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'Barbenheimer', el duelo taquillero y 'memeable' del verano es un triunfo para el gran cine en cines

Christopher Nolan, con su monumental thriller 'Oppenheimer', y Greta Gerwig, con la sátira feminista de 'Barbie', celebran el cine como evento y muestran el camino para un Hollywood comercial y político

'Oppenheimer', el monumental e inmersivo thriller político de Christopher Nolan

'Oppenheimer', el monumental e inmersivo thriller político de Christopher Nolan

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Ya ha llegado el momento, ya están en cines ‘Barbie’ y ‘Oppenheimer’, las dos películas más esperadas y comentadas del año. En este episodio, ante todo, celebramos el cine, analizamos a fondo la batalla entre la comedia de Greta Gerwig y el thriller de Christopher Nolan, y charlamos con todos sus protagonistas. Un broche de oro a esta intensa temporada que puedes escuchar aquí (a la carta en SER Podcast, Spotify, Apple Podcast, iVoox, Amazon Music, Google Podcast...)

La crítica de Oppenheimer

Hay algo en el propio Christopher Nolan que condensa dos de las cualidades del personaje de su última película, Oppenheimer. En ambos se condensan dos obsesiones: la búsqueda del humanismo a través de la filosofía y la obsesión por el tiempo y el espacio, por la exactitud o, lo que es lo mismo, por la ciencia misma. J Robert Oppenheimer se dedicó a la física porque era una actividad que podría desarrollar en su rancho de Los Álamos, pero nunca descuidó la poesía, la filosofía, la política, en definitiva, fue un humanista que hizo el arma que podría destruir a toda la humanidad. Hombre contradictorio y complejo, como el propio Nolan. Hijo de padre inglés y madre estadounidense, estudió en Londres literatura, pero siempre obsesionado con una Super 8 que le regalaron de niño. Amante del cine de autor y capaz de crear grandes éxitos comerciales, como demuestra la trilogía de Batman, Nolan inserta en su cine la contradicción y la precisión, como dos caras de una misma moneda. El tiempo, el espacio y cómo afectan a las relaciones humanas están en muchos de sus filmes como Interestelar, Origen o Dunkerque, donde más que esculpir el tiempo, trata de traspasarlo.

En Oppenheimer firma su obra más política y compleja, a pesar de resultar una de las más sencillas para el espectador medio, que quedó algo obnubilado por la apabullante y complicada apuesta de Tenet, su último trabajo. El director adapta la extensa y precisa biografía del científico, el padre de la bomba atómica y máximo responsable del Proyecto Manhattan. Escrita por los autores Kai Bird y el fallecido Martin J. Sherwin, la biografía cuenta con documentos oficiales, textos desclasificados, entrevistas y grabaciones y que, desde el título, compara a Oppenheimer con Prometeo. Al igual que el titán griego, este judío neoyorquino se acercó demasiado al peligro de jugar a ser Dios y acabó quemado y arrinconado por un gobierno que siempre tuvo intereses ocultos, más allá de acabar con el nazismo y la Segunda Guerra Mundial.

Este Prometeo americano descubrió el arma más mortífera, la bomba nuclear, que fue usada contra población civil en Hiroshima y Nagasaki, Japón, cuando el país estaba ya derrotado y a punto de rendirse, y tras engañar Truman, el presidente americano, a los aliados, entre ellos Stalin, en Postdam. Oppenheimer fue un héroe, pero enseguida se convirtió en un enemigo para su país. Su pasado como simpatizante comunista y su insistencia y arrogancia para luchar contra la proliferación nuclear le enemistaron con los gobiernos americanos. Solo Kennedy restauró su honor.

Nolan vuelve a demostrar que tiene un manejo perfecto del ritmo, del tiempo y de la narración fragmentada al contar esta biografía en varios tiempos a la vez. Si Memento era un puzzle psicológico, la película que se hizo al revés, como la bautizaron muchos, Oppenheimer es un intento de entrar en ese universo, de vivir lo que vivió el científico. De ahí que se cuente en dos puntos de vista, el del narrador omnisciente y el del propio protagonista, pasando del blanco y negro al color y con un montaje de Jennifer Lame que ayuda a contar una historia donde memoria, bulos, engaños y hechos se confunden en el tiempo.

Para Nolan, el espectador debe vivir una experiencia, ya sea cuando explota la bomba nuclear en ese ensayo en Nuevo México, o cuando asistimos a la comparecencia, casi juicio sumarísimo, para mantener su credencial como investigador. El cine como experiencia que nos lleve a meternos en la mente del protagonista, increíblemente interpretado por el irlandés Cillian Murphy, actor que debutó con Ken Loach, y que logra ese carisma y esa mirada penetrante que los coetáneos otorgan a Oppi, como le llamaban sus colegas. A eso ayuda la espléndida banda sonora de Ludwig Göransson y la fotografía de Hoyte van Hoytema. Así como el sonido, en esa escena donde sentimos el destello y el trueno de la bomba, como la sintieron esos hombres eufóricos y derrotados a partes iguales.

En ese momento se rompió algo en el mundo. Todo cambió para siempre. Lo supo Oppenheimer y lo supo Einstein. Para empezar cambió la política internacional. No solo no acabarían las guerras tras el arma nuclear, sino que los países se prepararon para ellas llenando sus territorios de ojivas y centrales donde almacenar ese nuevo armamento capaz de hacer un fundido a negro. Cambió por supuesto la concepción de la ciencia. La relación entre los gobiernos y los científicos, que empezaron a desconfiar de trabajar al servicio público, tras ver la manipulación que habían sufrido. Empezó la ciencia privada, más pragmática, buscando el beneficio y olvidándose de ese humanismo necesario para el progreso.

