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Así es el trabajo del único encargado de cambiar la hora de los 230 relojes del Palacio Real: "Me tengo que organizar en tres días"

José Antonio Gismera es relojero de Patrimonio Nacional y custodia la gran colección real comprendida entre el siglo XVI y el XX

José Antonio Gismera, el encargado de cambiar la hora de los 230 relojes del Palacio Real: "Me tengo que organizar en tres días"

José Antonio Gismera, el encargado de cambiar la hora de los 230 relojes del Palacio Real: "Me tengo que organizar en tres días"

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Madrid

"El reloj no existe en las horas felices", escribía en forma de greguería Ramón Gómez de la Serna. Pero, para José Antonio Gismera, la alegría está en cada hora. En cada minuto. En cada segundo. Es el único relojero del Palacio Real. Y, por tanto, el cirujano de la colección monárquica de Patrimonio Nacional. También, el director de orquesta de una filarmónica de tic tacs perfectamente sincronizada. Pero, durante este fin de semana, es, especialmente, el encargado de cambiar al horario de invierno cada uno de los 230 relojes del conjunto.

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Devoto de la puntualidad inglesa, nos recibe sin demora. Lleva una bata blanca con bolsillos azules. A juego con sus guantes de látex. Camina calmado, con las manos en la espalda. De la derecha cuelgan sus gafas, pues el oficio le ha quitado la vista, dice. Mientras que en la muñeca izquierda luce un reloj de cuero negro. Frente a la sospecha inicial no es de cuerda y la pila lo retrasa entre cinco y diez segundos diariamente. El aspecto el de un perfeccionista, estándar al que imaginamos de un relojero, aunque sea la primera generación de Gismera que se dedica a la relojería.

José Antonio Gismera da cuerda al reloj &#039;El Pastor&#039;

José Antonio Gismera da cuerda al reloj 'El Pastor' / Pablo Gandía

"Aprobé la oposición hace 32 o 33 años, entré como ayudante con unos 20 o 22 años, hace ya mucho". Gismera no quiere "acordarse", pero han transcurrido unos 17 millones de segundos desde que desarmó y montó con éxito una maquinaria Paris. "Es la que más abunda en el palacio", explica. Aunque le fallan los recuerdos asegura que todos marcan la misma hora. "Con la edad más maniático te vuelves, están todos perfectos". El relojero no revisa, sino que "pasea". Puede acceder a cualquier estancia sin recibir el alto. "Es que en todas hay relojes", añade entre risas.

En el salón de Carlos III hay tres. Justo en la ventana se ubica un reloj en forma de jarrón. Al frente, una réplica. Aunque como todo gemelo, en el interior están las diferencias. Sus autómatas representan la Barca de Caronte y la Fragua de Vulcano, respectivamente. Separando a estas piezas, que supuestamente fueron robadas por José Bonaparte, está 'El Elefante'. Una pieza que, decorada con oro, mueve la trompa y la cola.

Reloj 'La Fragua de Vulcano'

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"Es una colección variada con una amplia cronología, desde el siglo XVI hasta el XX, tenemos relojes ingleses, franceses, también alemanes, españoles o suizos", explica Amelia Aranda. La conservadora de la colección vela por la integridad de cada obra. También investiga la historia que esconden, aunque le cueste la paciencia. "Uno me tiene agotada porque no sé por dónde llegar, la tradición dice que es un regalo del Gran Turco a Carlos III, pero no sabemos cómo llegó, mide dos metros, no pasa desapercibido, pero no consta en la documentación", lamenta.

El oído nunca falla

En el Salón de Gasparini se expone 'El Pastor'. La teoría recoge que es un reloj astronómico en el que se mueve la figura del pastor tocando la flauta o un balancín con amorcillos. Pero la práctica dice que es el favorito del público. Si bien es una de las mayores colecciones del mundo también es una de las que más ha sufrido. "Son posteriores al incendio del Alcázar, siempre nos imaginamos a 'Las Meninas' salvándose por la ventana, si lo haces con un reloj lo has perdido, por eso no tenemos hasta Felipe V", comenta Aranda antes de insinuar que alguno podría ser parte de una colección privada.

Reloj 'El Pastor'

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Tras un laberinto de pasillos, en una de las plantas altas y con vistas a la Plaza de Oriente, está el taller de Gismera. Dos salas repletas de cajas y maquinarias en las que no existe el silencio. Además de un cronómetro de marina, por el que Aranda aprobó la oposición y con el que se emociona, tiene en planta dos relojes de torre. En un pequeño torno fabrica cada una de las piezas para acarrear las reparaciones. "Se pueden ajustar piezas de otros relojes, pero es muy complicado que coincidan, tienen su número de dientes, su personalidad".

El diagnóstico es sencillo. fallará la visión, pero no el oído. "Se oye sin un reloj va redondo o va cojo, aunque estés lejos dices joder este va un poco chungo", asegura con una ligera mueca. Al colgar la bata, Gismera tampoco descansa porque el de relojero es un reloj sin hora. "Cuando salgo de aquí cuelgo el reloj, intento desconectar, pero en restaurantes hay muchos y están parados, incluso en una peli estas viendo y no suena bien el tic tac o no funcionan, se te va la vista a eso", apunta.

Cambio de hora

Sobre el cambio de hora, el de invierno conlleva una mayor complejidad que el estival, ya que no es solo "adelantar una hora". Entran otros factores más allá de las propias agujas de la esfera. "No se puede dar la vuelta, porque si tiene calendario tienes que darle las 24 horas para que no cambie a las 12 del mediodía". Si bien es cierto que lo hace prácticamente solo recurre a la "calma y la paciencia". "Me tengo que organizar en tres días, empezar en jueves y acabar en lunes". Todo ello sin recurrir a algún documento, pues los tiene todos en la cabeza: "Son muchos años, los tengo fraccionados".

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