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La generación que creció a la sombra de Pablo Escobar apuesta por la cultura para pasar página en Medellín

Ninguno de los entrevistados para este reportaje supera los 40 años. Durante su infancia el jefe del cártel de Medellín fue una presencia constante y algunos admiten que algunas noches les costaba dormir pensando en Escobar. Un profesor de flauta travesera en la Red de Escuelas de Música. El responsable de comunicación de la Agencia de Cooperación Internacional. La productora de la película “Los Reyes del Mundo”. El director de la Secretaría de Cultura de la Alcaldía de Medellín... Hoy todos destacan el papel que está jugando la cultura para reinventar su ciudad.

La generación que creció a la sombra de Pablo Escobar apuesta por la cultura para pasar página en Medellín

La generación que creció a la sombra de Pablo Escobar apuesta por la cultura para pasar página en Medellín

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Medellín

La ciudad perfecta no existe y Medellín, claro, no lo es; pero su imagen hoy tiene poco que ver con la que podemos recordar de los años 90, o con la que a uno se le queda tras ver la exitosa serie Narcos. “Por desgracia para los que venimos de Europa y tenemos cierta edad, el nombre de esta ciudad está asociada a la palabra cártel, pero la realidad que te encuentras al llegar es muy distinta”, comenta Juanma Latorre, guitarrista de Vetusta Morla, banda española que a mediados del pasado mes de octubre actuaba allí. “Se respiraba un ambiente de mucha actividad a nivel cultural y en lo musical nos reconocían que era muy importante que llegaran bandas extranjeras a tocar porque eso no pasaba una década antes”, recuerda Guille Galván, el otro guitarrista del grupo, sobre la que fue su primera visita. “Se siente una energía y unas ganas de cambiar por parte de la propia gente de Medellín, y de demostrar que no son la postal con la que muchos se quedaron hace tiempo”.

Guille Galván en un momento del concierto de Vetusta Morla en Medellín, el 14 de octubre. (Rafa Panadero / Medellín)

Esa postal empezó a cambiar el día en que mataron a Pablo Escobar. Era el 2 de diciembre de 1993. Juan Camilo Montoya tenía entonces 10 años y vivía justo en el apartamento que estaba pegado al que sirvió como último refugio al jefe del Cártel de Medellín. “Me tocó todo, mis padres estaban trabajando y yo estaba solo en casa con una prima más pequeña; cuando empezó la balacera nos metimos debajo de la cama para rezar y para llorar”, recuerda. Juan Camilo, que ahora trabaja para la Agencia de Cooperación Internacional, una entidad dedicada a la construcción de relaciones internacionales y a atraer inversiones. Creció con la imagen de Escobar presenta a todas horas y algunas noches no podía dormir pensando en el mayor narcotraficante de la historia. No olvida lo que vivió aquel día: “No se lo deseo a ningún niño, pienso en los niños que sufren el conflicto verdadero en los barrios todos los días, no como yo, porque a mí me pasó solo un día. Es muy triste que los niños crezcan en ese entorno”.

Una de las iniciativas lanzadas por la Alcaldía de Medellín para evitar que los niños de Medellín crezcan en esos entornos es la Red de Escuelas de Música. Funciona desde hace más de 25 años con la idea de acercar la cultura a los barrios más vulnerables. En la ciudad hay 27 escuelas a las que asisten unos 6.000 jóvenes que tienen entre 3 y 24 años. El centro Montecarlo está en el barrio Manrique, de la Comuna 3, una zona en la que el 90% de la población está en lo que aquí llaman los estratos 1 y 2, es decir, pobreza y pobreza moderada. Allí da clases de flauta travesera Diego Alejandro Marín, que en su día también fue alumno.

Diego Alejandro Marín, profesor en la Escuela Montecarlo del barrio Manrique en la Comuna 3 de Medellín / Rafa Panadero Carlavilla

“Empecé con la flauta por accidente, porque no había otro instrumento libre, pero es el accidente más importante que he tenido porque me cambió por completo la vida” nos comenta en mitad de una clase. “En ese tiempo se veían muchas de esas cosas, pero como uno estaba como concentrado en la música, no tenía tiempo de pensar en ese otro tipo de cosas”. Uno de sus amigos murió nada más acabar el colegio, pero a él la música le dio una alternativa diferente. “La escuela nos alejó de estar en ese ámbito”, concluye.

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La Red de Escuelas se gestiona desde la Secretaría de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín. “La red ha logrado que familias enteras se hayan transformado, le hemos quitado niños a la guerra”, explica su máximo responsable, Álvaro Narváez, que es también director de teatro. Queremos hablar con él de las oportunidades que la cultura puede ofrecer hoy a los chavales de los barrios de Medellín, pero en la conversación surge el recuerdo de las oportunidades que él no tuvo: “A la oficina de policía que había en mi barrio le pusieron siete bombas entre los años 88 y 92; con 11 años tuve que pasar por encima del cadáver del conductor del autobús público en el que viajaba porque le acababan de tirotear… fue muy doloroso, pero esa era la vida de un chaval de entonces”.

