Bailongos
Lo que parecía el comienzo de una gran amistad se quedó en nada

Ignacio Martínez de Pisón: "Bailongos"
El código iframe se ha copiado en el portapapeles
Madrid
En los Estados de derecho los problemas tienden a ser serios pero no graves, mientras que, cuando la democracia flaquea, los problemas suelen ser graves pero no serios. Que Trump, firme partidario de las armas, haya secuestrado a Maduro para juzgarlo, entre otras cosas, por posesión de armas suena a chiste. De paso, ¿por qué no lo acusan de haber fumado a la entrada de un hospital o de haberse saltado algún semáforo en Caracas?
En torno a Trump, ese histrión desmelenado, bufón de sí mismo, campeón de la chanza, monologuista sin gracia, narciso del humor..., en torno a Trump (decía), las cosas son siempre graves pero nunca serias.
Hace poco más de un año, Trump y Maduro eran capaces de conversar tranquilamente por teléfono, y el norteamericano hasta invitó al venezolano a visitar la Casa Blanca. Pero lo que parecía el comienzo de una gran amistad se quedó en nada. ¿Qué pudo ocurrir?
Sabemos (porque el propio Trump lo ha dicho) que lo que más le ofendía de Maduro era que se cachondeara de él imitando su manera de bailar. El dictador bailongo: ¡aquí solo baila quien yo diga!
Del mismo modo que mantuvo a su lado a Elon Musk hasta que se hartó de sus ridículos bailecitos, ha tolerado a Maduro en la presidencia de Venezuela hasta que no ha podido más. Que vayan preparándose los países vecinos, que ahí saben mucho de mover el esqueleto, cosa que Trump no soporta. Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla...




