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Alex Garland imagina una guerra civil en EEUU: "No es una película apolítica, la política es mucho más que izquierda y derecha"

El director británico, autor de títulos como 'Ex Machina' y el guion de '28 días después', presenta 'Civil War', un potente y polémico thriller bélico que alerta de la polarización política en EEUU, del autoritarismo y de la normalización de la violencia

El cineasta Alex Garland habla de su nueva película, 'Civil War' en Madrid. EFE/ J P GANDUL / J P GANDUL (EFE)

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En su libro Los guardianes de la libertad, advertía el lingüista Noam Chomsky que Estados Unidos ha creado un enemigo exterior para evitar que hubiera una guerra o división interna. El cine nos ha ido enseñando cómo y quién era ese enemigo, siempre gobiernos de países que ponían en jaque el neocapitalismo americano. Los malos de Hollywood han sido cubanos, rusos, chinos, afganos, en función de cuál era el enemigo del Capitolio en ese momento. Pero llegó la crisis de 2008 y el descontento posterior que tuvo su gran eclosión en el Occupy Wall Street. Aquello hizo que muchos directores empezaran a pensar que el enemigo estaba dentro. El caballero oscuro, Skyfall, Joker... son algunos títulos que han ahondado en esta idea que ahora recoge el británico Alex Garland y la lleva hasta el extremo en Civil War, una película que imagina una guerra civil en Estados Unidos.

"No solo las películas de guerra americanas han hecho eso, es el cine bélico en general. Para mí la película es una especie de ejemplo del anti-excepcionalísimo que dice que ningún país es inmune a los peligros del extremismo. Eso es todo. Europa tiene una relación diferente con la guerra. Europa es un país diferente, pero también se parece un poco a Estados Unidos. Es porque todo el mundo es europeo, incluido mi país, Reino Unido, algunas personas fingen que no son europeos, pero son europeos. Es una cuestión de geografía, no hay más, no puedes fingir que la geografía no existe. Estamos acostumbrados a luchar unos contra otros y estamos acostumbrados al horror que eso provoca. Tomamos medidas para protegernos y algunas de esas medidas se están desmoronando. De hecho, me pareció que el Brexit y sus discusiones en el Reino Unido eran en sí mismas peligrosas porque eran extremistas. Veo cosas similares en otros lugares del mundo. No es solo Estados Unidos y Europa, de hecho, es bastante global en algunos aspectos", responde el cineasta británico, autor de títulos de ciencia ficción como Ex Machina y Aniquilación y guionista de Danny Boyle en películas como 28 días después.

Aquí la distopía es más real, se siente más cercana, y también deliberadamente ambigua. Poco sabemos de cómo se ha llegado a ese punto en EEUU, pero sí que hay una alianza de estados en armas contra el gobierno y contra un presidente, acorralado en la Casa Blanca, que va por su tercer mandato, es decir, un líder que ha violado la Constitución -en EEUU son dos mandatos máximo- y que manda reprimir la rebelión matando civiles. El país vive inmerso en una guerra de guerrillas, en escaramuzas, tiroteos y, como ocurre en toda guerra civil y bien lo sabemos lo españoles, venganzas personales que poco, o nada, tienen que ver con la política. Y es precisamente ahí, en el contexto político, donde Civil War juega a cierta confusión sobre qué bandos luchan y por qué. ¿Son un grupo de fascistas americanos los que han dado el golpe de estado para librar a América de todos aquellos que no son blancos, protestantes y anglosajones? ¿O son un grupo rebelde que pretende echar a un presidente tirano, que ha cambiado leyes y retorcido los límites de la democracia?

"No es una película apolítica. Sé por qué la gente dice eso. Lo dicen porque no habla de izquierda y derecha. Pero la política puede significar más que la izquierda y la derecha. Y en este caso, las dos partes son el centrismo contra el extremismo. Esos son los dos lados, no la izquierda y la derecha. Y esa es también la razón por la que Texas y California se unen. Texas y California. Uno es republicano. El otro es demócrata. Uno está a la derecha, el otro a la izquierda. Han decidido que su posición polarizada es menos importante que luchar contra un presidente fascista. Trata sobre lo que las personas deberían tener en común, más que sobre lo que debería separarlas. Y, si alguien dice que eso es imposible, lo que realmente dice esa persona es que la polarización es más poderosa que un presidente fascista. Y para mí, eso es una locura", responde el director en conversación con la Cadena SER sobre su decisión de cambiar los marcos políticos.

Lo único que tenemos claro es que los tres protagonistas: Kirsten Dunst, Wagner Moura y Cailee Spaeny nos permiten adentrarnos en lo más profundo del conflicto y nos llevan a varias reflexiones. Son tres periodistas. Una fotógrafa de guerra veterana y laureada, un periodista con ansias de lograr la única entrevista con el presidente antes de que los rebeldes tomen Washington y una joven fotógrafa muerta de miedo que se suma al viaje, en el que también está un viejo reportero del New York Times, Stephen McKinley. Son algo así como los herederos de los Orwell, Hemingway y Dos Passos que vinieron a España a documentar nuestra guerra, mientras pasaban la noche en un hotel en Callao bebiendo y sorteando los bombardeos.

