Víctor Sombra y su novela sobre la industria farmacéutica
El escritor propone en 'A doble ciego', un thriller que indaga en la relación entre el capitalismo y los medicamentos

Víctor Sombra en imagen de archivo / Cedida

Dice Víctor Sombra, escritor de Salamanca que vive en Suiza, que la ONU, lugar donde trabaja, es un verdadero oasis para la observación de personas y dinámicas. Quizá su trabajo haya inspirado sus novelas o quizá simplemente sea su preocupación por temas como la salud o la industria farmacéutica lo que le haya ayudado a construir A doble ciego, un monumental thriller que indaga en la relación entre el capitalismo y los medicamentos. Editada por Penguin Random House, la suya es una novela que mezcla géneros y técnicas y que lo deposita todo, no solo a la acción, sino a sus personajes, un grupo de jóvenes activistas y hackers que son contratados por no se sabe quién para recabar datos sobre un medicamento y su uso en pacientes en distintos lugres del mundo.
Ese argumento sirve al autor para hacer un recorrido por la importancia de la sanidad pública, la importancia sobre la industria farmacéutica, los peligros de no poner leyes a la tecnología, sobre la identidad y el activismo. Sombra se adentra en las encrucijadas del big data y la producción de medicamentos, y pone de manifiesto lo que él denomina crowdkilling: los delitos sistémicos en los que todos participamos, los que se mimetizan con el día a día y se detectan apenas como un ruido de fondo.
¿Por qué ambientar un thriller en la industria farmacéutica?
Como decían los griegos, el la palabra fármaco es al mismo tiempo medicamento y veneno. Hay un doble filo. Me parece muy interesante por el poder que tiene en la vida de toda la población. De alguna, la novela está configurada como un ensayo, como un entorno controlado para ver los entrecruzamientos, las configuraciones entre el dinero y los medicamentos. Es una exploración en un entorno controlado para el que utilizo a esta banda de jóvenes hackers, Los Cuatro Fantásticos que a veces se parecen más a Los hermanos Karamazov.
¿Cómo pasan de un nombre a otro? ¿Es como pasar de farsa a tragedia?
Es un grupo muy dispar donde hay informáticos muy destacados, incluyendo una chica, una joven negra. Pero también hay otros, como Locke, que tienen problemas mentales. Luego otros como que aportan más palabrería. El grupo me gusta porque combina conocimiento e ignorancia y es un poco lo que me parece que pasa en la cadena de los medicamentos, que hay muchos eslabones y cada uno tiene un nivel de conocimiento distinto. Está el fabricante. Está también el doctor, está la farmacia y luego está el consumidor final. Pero es el único producto donde el consumo no lo decide el consumidor, sino el doctor que prescribe la medicina. Y esa combinación de conocimiento e ignorancia me parece muy reveladora.
Abordas el tema de la corrupción en la industria farmacéutica en un momento complejo, después de la pandemia, donde ha surgido ese movimiento de negacionistas que cuestionan la propia industria, ¿te daba miedo abordar un tema así en este momento? ¿Cuáles han sido las precauciones?
Es un comentario muy atinado, porque hay distintos factores a tener en cuenta. Por un lado, que hay muchas posturas anti científicas y esotéricas con las que este libro, espero, no tenga nada que ver. Luego hay un debate sobre el sistema público de salud, que es también muy importante. Y luego está también la importancia, quizás no tenida en cuenta suficientemente, de que se considere a los pacientes como meros receptores de productos sanitarios. Hay que involucrar al paciente junto con el personal sanitario en un tránsito hacia la salud, hacia la recuperación de la salud, la preservación de la salud, que tiene que ser un tránsito colectivo e individual. A mi modo de ver, también tener en cuenta consideraciones, consideraciones importantes para evitar una medicalización excesiva, una institucionalización excesiva. Por eso es tan importante mantener, por ejemplo, la asistencia primaria para no remitirlo todo a las urgencias de los hospitales.
Hay un término interesante, el crowdkilling, esos delitos sistémicos de los que todos participamos, incluso los más activistas, ¿habla la novela en el fondo de si somos víctimas o cómplices del sistema?
Desde luego, yo creo que esa es una de las claves. El ensayo Doble ciego es una utilización de la ignorancia para generar conocimiento. Ni el paciente, ni el que administra la sustancia sabe si se trata de placebo o de medicamento en cada caso. Esos grados de ignorancia son interesantes, pero también es interesante todo lo que ignoramos, todo lo que en realidad nos queremos ocultar, pero en el fondo lo conocemos. No lo queremos traer a la conciencia, pero sabemos que está ahí. Sabemos, por ejemplo, que un sistema como el actual no sirve para para dar salud al conjunto de la población, no sirve para dar acceso universal a la salud, puede servir para curar muy bien o para abrumar de tratamientos a una parte pequeña de la población, o para una parte más o menos pequeña de la población, pero sirve para que unos pocos tengan demasiado y otros muchos no tengan suficiente. Hay más gasto en tecnologías del afeitado que en remediar la malaria, por poner sólo un ejemplo.
¿Y es una novela sobre la culpa?
No lo había pensado. De alguna manera puede ser una novela donde hay una consideración de una culpa colectiva, igual que hay un crimen colectivo. Es una forma quizá de llamar la atención, de que hay una responsabilidad colectiva o que debemos sentirnos culpables, colectivamente culpables. Esta eso de mirar para otro lado, de detener esta sabia ignorancia que engrasa el sistema y, al mismo tiempo, nos permite llevar a cabo nuestras vidas. En ese sentido, sí podría ser una novela también sobre la culpa.
