‘Si pudiera, te daría una patada’: Rose Byrne brilla como una madre desbordada que no puede más
La actriz australiana ganó este pasado lunes el Globo de Oro a Mejor Actriz Principal en Comedia o Musical por su interpretación de una madre desbordada por la conciliación, la enfermedad de su hija y la ausencia de apoyo

Escena de la película 'Si pudiera, te daría una patada' / A24

Madrid
En los últimos meses hemos visto cómo el cine de autor contemporáneo está poniendo el foco en el desgaste emocional de las mujeres con películas que hablan sin filtros. ‘Si pudiera, te daría una patada’ se suma a esta tendencia con un retrato opresivo y afilado de una madre que colapsa bajo la presión de la conciliación, una hija enferma y un hogar prácticamente en ruinas.
Dirigida por Mary Bronstein (‘Yeast’, ‘Round Town Girls’), la película construye desde sus primeras escenas un clima de asfixia constante. La protagonista, interpretada por una extraordinaria Rose Byrne, vive atrapada en una rutina marcada por el estrés, la culpa y una ansiedad que no encuentra salida. Una historia que, con una puesta en escena cada vez más opresiva, consigue empujar al espectador a un estado de nerviosismo casi físico.
Uno de los elementos más potentes del filme y, desde el que todo comienza, es la aparición de un enorme agujero en el apartamento familiar, que funciona como una metáfora del precipicio vital que se abre ante la protagonista. Lejos de solucionarse, el agujero crece progresivamente, reforzando la sensación de derrumbe inminente. Bronstein utiliza este in crescendo narrativo para intensificar el conflicto y subrayar la imposibilidad de contener una vida que se desmorona.
La directora introduce, además, otro recurso estilístico especialmente significativo. La hija de la protagonista, que padece una misteriosa enfermedad, nunca aparece en pantalla. Su presencia, en cambio, se limita a una voz aguda e infantil que irrumpe constantemente. Esta ausencia visible convierte a la niña en una carga omnipresente, un recordatorio constante de la responsabilidad y la sumisión que atraviesan muchas maternidades. Incluso cuando no está físicamente presente, la hija sigue ocupando el centro emocional del relato.
A toda esta presión doméstica se suma el trabajo de la protagonista como terapeuta. Cada día debe acudir a consulta y enfrentarse a los problemas ajenos, que francamente, no son pocos, mientras es incapaz de ordenar los propios. El largometraje señala así una paradoja cruel: una mujer que se dedica profesionalmente a cuidar y escuchar a los demás no tiene espacio real para sostenerse a sí misma. Bronstein refuerza esta contradicción al mostrar cómo la identidad profesional se convierte en otra carga más, lejos de ser una vía de escape.
En una entrevista concedida a The Hollywood Reporter, la directora reflexionaba precisamente sobre esa fractura identitaria que atraviesa la experiencia materna. “No puedo hablar por todas las madres, pero para muchas mujeres te conviertes en la madre de alguien, y no siempre lo has sido”, explicaba la cineasta. El filme se construye, así, alrededor de la dificultad de encontrar el equilibrio entre seguir siendo una misma y cumplir con la exigencia constante de ser “una madre lo suficientemente buena”.
En contraste con este exceso angustioso de responsabilidades, la figura del padre permanece prácticamente ausente durante toda la película, algo que no es anecdótico. La película apunta de forma clara al absentismo paternal como una realidad normalizada, cuyas consecuencias recaen de manera sistemática sobre las madres. La falta de corresponsabilidad no se verbaliza explícitamente, pero atraviesa cada escena, reforzando la sensación de una maternidad vivida en soledad. Un retrato incómodo, pero reconocible, de una experiencia femenina marcada por la exigencia constante y la imposibilidad de fallar.
El montaje contribuye decisivamente a esta sensación de ahogo. La cineasta opta por un ritmo que apenas concede respiro, encadenando escenas de manera casi agresiva. Sin embargo, en medio de esta angustia, aparecen destellos de humor ácido, especialmente en las sesiones de la protagonista con su propio terapeuta. Estos encuentros, cada vez más hostiles, aportan una ironía amarga que evita que el relato se vuelva completamente opresivo.
Esta combinación de asfixia y sarcasmo conecta directamente con la mirada política que atraviesa la película. En la misma entrevista con The Hollywood Reporter, la directora señalaba que muchos de los modelos sobre la maternidad y la identidad femenina han sido históricamente construidos desde perspectivas masculinas. “La mayor parte de lo que aprendí sobre ser madre, ser mujer o ser quien se supone que debo ser me lo enseñaron los hombres”, afirmaba Bronstein, subrayando la urgencia de que sean las propias mujeres, junto a otras voces tradicionalmente relegadas, quienes cuenten sus historias y definan sus propios relatos.
Con ‘Si pudiera, te daría una patada’, Mary Bronstein firma una obra incómoda que no renuncia al humor y que se une a una corriente del cine contemporáneo decidido a explorar los límites emocionales de la identidad de la mujer.