La primera hora de Civil War introduce al espectador en el ejercicio puro del reporterismo y lo lleva a aquella reflexión que hacía Susan Sontag sobre la imagen y su poder movilizador. Decía Sontag en su ensayo Sobre la fotografía que el impacto de las imágenes violentas, en una sobreexposición, podría afectar a cómo empatizamos con el sufrimiento que esas imágenes muestran. Hablaba la autora de un aturdimiento moral que hace que seamos indiferentes ante el dolor de los demás, como ahora comprobamos con las imágenes de Gaza. Es el personaje de la fotógrafa aprendiz la que pasa del horror y el terror a convivir con la violencia, como cualquier de nosotros en redes sociales. "No lo había visto así, pero creo que es una interpretación razonable. Y creo que una de las cosas de las historias antiguas, incluidas las películas, es que las personas que hacen la película en realidad solo proporcionan la mitad de la historia, y la otra mitad la proporciona la persona que la ve. Para mí, esa es una interpretación muy válida. En cierto modo, está completamente a la altura de mi observación para ser honesto", dice el autor al ser preguntado por cómo ese personaje es en cierto sentido el espejo del público en su relación con la violencia.

Y añade su visión. "Para mí, el personaje de Cailee representa algo diferente. Es una especie de representación inconsciente de una forma de periodismo muy antigua que se remonta a los años 60 y 70 y que utiliza cámaras analógicas para el fotoperiodismo. Es una especie de vuelta a lo que solía ser el periodismo, más que a lo que es ahora. Pero eso tiene que ver con la mente del público. Porque en realidad esos periodistas todavía existen, y hay periodistas fantásticos haciendo un trabajo fantástico ahora mismo. Lo que pasa es que su poder es limitado", argumenta sobre un oficio al que mira con desesperanza y pesimismo.

"No es solo que (el periodismo) esté en peligro, la cuestión es, ¿Qué poder tiene? Los periodistas de hoy en día tienen que trabajar con las redes sociales, que están llenas de ruido. Y, de hecho, no suele interesarles mucho la verdad y el periodismo, y además sufren los ataques constantes de los políticos y también, sinceramente, los ataques del capitalismo, donde las grandes organizaciones de noticias obtienen ingresos por publicidad y, motivadas por el negocio, ejercen una enorme presión sobre los periodistas para que solo escriban artículos que se ajusten a la posición ideológica de la organización de noticias. Así que, sí, el periodismo está siendo muy, muy atacado. Y el periodismo solía ser más fuerte. Cuando era niño, fue la época en la que dos periodistas de un periódico derrocaron al presidente Nixon. Y eso no ocurriría ahora", dice del trabajo de los héroes de esta película, esos reporteros de guerra a los que de alguna forma homenajea (Lee Miller y Don McCullin) y, de paso, hace un guiño a su padre, dibujante de tiras políticas y con muchos amigos en la profesión.

Entre el thriller de acción, el drama bélico y la road movie, Garland pone a los tres personajes, sobre todo a las dos fotógrafas, a mirar a esos hechos violentos. Cadáveres hacinados en una fosa común, coches tiroteados, jóvenes colgados, soldados ejecutados... La imagen, cuanto más explícita mejor, sobre todo, cuando esos periodistas viven la adrenalina de la guerra. Aquí el horror, frente al fuera de campo de Glazer, está siempre en primer plano. Para eso el director, cuya filmografía está asociada a la ciencia ficción, busca el realismo y un naturalismo casi documental. Con cámara al hombro, los periodistas empotrados con los soldados, sin hacer una espectáculo de la sangre pero mostrando las consecuencias de la violencia. "Diseñamos el aspecto de la película evitando el lenguaje cinematográfico, quería usar el lenguaje de las imágenes de las noticias, de los documentales y de experiencias vividas. Y esa sería la estética, pero también tiene que ver con el sonido, la mezcla de lo visual y el sonido. Y también, en cierto modo, tiene que ver con el comportamiento, el tipo de cosas que ves hacer a la gente y la forma en que reaccionas a veces a ciertas situaciones. Por otro lado, utilizamos técnicas cinematográficas normales y muy antiguas, primeros planos, medios, anchos, pero esa era la intención subyacente", defiende de esta fábula cruda y perturbadora, el proyecto más ambicioso de A24, la distribuidora de moda, con un presupuesto de 50 millones de dólares.

Volviendo a Sontag, decía que cuando se trata de muertos occidentales rige una cierta autocensura. Es curioso, porque en el caso de Garland, al no haber posicionamiento entre buenos o malos, al diluir los marcos partidistas, esa empatía no se produce con nadie. No hay dignidad, salvo cuando el conocido es uno de los nuestros, un periodista. Es curioso que esto ocurra en una ficticia guerra civil en el país que convirtió la guerra en espectáculo. Recuerden la retransmisión de la Guerra del Golfo por la CNN, primer paso de muchos que vendrían después. Eso nos lleva a otro tema que trata el filme ¿Cómo empatizamos con los demás? ¿Ayudamos a los que encontramos en el camino? ¿Nos salvamos nosotros? ¿Vivimos en nuestra propia zona de interés? En medio de dos guerras, la de Ucrania y los ataques de Israel a Gaza, ¿no deberíamos estar indignados ante las imágenes sangrientas que de allí llegan? Quizá nos hemos acostumbrado a esas imágenes como se acostumbran los personajes de Civil War.

 
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