Antes mencionabas a Los Cuatro Fantásticos y hablábamos un poco de cómo eran ellos. Hay una cosa que tiene la novela y que no es habitual en los thrillers y es que los personajes tienen mucho fondo y mucho bagaje sentimental, ¿Cómo ha sido construirlos?
Yo sabía que era un grupo de jóvenes hackers. Me interesaba, como te decía, que combinaran conocimiento e ignorancia, porque creo que eso refleja también lo que nos pasa frente a los medicamentos. Uno sabe mucho de una parte, pero nada de la otra. Y esto pasa con este grupo. Me parece que hay una cosa común en todos ellos, que que aceptan participar en algo que es reprensible, como es acceder a los a los sistemas, a los datos de los sistemas sanitarios de países en desarrollo por dinero. Pero hay una diferencia muy grande entre ellos, porque hay algunos que sí tienen una motivación social, que realmente se cuestionan lo que están haciendo y quieren saber de dónde viene el encargo que han recibido para investigar un medicamento. Creo que la búsqueda de la identidad de ellos es paralela a cumplir ese encargo y descubrir que hay detrás de él.
Es muy curioso lo de que haya un personaje que se replantee su identidad y que eso permita dar una dimensión racial a la historia, ¿es un tema que te preocupa?
Sí y creo que está muy vinculado a este crowdkilling y a esta sabia ignorancia de la que hablábamos. Hay muchos comportamientos racistas, micro agresiones, de las que no somos conscientes, incluso en el lenguaje popular, en España y en otros países y miramos hacia otro lado. Ben hace un replanteamiento sobre su raza y sobre su origen. Pero curiosamente, la solución que encuentra la forma de seguir adelante, no es tanto buscar cuál fue su identidad, de dónde viene, sino buscar su identidad en el horizonte, en lo que hace, en tirar para adelante, tratar de hacer las cosas de otra manera y buscarse ahí.
Juegas con muchos géneros, tecn thriller, novela social, novela de espionaje… ¿Cómo se equilibra toda esa fusión?
Esta pregunta creo que es muy interesante porque me permite también situar la novela un poco en la estela de la de la narrativa médica. Me parece como que la novela es un instrumento muy apto para conectar distintas disciplinas y que nos da una perspectiva muy íntima de las cosas, pero al mismo tiempo muy amplia. Entonces, por ejemplo, una novela de Chejov, que era que era médico y escribe en el Pabellón Seis la historia de un médico que trata en un pabellón a una serie de enfermos psiquiátricos y que poco a poco acaba él convirtiéndose en uno de los enfermos. Y es un ejemplo perfecto de de las los condicionamientos sociales de la noción de enfermedad. La enfermedad también tiene una dimensión social. Me parece que ha habido últimamente en la narrativa española unos acercamientos muy interesantes a distintas cuestiones. Estaba pensando, por ejemplo, en Begoña Huerta, en su novela póstuma, un alegato en favor de la autonomía del paciente contra la institucionalización y medicalización excesiva en un caso tan tan grave como una enfermedad de cáncer. Los ejemplos, de de Elvira Navarro o también de Noelia Pena en relación a la enfermedad mental y su vínculo con las condiciones laborales y las condiciones sociales. Incluso Belén Gopegui sobre los libros de autoayuda. La narrativa cumple hoy una función de cablear lo íntimo con lo con lo social y puede acercarnos al conocimiento.
Escuchándote y leyéndote da la sensación de que tanto la tecnología, como la ciencia, como la medicina, les falta humanismo. ¿Es también una de las críticas que mete la novela?
Claro. Y es una reivindicación del humanismo, de la novela, de la narrativa como una herramienta de intervención también en ámbitos que se consideraban excluidos a la narración y al humanismo, como es la medicina, como es la tecnología.
¿Y podemos confiar en la política para regular todo esto?
Yo justamente pienso que la política tiene que estar en la ecuación. La tecnología no nos va a salvar de estos grandes problemas, incluyendo el cambio climático, los grandes desafíos sociales, las grandes pandemias. No puede ser solo la tecnología. De hecho, la tecnología, para empezar, puede ser peligrosa muchas veces, sino si no está sujeta a cierto control. Miremos temas como la genética, temas como como las armas nucleares. Y me gusta criticar esa gramática de lo posible, Chéjov dice que si hay una pistola en la primera escena de una obra de teatro, esa pistola tiene que ser disparada después. Eso es terrible, porque parece que lo posible no tiene más salvación que su uso, Y el capitalismo es mucho de eso, exprimir todas las posibilidades de cada cosa. Entonces, frente a esa tendencia del capitalismo con la tecnología hay que poner frenos. Frenos que vienen muchas veces de mitos y de las fábulas. Pero por otro lado, también la tecnología por sí misma no va para el cambio climático, sino hay un una movilización social, una planificación política que dirija todas las fuerzas en esa dirección.
En el caso del activismo, ¿se puede ser activista hoy sin ser un hipócrita?
Por lo menos hay que intentarlo. Igual no se puede, pero aún así hay que seguir, aunque sea un poco hipócrita. Hay que intentarlo, hay que seguir.
¿Dónde hay más inspiración, en la ONU o en un telediario?
Yo creo que los dos. Los dos pueden ser una fuente grande de inspiración. La ONU es un buen un buen lugar para obtener inspiración y es una plataforma de observación interesante. Y desde luego, el telediario también. Pero muchas veces la narrativa, lamentablemente, de lo que se nos oculta y de lo que está pasando, porque no se quiere que veamos, eso también lo da el telediario. Ahora vemos mucho de la guerra de Ucrania, pero hay otras guerras que están en marcha.

Pepa Blanes
Es jefa de Cultura de la Cadena SER. Licenciada en Periodismo por la UCM y Máster en Análisis Sociocultural...




