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Beatus ille digital

Feliz aquel que pueda disfrutar del lujo de sentirse y pensarse sin estar obligado a ello

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Madrid

Feliz aquel que, ajeno a las redes sociales como los analógicos, puede permitirme vivir sin pantallas. Alejado de sus seductoras luces, llenas de estímulos infinitos, puede volver a la vida material y dejar de ser solo unos ojos hipnotizados de mirar hiperactivo y un dedo esclavizado por el monótono y repetitivo gesto de deslizarse sobre el cristal frío. Lo opuesto a la virtualización de nuestra existencia, el punto más alejado de los dispositivos de captación masiva de atención está, como bien lo contó Santiago Alba Rico en Ser o no ser un cuerpo, en la cocina.

Así que, feliz aquel que se pueda permitir un verano entre cazuelas escogidas, risas de sobremesa, manos que se posan inesperadamente sobre un hombre cuando el oleaje de una intensa conversación las empuja a buscar el tacto del otro, liberados al fin de la expresividad congelada de los emoticonos. Ver volar de verdad los besos lanzados al aire, que los guiños alcancen su espléndida capacidad de decir tanto en tan poco tiempo, que las carcajadas de lágrimas que saltan del rostro estallen a coro y se una la vibración que provocan al temblor incontrolable de quienes nos rodean y las risas dejen de ser, por fin, los sonidos cacofónicos que vibran en la oscuridad. Que el baile sea una explosión real de alegría y no la pobre flamenca eternamente quieta en su olé. Que rompamos la distancia impuesta por el móvil y disfrutemos del cuerpo entero y presente.

En resumen, feliz aquel que pueda alejarse del ruido, del insulto y del odio normalizado para volver a escuchar el latido propio y el ajeno, el ritmo del día, las conversaciones de los extraños en la playa, las primeras palabras del niño que aprende a hablar. Feliz aquel que pueda disfrutar del lujo de sentirse y pensarse sin estar obligado a ello. Les deseo a todos un feliz y muy analógico verano.

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