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Kitty Green: "El cine ha asumido que las mujeres viven con miedo o las matan. Tenemos que cambiar la narrativa"

La directora australiana le da la vuelta al wéstern y al terror en una película sobre el miedo de las mujeres, el machismo y la violencia que sufren los personajes de Julia Garner y Jessica Henwick en un bar perdido del mundo

La violencia contra las mujeres ha sido uno de los temas que ha marcado esta temporada de cine. Ahí están éxitos desde el mainstream como Barbie y la violencia simbólica contra el cuerpo, o la premiada Pobres criaturas, que reivindica el sexo y el humor como emancipación. También el nuevo cine independiente ha examinado el consentimiento, como la británica How to have sex, o el deseo sexual reprimido desde la infancia en la Creatura de Elena Martín. Diferentes historias con diferentes perspectivas que diseccionan una violencia sistémica cuyo principal síntoma es el miedo. Ese miedo paralizante y totalmente asumido como normal por parte de las mujeres. Nerea Barjola lo analizó en La microfísica sexista del poder, un libro que señalaba cómo el patriarcado había disciplinado a las mujeres a través del miedo. El ejemplo más llamativo es el del Caso Alcàsser, que hizo que muchas mujeres de generaciones posteriores tuvieran siempre el miedo de vivir una experiencia violenta como las de esas tres chicas valencianas. Ese miedo está instalado en las amigas que se acompañan cuando vuelven de noche a casa. En las sonrisas por obligación ante comentarios sexistas. O el miedo a decir no para evitar sufrir una agresión.

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El miedo de las mujeres no se ha ido y es totalmente injusto que exista, viene a decir la directora australiana Kitty Green en su nueva película que presentó en competición en el pasado Festival de San Sebastián. Si en su anterior trabajo, The Assistant, diseccionaba cómo se produjo el abuso sexual y de poder de un productor como Harvey Weinstein, y cómo toda una industria lo permitió y encubrirlo, en The Royal Hotel la dinámica es la de dos jóvenes estadounidenses que trabajan como camareras en Australia. El bar, como metáfora del lugar del divertimento por excelencia, como casa de los horrores para las mujeres jóvenes que no tienen derecho a divertirse libremente, sino a ser una herramienta más para la diversión masculina. "Son dos películas que creo están muy conectadas, las veo como películas similares aunque tienen un tono muy diferente. En ambas el personaje de Julia Garner tiene que percibir su entorno, evaluar dónde se encuentra ¿Está en peligro o se puede agravar esa situación de alguna manera? Los entornos son muy diferentes, uno es muy claustrofóbico, el otro es muy vasto y vacío y da miedo de una manera muy diferente", cuenta sobre cómo la violencia contra las mujeres está en la oficina de una ciudad o en el fin del mundo, un pueblo remoto australiano.

Hanna y Liv son dos amigas que viajan como mochileras por Australia. Tras quedarse sin dinero y con esa pulsión de vivir aventuras, aceptan un trabajo temporal en un bar, llamado The Royal Hotel, en un pueblo perdido. El dueño del bar y toda la parroquia que acude a beber hasta arrastrarse ejemplifican una sociedad donde el ocio solo se entiende con alcohol, algo que contribuye al machismo y a ese baboseo que sigue instalado en la noche de cualquier pueblo o ciudad sin importar la diferencia cultural. La inspiración para escribir el filme surgió tras ver un documental sobre dos mujeres escandinavas que viajaban como mochileras a un lugar similar al que se recrea en la película. "Lo que me interesaba era el comportamiento humano y ciertos aspectos de la agresión en la cultura de la bebida. El escenario parece un western, porque es un pub de dos pisos en medio de la nada y tiene ese ambiente tipo taberna. Pero también tiene algo muy tenso, así que parece una película de terror. Tal vez hayas visto ese tipo de imágenes en películas de terror antes, pero aquí estoy contando una historia con mi visión y rompo un poco las reglas para hacerlo. Hay un comportamiento impulsado por el alcohol que puede salirse de control y se vuelve muy agresivo rápidamente. Esa cultura del alcohol está en los bares y ocurre, no solo en Australia, sino en todo el mundo".

