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"Ser adoptado es para toda la vida"

Llegaron a España siendo niñas —desde Rusia, China, Nepal y Colombia— y con ellas arrastraron algo que nadie puede borrar: un pasado que no eligieron y un vacío que las acompaña para toda la vida. Más de veinte años después de la fiebre de adopciones internacionales, estas mujeres hablan de identidad, abandono y resistencia

Ayer y hoy de las adopciones internacionales en España

Ayer y hoy de las adopciones internacionales en España

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Madrid

A finales de los noventa y principios de los dos mil, las adopciones internacionales se dispararon un 273% en España. Más de 50.000 niños llegaron de diferentes países del mundo. Muchas eran niñas chinas, abandonadas bajo la política del hijo único. “Hubo muchas adopciones masivas”, recuerda la artista Marta Qin, “pero ahora veo que hay mucha idea de adopción como salvación, y no debería de ser así”. Esa frase, sencilla y contundente, abre una conversación que lleva demasiado tiempo pendiente.

Luda Merino, adoptada de Rusia, pone palabras al silencio que acompañó sus primeros años; habló de cunas desiertas de abrazos, de cuerpos que aprendieron a no sentir y de miradas que esquivaban el mundo. Con una mezcla de dureza y ternura lanza un mensaje que resuena como un abrazo colectivo: “Si hay algún adoptado que nos esté escuchando, "te veo”. Sus palabras apuntaron a la necesidad de crear redes de apoyo donde el reconocimiento y la empatía sean la primera medicina.

La antropóloga Chandra Kala Clemente-Martínez cuenta una historia distinta: tras la muerte de sus padres biológicos, se reencontró con su hermano mayor, reconstruyendo un fragmento perdido de su historia. Sin la carga de deber gratitud ni sentirse “salvada”, reconoce que tuvo suerte de caer en una familia que la pone en el centro. Hoy, como presidenta de la Associació de Persones Adoptades de Cataluña, combina lo vivido y aprendido para crear espacios donde otros adoptados puedan recomponer su pasado.

Laura Heckel, nacida en Colombia y presidenta de La Voz de los Adoptados, denuncia irregularidades que siguen presentes. Cuando emprendió la búsqueda de su familia biológica descubrió que, “en mi caso se traficó conmigo”, una frase que desvela la cara más oscura de las adopciones durante años disfrazadas de ayuda y solidaridad. Recuerda que, socialmente, durante años, la adopción se ha visto como una ‘ONG’, entre comillas, perpetua o permanente”. Su testimonio sirve para recordar que la búsqueda de orígenes puede traer consuelo, pero también abrir heridas que necesitan reparación para poder construir la propia historia.

La pediatra del Centro de Salud Mar Báltico de Madrid, Victoria María Díaz, advierte que muchos niños llegaron a España con informes médicos incompletos o erróneos. Entre un 10 y un 15% presentaba problemas de salud no detectados. “No te puedes fiar de esos informes”, señala. La mayoría de las patologías son leves, pero algunas —como el síndrome alcohólico fetal— condicionan su vida para siempre. Por eso recuerda que la labor médica no se limita a revacunar cuerpos, sino a acompañar durante años a quienes aprendieron demasiado pronto a resistir sin consuelo.

Montse Lapastora, psicóloga clínica y fundadora de Psicoveritas —centro de adopción y psicología—, pone nombre a lo que permanece en la piel: la herida primaria. Ese rastro invisible que deja la separación temprana, si bien se comprende con la cabeza, sigue doliendo en el cuerpo. Explica cómo estas marcas tempranas pueden condicionar la vida adulta, afectando emociones, relaciones y la manera de sentirse visto y acompañado. Por eso insiste en que “hay que seguir apoyando la posadopción”, cuando los niños ya son adultos y la historia vuelve a reclamar su espacio.

Desde la experiencia de ser padre adoptivo de dos niños de Burkina Faso, Javier Álvarez Osorio, ofrece una mirada distinta pero complementaria: “Los salvados somos nosotros”, dijo, y defiende que la crianza debe ser incondicional, respetuosa con la historia del menor y acompañada de formación. Resalta, además, el papel de las asociaciones y redes de apoyo, espacios donde los padres pueden aprender, compartir dudas, y entender que la adopción no termina al llegar a casa, sino que es un camino largo, lleno de pequeñas reparaciones y descubrimientos mutuos. Para él, reconocer la complejidad no desvirtúa el amor, sino que obliga a hacerlo mejor.

La conversación terminó con una petición dirigida a las instituciones: “Hay que seguir apoyando la posadopción”, reclama Montse Lapastora, señalando que hoy esos niños son adultos que demandan terapia, acompañamiento y acceso a sus orígenes. Si algo deja la mañana del 4 de enero es la certeza de que la adopción no se reduce a una llegada en avión: es una vida entera que merece ser mirada con amor, respetado y verdad.

 

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