Alumnos del taller de percusión de la Escuela Montecarlo junto a su profesor / Rafa Panadero Carlavilla

En esos años desde las instituciones públicas no se les ofrecía nada, los chavales estaban completamente olvidados, pero cuando cumplieron los 14, Álvaro y algunos amigos intentaron crear algo. Primero fue un campeonato de fútbol en un lugar "donde no se podía jugar desde hacía años". Después, llegó el teatro: “Acabé estudiando teatro porque en el parque jugábamos a hacer lo que llamábamos un exorcismo con el cuento de Momo de Michael Ende para expulsar de allí a los hombres grises. Es muy simbólico porque al final fue apostarle a la paz” recuerda emocionado. "Hoy es distinto”, concluye.

Hoy es distinto, por ejemplo, porque desde su Secretaría apoyan las iniciativas artísticas, literarias y teatrales que surgen de los barrios o porque apuestan por la música con propuestas como la Red de Escuelas. El cine no se queda fuera de esta estrategia; “El cine que se ha hecho Medellín ha buscado narrar las historias de la ciudad muchas veces con actores naturales buscando que los mismos protagonistas sean los que hayan vivido esas historias”, explica Narváez. Ese cine ganó la Concha de Oro en la última edición del Festival de San Sebastián.

La película Los Reyes del Mundo cuenta la historia de un chaval que después de recibir una carta de la oficina de restitución de tierras del gobierno colombiano trata de recuperar la tierra que perteneció a su abuela e inicia un viaje acompañado de 4 amigos. Tras ese argumento está la realidad de cinco chicos de barrios marginales de Medellín que comparten el sueño de tener un lugar en el mundo donde ser libres. Los protagonistas, en línea con lo que señalaba el Secretario de Cultura, no son actores profesionales. Les escogieron en la calle, mientras vendían dulces en una esquina; en una carretera, practicando azote, o gravity, un entretenimiento de riesgo que consiste en subir por autopistas en bicicleta, atados a camiones y descender después a toda velocidad; o en el casting organizado en un centro de reclusión de menores. Todos tienen algo en común, según Mirlanda Torres, la productora: “Están buscando un pedazo de tierra donde ser aceptados, donde nadie les expulse”.

Los protagonistas de la película Los Reyes del Mundo en un momento del rodaje / JUAN CRISTOBAL COBO

No trabajaban con un guion. La directora solo les daba algunas técnicas de actuación y les explicaba cómo gestionar las emociones requeridas en cada escena. Lo que se ve en la pantalla tiene mucho que ver con lo que es su día a día: “Es su realidad, se enfrentan a cosas así todo el tiempo; sienten la ira, la frustración con la sociedad, y no solo ellos, también cantidad de chicos de sus grupos”. Durante el rodaje dos de ellos colaboraron también con los departamentos de iluminación y arte, y ahora, junto con otros dos de los chicos, han empezado un diplomado de cine. El quinto se prepara para sacarse el carnet porque su sueño es conducir una mula, uno de esos grandes camiones de transporte de mercancías.

La ficción, lo que han vivido detrás de la pantalla, puede acabar cambiando su día a día. Aunque la realidad, para ellos y para muchos como ellos, siga siendo la que es (“Ellos tienen muchas tentaciones de meterse en sus barrios en temas de violencia), algo ha cambiado (“Ya saben que hay muchas más opciones, y ya tienen la capacidad de decidir si estar o no estar en ese lugar y creo que lo van a hacer”). El cine, concluye Mirlanda Torres, “les abrió la posibilidad de merecerse cosas buenas, algo que ellos no pensaban”.

En los 90, durante los años más duros del conflicto, Medellín era considerada la ciudad más peligrosa del mundo, con cerca de 20 asesinatos al día. Hoy la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes ronda los 12 casos, ha bajado un 5 % en lo que va de año y ha caído a casi la mitad desde 2019. Para hacernos una idea, el máximo histórico de esa tasas en España no llega al 1 y medio, pero en los tiempos de Pablo Escobar esa cifra en Medellín superaba los 380.

Imágenes de Pablo Escobar en el museo dedicado al jefe del Cártel de Medellín en el barrio que lleva su nombre. (Rafa Panadero / Medellín)

Dentro de su plan para consolidar a la ciudad como Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación, la alcaldía de Medellín está repartiendo ordenadores, hasta un total de 150.000, entre todos los estudiantes de entre 10 y 15 años. En 2020 había apenas 1 ordenador por cada 6 estudiantes, mientras que hoy hay 2 por cada 5. Como curiosidad, el pasado mes de octubre en Medellín se batió el récord Guinness de la clase de programación presencial más grande del mundo, con 3.119 alumnos.

En 2012 el Wall Street Journal reconoció a Medellín como la Ciudad Más Innovadora del Mundo. Cuatro años después se llevó el premio Lee Kuan Yew World City Prize, que está considerado como el nobel de las ciudades, por la creación de comunidades urbanas habitables y sostenibles. Su sistema de bicicletas, el único público y gratuito del país, ha ahorrado la emisión de 10.800 toneladas de CO² en la última década. Desde 2035 no se podrá circular con vehículos que usen combustibles fósiles. El objetivo fijado por el actual alcalde, Daniel Quintero, es convertirse en una ciudad carbono neutro en 2050.

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