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Josh Safdie: "Marty Supreme' es una alegoría sobre los límites del individualismo radical que se promueve en EEUU"

El cineasta estadounidense firma de la mano de Timothée Chalamet una película vibrante, divertida y arrolladora sobre los perdedores con sueños y la obsesión de un joven jugador de tenis de mesa en los años 50

Josh Safdie y Timothée Chalamet en la premiere de 'Marty Supreme' en Los Ángeles / Savion Washington

Madrid

Los hermanos Safdie han sido los 'enfant terribles' del cine neoyorkino de la última década. Herederos de la tradición del thriller callejero de los 70 y de autores como Scorsese, Benny y Josh Safdie han firmado títulos como 'Diamantes en bruto' y 'Good Time', además de participar como actores en numerosas series y películas. Esta temporada han tomado caminos separados con películas en solitario. El primero estrenó hace unos meses 'The Smashing Machine', un drama convencional y acartonado sobre un luchador de las artes marciales mixtas que protagoniza Dwayne Johnson. El segundo ha seguido la estela de sus anteriores trabajos con 'Marty Supreme', una vibrante, divertida y arrolladora aventura ambientada en los años 50 que ha conseguido nueve nominaciones a los Oscars y que protagoniza Timothée Chalamet en el mejor papel de su carrera.

Parte del éxito de la propuesta de Josh Safdie está en el equipo de confianza del que se ha rodeado. Ronald Bronstein en el guion y el veterano Darius Khondji en la dirección de fotografía, viejos conocidos del director que han sabido captar y plasmar el espíritu de esta historia. 'Marty Supreme' es muchas cosas, pero, ante todo, es el relato de una obsesión enfermiza, de un perdedor con tanta confianza en sí mismo que solo aspira a triunfar, de un personaje mezquino y egocéntrico convencido de alcanzar el sueño capitalista. Inspirada en la figura real del campeón de tenis de mesa Marty Reisman, Timothée Chalamet lleva años entrenando para este personaje, el de un joven precario y descarado que trabaja en la zapatería de su tío mientras tiene en su mano ser el mejor jugador de ping pong del mundo. El objetivo es salir de esa miseria, dejar de ser un mediocre, alcanzar la fama y el reconocimiento. El problema es que no es el tipo de deporte que en los años 50 te permitiera eso.

De alguna forma la historia tiene una conexión especial con las carreras del actor y de Josh Safdie. La búsqueda de grandeza, de desafiar sus límites y reafirmarse como artistas. "Yo estuve persiguiendo el sueño de hacer ‘Diamantes en bruto’ durante 10 años. Y fui incansable. En cada paso del camino, alguien me decía: "No, no creo en ti". Tenía que demostrar mi valía y a cada paso que daba tenía un obstáculo por delante, todo se hacía cada vez más difícil. Hacia el final de esa producción, mi esposa, que es productora de la película, Sara Rossein, me compró un libro que pensó que me interesaría porque me encanta el tenis de mesa y me encantan las subculturas. El título del libro era: ‘Confesiones de un campeón de tenis de mesa y de un estafador’. Esa parte del estafador era interesante. Leí el libro y me encantó. Y ese fue el principio, la semilla de la película", explica el autor en conversación con la Cadena SER desde Nueva York.

A Safdie, como a su personaje, le empezó a obsesionar este grupo de jugadores que se reunían de forma semiclandestina en los 50, que viajaban a torneos y que veían que era imposible ganarse la vida con ese deporte. "Estuve viendo muchos vídeos de estos jugadores y de sus actuaciones en 1948 y 1949 en Inglaterra, y me gustaba esa energía. Cuando terminé la película de 'Diamantes en bruto', sentí como el vacío de un largo sueño, porque hay muchas cosas que sacrifiqué en la vida para perseguir ese sueño. Esa sensación me pareció muy interesante. Viví una vida de individualismo para hacer esa película. Y a pesar de lo liberador y único que se volvió el viaje, también fue increíblemente limitante en lo emocional. Me interesaba tomar esa sensación y proyectarla en un personaje como Marty y todos estos chicos en los años 50 en Nueva York. Los chicos de una sala de ping-pong con sueños que nadie respetaba, eran como inadaptados, eran como punks, ellos decían que había una energía que no se puede describir", añade el director.

