganaderos.

Seguimos con animales pero bajamos dos escalones más de tamaño: El primero, ya necesitamos una lupa porque miramos las abejas. Se han quemado las flores de los castaños y las abejas están en sus colmenares pero nos dice una apicultora que están “estresadas y asustadas”. Las vemos dentro de sus casas, casi sin moverse y, por supuesto, sin producir porque no hay flores y, por tanto, no hay polen. Todo está unido en el medio rural y natural. Este año, es bastante probable que nos quedemos sin miel producida en la Sierra de la Culebra.

Riqueza micológica

El último escalón de tamaño que bajamos nos obliga a coger un microscopio. Cogemos un pedazo de tierra bajo un pinar quemado y buscamos los hongos, las setas. La micología empieza en lo más pequeño aunque una seta boletus puede ser de grande como dos manos y pesar un kilo. Un kilo que se ha llegado a pagar a 20 euros. Ahora los pinares centenarios donde salían se han quemado. Y con él se han muerto “las mejores setas de España”, según los vecinos. Ya no crecerán aquí las boletus. Y muchos, por edad, no podrán tener el placer de salir con una cesta a recogerlas porque “para que vuelvan a brotar necesitan un pinar de, al menos, cincuenta o sesenta años”.

En el aire de estos pueblos y de estos bosques no solo flota la ceniza. Flota una tristeza máxima. Un hombre anoche, tras algunas cervezas, me dijo en el bar una frase que hiela la sangre: "Tengo 70 años. Nunca había llorado. Ahora no puedo mirar nuestro bosque sin hacerlo".

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