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José Carlos Ruiz: "La fragilidad no es una debilidad, es una condición estructural de la vida"

El filósofo reivindica la fragilidad como una clave para humanizar la sociedad y critica la cultura de la autosuficiencia y la autoayuda por despolitizar el sufrimiento

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Madrid

"La fragilidad no es una anomalía ni un fallo del sistema". Es, según el filósofo José Carlos Ruiz, "una condición estructural de la vida". Desde el mismo momento en que la vida se configura, explica en La Ventana, aparece la conciencia del tiempo, del desgaste y de la dependencia de otros. No somos autosuficientes, ni biológica ni vitalmente, y asumirlo cambia la forma en la que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.

Ruiz subraya que comprender la fragilidad ajena abre dos posibilidades: hacer daño o cuidar. Cuando se reconoce la vulnerabilidad del otro, aparece la opción de actuar con delicadeza y ternura. Sin embargo, la sociedad tiende a asociar fragilidad únicamente con sufrimiento, olvidando su potencia ética: la capacidad de generar cuidado.

Una sociedad obsesionada con la seguridad

El filósofo sitúa el problema en un modelo social que pivota sobre la seguridad, los protocolos y la eliminación del riesgo. En ese contexto, la fragilidad se percibe como un problema que hay que corregir. Pero, lejos de ser destructiva, la toma de conciencia de la fragilidad obliga a pensar, a organizar la vida desde parámetros no solo morales, sino también biológicos y humanos.

Ruiz rechaza frontalmente la identificación entre fragilidad y debilidad. Considera que ese lenguaje está contaminado por una lógica capitalista que convierte la fortaleza en una responsabilidad individual y traslada los problemas sociales y políticos al plano personal. "Es un desplazamiento ilegítimo", sostiene, porque borra las condiciones estructurales que influyen en la vida de las personas.

El espejismo de la autoayuda

En ese marco sitúa el auge de los libros de autoayuda. Ruiz recuerda que cuando era estudiante universitario apenas existían y vincula su explosión a la globalización entendida como fenómeno económico. Critica especialmente el prefijo auto: la ayuda, insiste, siempre viene del otro. "La autoayuda convierte la fragilidad en un déficit de voluntad individual y despolitiza el sufrimiento".

La fragilidad, añade, "no se distribuye de forma equitativa". Existen marcos políticos que protegen unas vidas más que otras. Cuando no se reconocen esos condicionantes sociales, la fragilidad se desplaza del ámbito ético y político al privado. El resultado es que el sufrimiento se vive como un fracaso personal y no como una consecuencia de estructuras compartidas.

Para Ruiz, confiar, convivir y amar implica necesariamente volverse frágil. Pero es también la vía para ampliar la condición de sujeto. "Amando se gana infinitamente más", sostiene. La fragilidad abre la posibilidad del cuidado, de la ternura y de una vida compartida más plena.

El filósofo concluye que las sociedades maduras son aquellas que han sabido institucionalizar la fragilidad y el cuidado, convirtiéndolos en cuestiones colectivas y no privadas. Reconocer públicamente la fragilidad no debilita a una sociedad: la humaniza.

 

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