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Irene Iborra, la pionera del stop motion que retrata la pobreza infantil y los desahucios

La autora es la primera mujer en España en dirigir una película con esa técnica. ’Olivia y el terremoto invisible’ es candidata a los premios del cine europeo y a los Goya como mejor película de animación

Irene Iborra, durante el proceso de 'Olivia y el terremoto invisible'

Madrid

La animación nunca ha sido un género cinematográfico, es solo un medio, o una técnica, para contar historias. En eso han insistido con vehemencia en los últimos años autores como Guillermo del Toro tras presentar su versión de ‘Pinocho’ o el español Pablo Berger tras triunfar y llevar a los Oscars ‘Robot dreams’. Es una vieja queja, o demanda, de los profesionales de este sector, especialmente por la asunción de que cualquier película de animación está dirigida al público infantil. La industria española, y también internacional, ha demostrado en las últimas temporadas que hay vida más allá de esas propuestas blancas en busca de una audiencia familiar y de que existe una animación independiente que puede trascender ese marco. Lo han demostrado directores como Alberto Vázquez con ‘’Unicorn Wars’ y ‘Decorado’, dos sátiras violentas y sangrientas sobre el mundo de hoy, el propio Pablo Berger al abordar la amistad y la muerte, un veterano como Fernando Trueba con ‘Chico y Rita’ y ‘Dispararon al pianista’, David Baute al hablar de desplazados climáticos en ‘Mariposas negras’ o Isabel Herguera con ‘El sueño de la sultana’.

Hay incontables ejemplos de una animación más allá de Disney que viaja por festivales y que se abre a todo tipo de públicos con historias con un trasfondo social y político. En esa línea se mueve ‘Olivia y el terremoto invisible’, uno de los grandes títulos de animación del cine español este año que es candidato a los Goya y también está nominado a los premios del cine europeo que se celebran este sábado en Berlín. Irene Iborra es su directora, la primera mujer al frente de una película en stop motion en nuestro país. “Es un sentimiento un poco agridulce porque rompes un techo de cristal, y estás honrada de ser la primera mujer en España que hace esto, pero, por otro lado, dices, qué extraño que se hable de mi género en un proceso de creación, no debería tener nada que ver. Estoy contenta y a la vez es rato estar contenta por eso. He roto un techo de cristal pero como Bruce Willis en ‘La jungla de cristal’ he salido chorreando sangre. No sé si me recuperaré”, bromea en conversación con la Cadena SER.

A la directora le ha costado sudor y lágrimas levantar este proyecto, una adaptación del libro ‘La película de la vida’ de Maite Carranza, una historia que interpela a todos los públicos sin renunciar a hablar de dos de los problemas más urgentes: la pobreza infantil y los desahucios. "Para la escritura de la novela, Maite ya hizo mucha investigación y estuvo en contacto con la PAH, con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. En realidad la novela surgió porque ella iba a colegios a hablar y allí descubrió que había colegios que daban de comer a los niños porque en su casa no les daban de comer porque los padres estaban deprimidos y no se levantaban de la cama. Entonces descubrió una realidad tan bestia de primera mano que eso la llevó a ponerse a escribir. A la hora de hacer la película, de adaptar la historia, sí que he hablado con trabajadoras sociales para intentar ser lo más fiel a la realidad posible. Hay mucha gente en situación vulnerable, con la amenaza de ser desahuciada, no es una realidad ajena. La novela salió en 2015, dudábamos si cuando termináramos la película estos problemas seguirían, y fíjate cómo sigue la situación”, cuenta Iborra.

Fotograma de rodaje de 'Olivia y el terremoto invisible'

La película, al igual que el libro, logra emerger como un drama luminoso y esperanzador pese al origen dramático de la premisa. ‘Olivia y el terremoto invisible’ cuenta la historia de una familia, la formada por una madre soltera y actriz que no consigue trabajo y va de casting en casting, y el de sus dos hijos, la propia Olivia y su hermano pequeño. Una familia que es desahuciada por los impagos, que le cortan la luz y que apenas tiene dinero para comer. Eso les obliga a mudarse a un piso social en un barrio completamente distinto, a una zona obrera y multicultural de la periferia. “Me interesaba que trataba un tema muy duro con una dulzura y una delicadeza excepcionales y a la altura de los niños. Yo tengo una hija de 12 años y encontraba esta historia útil para explicar ciertas cosas y poder abrir debates. Quería desestigmatizar la pobreza infantil, que es una de las cosas a las que la película aspira. Tenía que ser una historia que fuera muy sólida y en la que yo creyera para que pudiera defenderla durante mucho tiempo porque el stop motion requiere muchos años de trabajo”, dice la directora de su vínculo personal con esta historia.

Irene Iborra toma la mirada de la hija mayor y eso le permite también ahondar en muchos dilemas y prejuicios desde la inocencia. La directora muestra las consecuencias de ese desahucio, retrata a una madre artista que no está en las alfombras rojas y cae en una profunda depresión y, a la vez, establece un juego metacinematográfico con esa niña imaginando y fabulando que todo es el rodaje de su propia película. “Hay dos cosas que para mí eran interesantes. Una, que ya está sembrada en la novela, es que la madre utiliza la fantasía para releer la realidad de lo que les está pasando, para proteger a esos hijos. Y por otro, Olivia recoge de alguna manera esta invención y la convierte en película, que es un lenguaje que los niños de hoy en día con los teléfonos y con las cámaras están muy familiarizados, con el hecho de grabar un vídeo. Es como un escudo, un refugio para guardarte de la realidad y encontrar algo de distancia dentro de toda la maraña oscura en la que viven. La niña se empodera de alguna manera porque decide ver las cosas de una cierta manera. Es decir, yo decido verlas como una película, aunque soy consciente de que es la realidad. Es importante la mirada porque nos permite posicionarnos y construir nuestra propia narración, generar nuestras propias vivencias. Era importante transmitir eso a los niños”, añade.

