Aragón, a escena
Aunque el resto del país mirará siempre en clave de la encarnizada política nacional, los aragoneses no deberían desperdiciar esta magnífica ocasión para hablar de "su libro"

Imagen de archivo / Javier Ghersi

Madrid
El próximo 8 de febrero los aragoneses votarán por primera vez en solitario en unas elecciones autonómicas, lo que nunca había sucedido en las más de cuatro décadas de autonomía en esta comunidad. Eso hará que el foco de la atención política española esté durante estas semanas sobre Aragón. Aunque es evidente que esa mirada del resto del país será siempre en clave de la encarnizada política nacional, los aragoneses no deberían desperdiciar esta magnífica ocasión para hablar de “su libro”.
Aragón fue relegada a acceder a la autonomía por la vía lenta, a pesar de la solera histórica de sus aspiraciones de autogobierno claramente manifestadas durante la Transición. Entonces era un espacio sometido a una crisis estructural casi existencial: una masiva emigración -interna hacia Zaragoza y externa sobre todo hacia Cataluña- había vaciado gran parte de un territorio amplio, diverso y mal comunicado, que es el diez por ciento del solar español y mayor que el de estados europeos como Bélgica o Países Bajos.
Aquel Aragón de pueblos abandonados y de paisajes solitarios sacrificados a los pantanos y las minas necesarias para la producción de energía era el que cantaba Labordeta, forjando un relato de justificado victimismo y negro porvenir. Sin embargo, la democracia y la autonomía le han sentado bien a Aragón.
Hoy está entre las regiones con más PIB per cápita de España y con menor tasa de paro. Ha alcanzado la especialización logística que siempre soñó como centro geográfico del 75 % del PIB nacional y también dispone por fin de una emergente industria agroalimentaria capaz de añadir valor a su potente sector primario. Mantiene, además, un perfil industrial y exportador muy por encima de la media nacional y cuenta con inversiones estratégicas que pueden garantizar el futuro de su sector de automoción, mientras también está desarrollando un activo ecosistema en nuevas tecnologías.
Hablamos, por tanto, de una comunidad con un buen clima laboral, facilitado por una cuidada tradición de diálogo social, atractiva para la inversión exterior y con una estimable calidad de vida, según muchos indicadores. En definitiva, Aragón está lista para dejar atrás el victimismo y presentarse en el mapa español y europeo con un discurso más ambicioso y con plena confianza en su potencial de desarrollo.
No obstante, no es fácil ese cambio de relato, empezando por el lastre de invisibilidad que penaliza a las comunidades de la España interior: poco influyentes políticamente, escasamente conflictivas y con débil proyección cultural.
Pero no se trata solo de la dificultad para alzar la voz y ser escuchada en el ruidoso mapa nacional. Lo cierto es que Aragón, a pesar de su notable avance de las últimas décadas, se sigue viendo enfrentada a grandes desafíos similares a las preocupaciones de antaño, es decir, vinculados a la demografía y a la gestión del territorio.
La sangría migratoria que vació tantas comarcas se ha revertido mediante una inmigración extranjera que ha revitalizado muchos pueblos y varios sectores productivos. Para consolidar este proceso, el medio rural aragonés necesita asegurar la prestación de los servicios públicos esenciales, y eso solo será posible con una financiación autonómica que compense el elevado coste de mantener vivo un territorio tan extenso. Es una necesidad social, pero también alimentaria, medioambiental y de seguridad estratégica; es decir, que importa a toda España.
De la misma forma, ese territorio enorme está sometido ahora a la voracidad de las energías renovables y de los centros de datos. Lo que en principio son vectores esenciales de la transformación a la economía del siglo XXI amenazan con convertirse en una segunda expoliación energética de las tierras aragonesas por falta de proporcionalidad, adecuada planificación y retorno en el territorio.
Como en todas partes, la vivienda asequible es un problema todavía más urgente. A Aragón le urge, por otra parte, parar la fuga de talento hacia Madrid. Más de 3.000 técnicos y profesionales de nivel superior emigran cada año, a pesar de que la comunidad se ha convertido ya en una importadora neta de mano de obra.
Conseguir que la mirada nacional sobre la campaña electoral aragonesa se posase sobre cualquiera de estas inquietudes sería una mejora del debate político y permitiría volver a pensar que todos creemos en el sistema autonómico no como una etapa intermedia para conquistar el poder en Madrid sino como una pieza clave para articular la convivencia social y territorial del país, tal como lo previó esa Constitución que tantos citan y tan poco leen.

José Carlos Arnal Losilla
Periodista y escritor. Autor de “Ciudad abierta, ciudad digital” (Ed. Catarata, 2021). Ha trabajado...




