Mala fama de enero

Ignacio Peyró: "Enero tiene, sin duda, su lección moral"
El código iframe se ha copiado en el portapapeles
Diciembre nos habla de un calor bien conocido, abril nos deja las primeras tardes largas y -con un poco de suerte- las primeras mangas cortas, y agosto nos da un sol en plenitud de ocio.
A enero, en el despliegue del calendario, parecería haberle tocado un papel más modesto: ser ese mes concebido para que, por comparación, brillen los demás. Ejemplo práctico: las ocho de la tarde de un día de julio son el escenario perfecto de un daiquiri; las ocho de la tarde de un día de enero, más que a daiquiri, suenan a plancha.
Enero tiene, sin duda, su lección moral. En su calidad de primer mes, bien podría recordarnos que las segundas partes nunca son buenas, pero prefiere subrayar que las primeras veces siempre son difíciles.
Este mes de enero, muchos afrontarán -afrontaremos, ay- el primer día de dieta o la primera noche de ayuno. E incluso sentiremos ese crujido inolvidable del primer abdominal. Hay de hecho algunas primeras veces que marcan tanto que parecen impedirnos -pienso en las visitas al gimnasio- las segundas. Lo que es seguro es que 2026 no va a ser la primera vez que nuestros propósitos no duran.
Enero tiene, sin embargo, una ventaja: su mala fama. Si el calendario fuese un banquete, no cabe duda de que en enero nos tocarían las acelgas. Pero las acelgas y enero pertenecen a ese género de cosas que de primeras no apetecen y que luego no solo no estaban mal sino que estaban muy bien. Será por eso que cada vez que enero comienza, insistimos en desearnos que lleguemos a otro año. A otro enero.