La aventura familiar lejos de la vida que un día disfrutaron lleva el relato también a ese barrio de la periferia, de clase obrera, con vecinos de diferentes nacionalidades y con un espíritu comunitario que hoy contrasta con las sociedades individualistas y mercantilizadas que dominan las ciudades. “A veces somos los adultos los que cargamos de significados extraños lo que sucede porque en el fondo, yo aquí en Barcelona, en el cole de mi hija, en la misma clase hay al menos seis o siete nacionalidades diferentes y para ellos en su día a día no es nada relevante. Da igual que seas búlgaro o marroquí, son otras cosas las que viven en clase. Es cuando empiezan a interactuar con los adultos cuando se dan cuenta porque los adultos cargamos con otras cosas. Era importante enseñar esto y mostrar esperanza. Estoy convencida de que podemos transformar las cosas y vivir en una sociedad más igualitaria”, defiende la autora que, ademas, integra en el día a día de esa barriada la música urbana como un medio más de expresión para los jóvenes.

Fotograma de rodaje de 'Olivia y el terremoto invisible'

“Al contar la historia de gente que vive en la periferia de una ciudad, tenía que incluir la música urbana. Yo he visitado talleres en centros sociales donde se canta y compone rap, es una cosa que fluye natural porque el rap es una música que necesita pocas herramientas. Es mucho de inventiva, de vomitar y explicar cosas que tienes urgencia de contar. Me gustaba esa energía en la película”, explica sobre el uso de la música en una película rodada en catalán y que, confiesa, está influenciada por un clásico como ‘La vida de Calabacín’. “La película de Claude Barras también tiene una temática social y es en stop motion, era una inspiración esa mirada delicada y optimista a la vez”.

Iborra, curtida durante años como guionista, directora y artesana del stop motion en cortos y mediometrajes, se ve reflejada de alguna forma en su propia película y en el desafío de una técnica que exige paciencia y constancia en unos tiempos frenéticos. “Hay algo también de un espíritu de contradicción, de llevar la contraria, en estos tiempos donde todo va tan rápido y es instantáneo. El stop motion es una artesanía lenta y eso también es, de alguna forma, un posicionamiento vital y laboral. A pesar de que estos proyectos son largos y difíciles, esta película tiene como una especie de buena estrella porque, dentro de lo complicado, todo ha fluido, ha ido fluyendo. Hemos encontrado los coproductores, porque son cinco países involucrados, y la gente para hacerla. Gente que se ha volcado en el proyecto, no tiene un gran presupuesto y entonces hay que poner mucho de tu parte para hacer la película. Al mismo tiempo ha sido duro compatibilizarlo, yo formo parte de una familia monomarental, entonces el trabajo y la conciliación es complejo. Es también un juego de espejos, porque lo que cuento en la película, lo tengo en la vida real. Yo también tengo esa familia ampliada que es un sostén, sin el apoyo y la ayuda de ellos no estaría aquí y esta película no existiría”, expresa.

El propio proceso de una película así es una declaración de intenciones. También el cambio en las dinámicas de trabajo que muchas de las directoras de esta nueva ola del cine español están verbalizando. “Queda mucho para desmontar ciertas dinámicas y autoritarismos. Si es una mujer con la misma experiencia que un hombre, se elige lo que dice el hombre. Estamos en un proceso en el que hay que ir sensibilizando y confrontando todo esto, no hay que imponerse a gritos. Y a la vez la gente cree que si no te impones así, no tienes las ideas claras o no sabes manejar una situación. Hay una serie de prejuicios a los que he tenido que hacer frente, es positivo al menos que ahora salga a la luz y podemos hablar de todo esto. Yo trabajo en equipo, es un proyecto con mucha gente, me gusta escuchar y ver cómo va evolucionando un proceso que es colaborativo aunque yo sea la directora, o la cara visible”, asegura. En su equipo ha buscado un equilibrio entre veteranía y juventud. Ha contado con dos de los animadores de stop-motion más reconocidos del mundo, César Díaz (Frankenweenie, Isla de Perros), ganador del Goya por Muedra, y el británico Tim Allen (La novia cadáver, Pinocho, Isla de Perros), pero también con nuevos talentos. “Estoy muy contenta porque hemos dado la oportunidad a mujeres animadoras, que no suele haber muchas, me gusta integrar a gente experimentada y gente que empieza. Eso es lo que me encanta del stop motion, porque no es perfecto, es imperfecto, es el accidente de lo manual”, concluye la directora de esta coproducción entre España, Francia, Bélgica y Chile que, tras su presentación en Annecy, el principal festival de animación del mundo, ahora encara la temporada de premios reivindicando otro tipo de animación. Ese que puede entretener pero también concienciar y reflexionar sobre el mundo en el que vivimos desde la mirada de los niños.

José M. Romero

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