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'The Crown', la joya de la corona de Netflix pierde brillo y se convierte en un culebrón palaciego

La serie británica se enfrena a los espectadores tras la muerte de la reina Isabel II en una temporada centrada en la pugna con su heredero, ahora en el trono, y en Diana de Gales

Fotograma de 'The Crown' / NETFLIX

Para Netflix, The Crown ha sido siempre una de sus series más importantes. A la que más dinero le ha dado y a la que mejor ha cuidado, en promoción y posicionamiento y una de las que mejor resultado le ha dado. La muerte de Isabel II este mismo año ha hecho que se paralizara el rodaje de la sexta remporada, que las cuatro ya estrenadas crecieran en popularidad y visionados y que la quinta temporada, que llega este miércoles a la plataforma, sea una de las que más morbo y críticas han generado.

Cuanto más se acerca el relato de la monarquía británica a nuestros días y a ese terrible suceso, la muerte de Diana de Gales, más difícil resulta la descripción de una familia ligada al poder y a Gran Bretaña. Hasta ahora la serie había combinado el cuento de unos reyes en palacio con la historia del país y cómo monarquía, gobierno y sociedad acababan llegando a acuerdos. Incluso con la maléfica Thatcher, a la que la serie pintaba como la mala de la película frente a la reina. Sin embargo, la quinta temporada adolece precisamente del retrato de un país. La relación entre las tramas, lo que viven, sienten y padecen los seres de sangre azul, con los cambios que vive la sociedad británica, parecen no interesar tanto a los guionista, ya que se quedan a medio entrelazar.

El encajar ambas cuestiones, hacer de una serie histórica un retrato político del pasado eran los puntos fuertes de The Crown, además de su cuidadísima producción, su minuciosa puesta en escena y sus impecables actores y actrices. Solo las dos últimas cualidades persisten en esta nueva temporada, donde incluso algún intérprete patina por momentos, como el pobre Dominic West, que nunca consigue ser el Príncipe Carlos. El relato esta vez se centra en las intrigas palaciegas, en las luchas de poder. Los primeros capítulos nos dejan claro que Carlos de Inglaterra y su madre, la reina, tuvieron muchas peleas por quién debía seguir en el trono. Parece un oxímoron, pero el personaje de Carlos repite una y otra vez que la monarquía está anticuada, como si eso no fuera algo inherente a una institución basada en leyes de la Edad Media, como bien vimos en la realidad con el funeral de Isabel II. Casi parece una temporada para el morbo, si tenemos en cuenta que ahora Carlos es rey e Isabel II falleció en septiembre. Y de Diana, nadie se acuerda.

Esa es la otra gran trama. El divorcio de los príncipes de Gales y la nueva vida de Lady Di. La serie, como ya hizo en la anterior temporada, repite escenas icónicas y no escapa a algo que la propia princesa conseguía cada vez que aparecía en público, eclipsar al resto de miembros de los Windsor. La actriz Elizabeth Debicki, a la que vimos en Tenet, bajo las órdenes de Nolan, da el relevo a Emma Corrin y se convierte en una Diana triste, pero que empieza a vivir y empoderarse a través de escenas icónicas que ya empiezan a sonarnos a todos. La entrevista en la BBC, las persecuciones de los paparazzis o el anuncio del cese conyugal, ese eufemismo tan "real". También aparece Dodi Al Fayed, en una de las pocas tramas que tiene algo de político y que muestra el racismo de la familia real, que hasta hoy, con el caso Megan Markle, les ha perseguido.

Luego está la reina, ese personaje construido para que el espectador no deje de empatizar con sus defectillos y aspectos negativos. Peter Morgan, creador de la serie y también de The Queen, la película protagonizada por Helen Mirren, quiere mostrarnos que es una más de nosotros, aunque ella por nacimiento tenga todo asegurado. El personaje se hace mayor y pasa a otra nueva actriz, Imelda Staunton, otra reputadísima intérprete británica que es la encargada de reflejar las últimas décadas de reinado de Isabel II, dando el relevo a Olivia Colman y a Claire Foy. Staunton, protagonista de El secreto de Vera Drake, la película de Mike Leight con la que ganó la Copa Volpi en Venecia ha observado minuciosamente cada movimiento de la Reina, le quita brío a la interpretación y parece Isabel II.

La veterana Lesley Manville sucede a Vanessa Kirby y Helena Bonham Carter como la la princesa Margarita, el contrapunto cómico de la familia real británica, Jonathan Pryce como el Príncipe Felipe, en uno de los personajes peor escritos de la temporada, pues su evolución no tiene sentido. De repente, es más el Felipe de los inicios, el que interpretaba Matt Smith, que el de las últimas apariciones. Y Olivia Williams, como Camila Parker Bowles.

La quinta temporada sufre un poco lo que sufrió en esos años noventa la propia monarquía británica, en horas bajas, con la popularidad bajo mínimos, por culpa de los escándalos, de los divorcios. Los guionistas lo juegan todo a los cotilleos, más que a la profundidad de qué pasó realmente, de qué pasaba en el país, con un John Major obnubilado con la monarquía, pero consciente del declive. A pesar de su baja autoestima, la monarquía sobrevivió. A pesar de que The Crown haya bajado el rendimiento, la serie sigue funcionando. Es cierto que no tiene capítulos inolvidables, como el del accidente de los mineros en la segunda temporada, por ejemplo, uno de los mejores de la ficción británica.

También es cierto que cada vez se le ven más las costuras monárquicas. La cuestión de los impuestos queda como s nada, en un momento además donde la economía británica vuelve a estar en debates similares. En aquel momento, los británicos no entendían por qué sus impuestos tenían que ser destinados a un castillo que solo disfrutaba la familia real, que encima se comportaba de manera escandalosa. Tampoco llega más lejos el escándalo del Tampaxgate. La transcripción de una conversación privada entre el príncipe de Gales y Camila en la que hablaban de sexo y de más cosas: "La única manera de vivir siempre dentro de ti sería estando dentro de tus pantalones. O siendo un Tampax".

Cada vez el personaje es más de una pieza, más defendible y más fácil empatizar con él. Cada vez hay menos aristas y, por si fuera poco, la realidad ha pasado por encima de una serie que, como bromeaban en Facebook con Cuéntame, acabará por alcanzarnos próximamente.

Pepa Blanes

Pepa Blanes

Es jefa de Cultura de la Cadena SER. Licenciada en Periodismo por la UCM y Máster en Análisis Sociocultural...

 
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