Sucedió Una Noche
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La ley francesa que revolucionó el cine: cómo un presidente convirtió a Francia en la cuna del cine moderno

Una decisión política en 1959 abrió el camino a la 'Nouvelle Vague' y cambió para siempre la historia del séptimo arte

La ley francesa que revolucionó el cine: cómo un presidente convirtió a Francia en la cuna del cine moderno

En 1959, Francia se convirtió en el epicentro de una revolución cinematográfica que cambiaría para siempre la forma de hacer películas. Todo comenzó cuando el presidente Charles de Gaulle nombró como ministro de Cultura al escritor y cineasta André Malraux. Su primera gran medida fue aprobar una ley que otorgaba subvenciones automáticas a cualquier película dirigida por un debutante. Aquello abrió la puerta a una generación de jóvenes que, por primera vez, podían coger una cámara y lanzarse a rodar sin las trabas económicas que hasta entonces frenaban sus aspiraciones.

Como recordaron en el programa Sucedió una noche de la Cadena SER, entre esos cineastas emergentes destacó un grupo formado en torno a la revista Cahiers du Cinéma, con nombres como François Truffaut, Éric Rohmer o Jacques Rivette. Ellos lideraron la Nouvelle Vague, un movimiento que defendía un cine más libre, fresco y personal, donde el director tuviera autonomía total sobre su obra.

Uno de los miembros más singulares era Jean-Luc Godard, un suizo que apostaba por la rapidez y la improvisación. Rodaba cortometrajes en un día y defendía el "descuido formal" como fórmula creativa, porque, según decía, "había que recuperar el espíritu audaz de los pioneros del cine". Su primer largometraje, Al final de la escapada (À bout de souffle, 1960), se convirtió en el manifiesto de esta nueva manera de entender el cine: cámara en mano, luz natural, rodajes en escenarios reales sin permisos, diálogos improvisados y un montaje abrupto que rompía las reglas del raccord y la continuidad narrativa.

Protagonizada por Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg, la película no solo marcó un antes y un después en la estética cinematográfica, sino que también consagró a Godard como uno de los grandes iconoclastas del siglo XX. Con ella, la Nouvelle Vague demostró que el cine podía ser libre, irreverente y profundamente personal, abriendo un camino que inspiraría a generaciones enteras de cineastas en todo el mundo.