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Sociedad

Irene Meca, víctima de bebés robados: "Desde que sé quién soy, piso diferente"

Cuatro estrena esta noche 'Madres robadas', el nuevo reportaje de Jon Sistiaga, que recoge el desgarro de miles de mujeres separadas de sus hijos al nacer

Irene Meca, víctima de bebés robados: "Desde que sé quién soy, piso diferente"

Madrid

Esta noche Cuatro estrena Madres robadas, la segunda entrega de Proyecto Sistiaga, el nuevo trabajo de Jon Sistiaga que pone el foco en la realidad de los bebés robados y en la herida vital que dejó en miles de madres y de hijos. Entre los testimonios del reportaje está el de Irene Meca, que ha contado en La Ventana su historia, marcada por el silencio.

Irene tiene 72 años y en 2023 logró saber quién era su madre biológica. Pudo exhumar sus restos y cerrar, en parte, una búsqueda que había durado toda la vida. La suya es la historia de dos identidades: la de Irene, la mujer que ha sido, y la de María del Sagrario, el nombre que le puso su madre al nacer y que le fue arrebatado cuando tenía apenas dos meses.

Vendida por 25.000 pesetas

Irene fue separada de su madre contra su voluntad, mediante engaños, acabó en una inclusa y fue entregada a un matrimonio de Madrid por 25.000 pesetas. Durante décadas, creció sin conocer su origen real, con una documentación falsa y una fecha de nacimiento inventada.

"Estoy en shock todavía, no termino de aterrizar", confiesa. Supo que era adoptada con 15 años, de la forma más traumática posible. Su padre adoptivo había muerto cuando ella era muy pequeña y su madre volvió a casarse con un hombre que la maltrataba. En una pelea, al interponerse para defenderla, él le gritó que no era su hija y que el padre al que lloraba tampoco lo era.

El silencio como herencia

Su madre adoptiva nunca quiso hablar del tema. "Lo único que me decía es que había pagado 25.000 pesetas", recuerda Irene, convencida de que sabía mucho más. Años después descubrió que los papeles falsos de la adopción habían estado escondidos toda la vida detrás de un cuadro.

La relación entre ambas nunca fue sencilla. Irene se fue de casa a los 18 años, hubo etapas de distanciamiento y desconfianza, pero el vínculo nunca se rompió del todo. Su madre adoptiva murió con 96 años en una residencia, sin haberle contado nunca la verdad.

El ADN como punto de inflexión

Durante años, Irene buscó sin éxito en archivos civiles, eclesiásticos y administrativos. El giro llegó en 2018, cuando, ya en contacto con asociaciones de víctimas, recurrió a bancos de ADN internacionales. Aparecieron coincidencias con un hombre de 92 años en Madrid y con un joven mexicano cuyo bisabuelo había emigrado desde Ambite, un pequeño pueblo de la Comunidad de Madrid.

Allí, en los registros de Ambite, Irene encontró una partida de nacimiento: una niña nacida el 21 de marzo de 1953, hija de madre soltera. Era su año real de nacimiento. Con la ayuda del alcalde, localizó a la familia materna. Tres primos accedieron a hacerse las pruebas. El ADN confirmó el parentesco.

Chon, la madre a la que robaron a su hija

La madre de Irene se llamaba María Ascensión Durán Polo, Chon para todo el mundo. Tenía 27 años cuando fue madre soltera en una España que castigaba esa condición. Cuando le arrebataron a su hija, sufrió una crisis de angustia que en la época se interpretó como "locura". Fue internada en el manicomio de Ciempozuelos y murió poco después, con 29 años, por un edema cerebral nunca suficientemente explicado.

Irene cree que alguien del entorno familiar tuvo que intervenir en su desaparición, aunque descarta a sus abuelos y a una tía que apoyaban a su madre. Una amiga de Chon le contó que esta sospechaba del párroco y de la comadrona, tras haber escuchado una conversación extraña. Lo único seguro es que alguien dijo que llevaba al bebé al médico y nunca volvió.

Tras la exhumación, Irene decidió sacar los restos de su madre del cementerio de Ciempozuelos, donde se enterraba a las personas internadas en el manicomio, y darles sepultura en Ambite. En la lápida dejó escrito: "Descansa, madre. El camino hasta ti fue largo, pero nunca me rendí".

Ahora quiere acceder al historial médico de su madre. "No me cuadra que una mujer de 29 años muriera así. Necesito saberlo", explica.

"La vergüenza no es mía"

Irene ha construido su propia familia: está casada, tiene dos hijas y un nieto. Durante años no compartió su historia con ellas. Solo lo hizo cuando a una de sus hijas le pidieron en el colegio hacer el árbol genealógico. Siguiendo el consejo de un psicólogo, se sentó con ambas y les contó todo lo que sabía. Nunca olvidará la respuesta de la mayor: "Mamá, tus padres no saben lo que se han perdido contigo".

Hoy, Irene lanza un mensaje a quienes dudan de su origen: que se hagan una prueba de ADN. "El dolor está ahí, pero compensa. Desde que sé quién soy, camino de otra manera. Yo no tengo que tener vergüenza de nada. La vergüenza es de otros".