Comerse el mundo
Si los rusos asustaban, los americanos seducían

Ignacio Peyró: "Comerse el mundo"
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Los rusos pusieron al hombre en el espacio, se asomaron por primera vez a la cara oculta de la luna y se dieron prisa para que su avión supersónico -el Tupolev 144- estuviera en las pistas antes que el Concorde. Por inventar, inventaron hasta el móvil. Parecía que los soviéticos iban a comerse el mundo. Y precisamente por eso daban miedo.
Quienes somos todavía hijos -yo nací en el 80- de la Guerra Fría, sabemos que en aquella larga partida estratégica tuvieron tanto que ver las armas y los adelantos como la cultura y los afectos. Y en esto ganaron de calle los americanos: el cine soviético es tema interesante para un doctorado, sin duda, pero fue el de Hollywood el que enamoró al mundo. Nadie quería comida o ropa o coches soviéticos, pero el prestigio -el sex-appel americano- irradió tanto que todavía hoy usted quizá se haya puesto vaqueros y hace muchos años ya que en Pozohondo se desayunan Corn Flakes y no gachas.
La realidad sería más discutible, sin duda: como fuere, Estados Unidos logró que una buena parte, una mayoría, del mundo lo identificara con ideas atractivas, con la mezcla perfecta de libertad y prosperidad. Si los rusos asustaban, los americanos seducían. Y así se nutrió una corriente de simpatía, benevolencia e inspiración que ha durado hasta hoy, cuando parece que quien va a comerse el mundo es esta administración norteamericana y precisamente por eso da miedo.