Ese es precisamente el motor de 'Marty Supreme'. La soledad de un joven tan obcecado con alcanzar la gloria y perseguir su sueño que se lleva todo lo que hay a su alrededor por delante. Safdie retrata así algo mayor, el lado oscuro, o la cara b, de un ideal americano, el que nació tras la posguerra. Marty representa de algún modo la arrogancia y la ambición de EEUU en esos años 50. "El sueño americano después de la victoria de la Segunda Guerra Mundial se basaba en la prosperidad y en la opulencia. Y luego, en los ochenta, fue en la idea de esperanza tras la derrota en Vietnam. Había esperanza en recuperar el sueño americano e inspirar la nostalgia de un momento de grandeza y excelencia estadounidense para promover a un individuo fuerte, para hacer creer que las personas pueden cambiar el mundo, el libre mercado y el libertarismo. Ahí fue cuando vimos el comienzo de un sueño americano posmoderno. El sueño americano que vimos en los 80 sigue muy vivo hoy en día, pero también se ha convertido en algo extremo. La promesa del sueño americano es la mejor droga para los soñadores, es esa cosa intocable que persigues y persigues y puede ser muy peligrosa. En Estados Unidos se promueve un individualismo radical, que obviamente surgió al principio de todo, cuando como país nos expandimos hacia el oeste, pero que realmente explotó después de la guerra", cuenta el director.

Josh Safdie y Timothée Chalamet durante el rodaje de 'Marty Supreme' (Photo by Jose Perez/Bauer-Griffin/GC Images) / Jose Perez/Bauer-Griffin

A eso ayuda el carisma de Chalamet para interpretar a este caradura arrogante capaz de moverse por los bajos fondos de un Nueva York poblado de personajes pintorescos que no respetaban este deporte, y confrontarlo con el mundo que surgía al otro lado del charco. En Reino Unido y Europa el tenis de mesa llenaba estadios, por lo que era habitual creer que era un vehículo para la fama y la riqueza, y en Japón, donde el protagonista encuentra a su gran rival, simbolizó la renovación, una especie de ilusión y resurgimiento tras la guerra. Josh Safdie embarca a Marty en todas estas peripecias y lo rodea de un excelente grupo de secundarios a los que arrastra en su obsesión. Su amigo y compañero de fechorías al que interpreta el rapero Tyler, the Creator; su novia de toda la vida ya casada con otro, a la que da vida la gran revelación de la película, Odessa A'zion; su amante, una vieja estrella de Hollywood que encarna Gwyneth Paltrow en su gran regreso al cine; y el esposo de esta, un magnate de las estilográficas interpretado por el empresario canadiense Kevin O’Leary, conocido como Mr. Wonderful, en su debut en la gran pantalla.

El cineasta sumerge al protagonista en esta particular odisea, llena de trampas, traiciones y situaciones cómicas, pero también cree en la clemencia, en una redención, o en la transformación a la que lleva tanta avaricia. A Safdie no le interesa ni el mito ni la épica, tampoco busca una moraleja, por eso, consigue que el espectador deteste y a la vez entienda a este lunático. "No creo en el concepto de antihéroe. Creo que todos los personajes tienen que ser tu héroe. Tienes que amarlos. Pero creo que Marty no es razonable en su búsqueda. La razón es importante hasta cierto punto. Como dijo George Bernard Shaw, "el hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable persiste en intentar adaptar el mundo a sí mismo". Creo que la película es una alegoría sobre los límites del individualismo radical, pero también es una celebración de la búsqueda y de cómo puede llevarte a lugares en los que normalmente nunca estarías de forma natural. Eso sí, el resultado siempre es un lugar solitario", aclara.

Rodada en 35 mm utilizando cámaras Arriflex y lentes anamórficas vintage, con la fantástica banda sonora de Daniel Lopatin, 'Marty Supreme' te transporta al Nueva York de los 50 y te atrapa en esa desaforada aventura por la gloria y el éxito. Josh Safdie firma una obra mayor, eléctrica, frenética y cautivadora, una gran epopeya sobre el coste del sueño americano con una interpretación soberbia de Timothée Chalamet. El actor, que el pasado año fue criticado por admitir que perseguía la grandeza, que quería ser uno de los grandes actores de Hollywood, demuestra por qué con 30 años es la gran estrella de su generación.

José M. Romero

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