La directora cuenta de nuevo con la actriz Julia Garner, conocida por la serie Orzak, y suma a la dupla a Jessica Henwick. Ambas actrices juegan con las miradas y los habituales comportamientos de cualquier joven en una película que subvierte las expectativas del espectador generando una tensión creciente y una atmósfera asfixiante que remiten al cine de terror y al western, género eminentemente masculino, donde la violencia estalla. "Me interesa lo vasto del paisaje y esos pequeños momentos, esos gestos, miradas, esas cosas que a menudo pasan desapercibidas en una habitación grande o en un espacio grande, especialmente en un bar como ese. Pero si eres consciente de ello, puede resultar muy amenazante y aterrador. Y eso es algo con lo que jugamos mucho en la película, gran parte del trabajo es de montaje. Cuando ves la reacción de Julia Garner y su cuerpo en tensión, pero la cámara también rastrea a esos hombres amenazantes. que vigilan a las chicas y te obligan a tener los ojos puestos en ellos. Eso ayuda a crear una atmósfera aterradora y asfixiante", dice la directora del trabajo de cámara para generar una tensión incómoda en el espectador.

Esa sensación constante de peligro e inquietud la encarna el personaje de Julia Garner, siempre incómoda, alerta, pendiente, como si se supiera un animal a punto de ser cazado. Y ahí la directora retrata también cómo la mujer desconfiada, la que quiere trabajar y no hablar, es automáticamente calificada de antipática o lunática. "No es algo que piense cuando hago una película, su vinculación con el presente, pero estoy segura de que históricamente ha sido así. Muchos intentan averiguar durante gran parte de la película si el personaje de Julia está loco, si ella está loca o no, le están haciendo luz de gas... Todo el rato es, no te preocupes, todo está bien. No, hay un problema, y eso está muy conectado con esa visión de las mujeres histéricas. Se cuestionan sus opiniones y convicciones, esté en lo correcto o no. Es algo que sucede de forma orgánica y natural cuando hago las películas", explica la autora del trato que sufren las mujeres que manifiestan su temor o preocupación en un entorno tan hostil como ese bar.

Relatos como el de The Royal Hotel contribuyen también a desmontar imágenes que el cine ha perpetuado y el espectador ha asumido. Si colocas a un personaje femenino en un entorno de hombres en un pueblo remoto, la mayoría dirá saber cómo acaba por cómo se ha educado su mirada. Lo que hace Green es girar el punto de vista y la cámara, aquí el protagonista no es el que pide la décima cerveza, sino la camarera que se la sirve. "Se están dando pequeños pasos y se necesitan más. Cuanto más podamos hacer este tipo de películas, mejor para todos. Recuerdo que cuando estábamos rodando, recibimos visitas del gobierno australiano al set, y nos preguntaron por la escena de las chicas en el bar. Nos dijeron: ¿por qué muere el personaje femenino? ¿Por qué tienen que morir? Dije, no mueren. Ah, dijeron, simplemente asumimos que mueren. Y creo que, históricamente, en el cine, cuando hay mujeres en el interior de un sitio así, se asume que están en peligro, viven con miedo o las van a matar. Tenemos que cambiar la narrativa, esta es una película sobre mujeres que se encuentran a sí mismas y emprenden una aventura, es una película sobre su fortaleza. Hay que darle la vuelta a eso y tener una conversación más amplia. Creo que todo esto ayuda a hacer que la industria sea un poco más consciente de que no solo hay un tipo de historia. Hay muchas historias y todos deberíamos tener una voz, una voz que sea más justa y equitativa", defiende.

Aquí Green evita la violencia contra las mujeres, algo que de lo que también el cine ha abusado. Historias violentas para aquellas heroínas que trataban de salir de los límites sociales impuestos. Todo lo contrario. "Después de hacer The Assistant, que tiene un final muy sombrío y se trataba de una especie de aceptación de que el sistema es malo, de que el sistema está podrido y deberíamos aceptarlo, pero aquí dije no, hay que darle la vuelta. Quería hacer algo más descarado, un poco provocativo, de decir, no joder, ya hemos tenido suficiente. Esto no debería seguir pasando. Deberíamos discutir, deberíamos abrir esto al debate. Y sabía que un tipo de final así, un final provocador, provocaría ese tipo de discusiones", defiende sobre la posibilidad de encarar esta violencia, si hace falta, con violencia. El objetivo de The Royal Hotel es mostrar que las mujeres, como Lisístrata y sus amigas, pueden decir basta. Si no hay un trato igualitario, justo, sin violencia y sin machismo, no van a estar en un bar, en un rodaje o en una redacción.

 
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