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Cambió también la relación entre los individuos y el resto del mundo. La figura de Oppenheimer nos lo muestra en esa correlación entre integridad, compromiso y supervivencia. Entre lo que dice el personaje y las visiones que tiene, que Nolan aprovecha para contar con breves flashes el estado emocional del físico. Un recurso que utilizó en Insomnia.

La tragedia de este científico es la tragedia del mundo entero. La destrucción del ser humano. Ya sea creando un arma para defenderse, yendo a la guerra o con el fascismo. Gran villano de esta película. Temas que fueron significativos en 1940, pero lo son todavía hoy, en un momento donde el “no te signifiques”, parece ganar la partida. Nolan propone un protagonista con claroscuros. Un tipo comprometido e íntegro, pero necesitado de cariño, idolatría y de ego. En realidad todo puede reducirse a una lucha de egos masculinos. El director es valiente para mostrar la obsesión americana con el comunismo, que llevó a hacer barbaridades a Truman y Eisenhower y tantos americanos en posiciones medias como el antagonista del filme, Lewis Strauss, el personaje que da forma Robert Downey Jr., que podría darle al actor un Oscar.

De aquellas decepciones, a las que contribuyó a su pesar Oppenheimer tenemos el debate crucial hoy, el de qué usos se dará a la Inteligencia Artificial. De hecho, ya ha provocado una huelga de guionistas y actores que ha cancelado las entrevistas de la película, ya que Emily Blunt, Florence Pugh o Matt Damon, se han sumado. Eso sí, Nolan flaquea en la construcción de los personajes femeninos. Dos mujeres, con carrera, que parecen pegadas a los hombres. En cierto modo, así fueron sus vidas, desgraciadamente la época las marcó, pero es demasiado esquemático el dibujo que el guion hace de ellas.

Los espectadores verán la tragedia, pero sobre todo la amenaza de un mundo que no ha cambiado tanto. Si Oppenheimer llegó a donde llegó fue para combatir el fascismo y el nazismo, errores que hoy en día vuelven a estar legitimados. Extremadamente inteligente, fue un hombre de izquierdas, algo que pagó con creces. La derrota de la democracia republicana en la Guerra Civil Española le marcó tanto como el nazismo. Por España se acercó a la política y España fue también por lo intentaron acusarle de traidor y comunista.

La crítica de Barbie

Pocos cosas, salvo la Coca Cola, han servido a Estados Unidos para mostrar el American Way of Life como Barbie. Muñeca creada por Ruth Handler para contrarrestar la cantidad de juguetes bebés para niñas en esa obsesión por inculcarnos la maternidad desde la más tierna infancia. En su momento fue rompedora, una mujer que se vestía como quería, que tenía su mansión, su coche, su centro comercial, su novio, Ken, sus amigas. Algo así como lo fue Sexo en Nueva York en su estreno. Pero estamos en 2023, tras un Me Too y un Black Lives Matter y con un feminismo mucho más diverso y combativo. La casa Mattel ha ido adaptándose a estos tiempos, pero esa imagen de Barbie como la muñeca rubia de medidas exactas y sin pezones ni vello púbico, ya no satisface a las niñas de hoy en día.

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Barbie es un elemento geopolítico y a la vez un elemento de tortura para muchas mujeres, que ven en ella todo lo que nunca podrán ser. Estándares de belleza que están en la televisión, en el cine, en la publicidad y hasta en las muñecas. Y eso es lo que quiere denunciar Greta Gerwig. La directora de Mujercitas está empeñada en darle la vuelta a los iconos, ya sean literarios o bien objetos de la cultura pop. Fue ella la que convenció a su pareja, Noah Baumbach, para escribir el guion tras hablar con la productora y actriz Margot Robbie.

Gerwig ha creado la comedia perfecta. Una de esas películas que tienen capas y capas de análisis y escenas divertidas llenas de tirones de orejas a la sociedad actual, a Hollywood, a los hombres, para acabar pidiendo un feminismo integrador, como si Greta quisiera enrolarse en las listas de Sumar.

Lo hace la directora con algo que siempre funciona en comedia: alterar la realidad dando la vuelta a la tortilla. Es decir, si en el mundo real los hombres dominan las corporaciones de las empresas que deciden qué películas tenemos que ver o con qué muñecas jugar, si los hombres dirigen la política, ejercen la justicia, son grandes cirujanos y llegan al espacio, pasa todo lo contrario en Barbieland. Las mujeres dirigen el mundo, como canta Beyoncé. Y ellos, los Ken, apenas son un mero accesorio, el más uno de esta historia. Ese mundo idílico funciona hasta que una Barbie, la Barbie estereotípica, la rubia y perfecta Margot Robbie, empieza a estropearse porque las niñas ya no se sienten representadas por ella. El mundo ha cambiado, que se lo digan a Carrie Bradshaw, así que allá que se va con su Ken, Ryan Gosling, siguiéndole fielmente.

Y en ese mundo real, se descubre el pastel. Ken se entera de que hay una cosa llamada patriarcado y decide imponerlo en Barbieland. Y ahí comienza el juego. Chistes brillantes, escenas musicales que parodian los roles hegemónicos de masculinidad y feminidad desnudan la performance que hay en torno a ellos y dejan claro que todo es un constructo, mal que le pese al feminismo TERF. Y es así como Greta Gerwig se ríe de Hollywood desde el mismísimo Hollywood, con el rosa y el rubio platino y como deconstruye los cuentos de hadas. Barbie tiene esa estructura, con una narradora, la siempre genial Helen Mirren, contando esta historia que huye del happy ending tradicional, del amor tóxico y la subordinación, con un discurso empoderador para las nuevas generaciones de niños y niñas que esperemos rompan con esos modelos de género impuestos durante siglos.

 
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