Beber y olvidar
Aprovecharse de la criada, de la secretaria, de la corista, es más viejo que mear en pared y, aunque no siempre se ha perseguido, siempre ha sido delito

Ignacio Martínez de Pisón: "Beber y olvidar"
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Madrid
No sabemos qué hay de cierto en las acusaciones de agresión sexual contra Julio Iglesias. Lo que sí sabemos es que, a lo largo de su vida, ha ido repartiendo tantos piquitos no solicitados que Luis Rubiales a su lado no pasaría de ser un principiante. Si por cada uno de esos piquitos se le impusiera, como a Rubiales, una orden de alejamiento de doscientos metros con respecto a cada una de las víctimas, no habría en el hemisferio norte ningún sitio donde Julio Iglesias pudiera meterse.
A la luz de las acusaciones de sus empleadas domésticas, todos esos piquitos, toqueteos, azotitos y manoseos son algo más que eso: bastante más. Todo eso que él consideraba estrategias de seducción no son ahora sino la prueba evidente de que, en el mejor de los casos, es un baboso.
¿Cómo ha podido cambiar tanto el mundo (se preguntará él) para que eso que antes me celebraban, jaleaban y aplaudían se haya convertido en un delito?
Pero, en realidad, el mundo no ha cambiado tanto a ese respecto. Aprovecharse de la criada, de la secretaria, de la corista, es más viejo que mear en pared y, aunque no siempre se ha perseguido, siempre ha sido delito. Se llama violación.
Lo sabemos: le gustan las mujeres, le gusta el vino y, si tiene que olvidarlas, bebe y olvida. Pues esta vez va a tener que beberse la producción completa de varias bodegas riojanas para olvidar lo que les hizo a esas chicas.




