Cuidadoras: la familia elegida que frena la soledad de los mayores
La relación entre las cuidadoras y las personas mayores puede llegar a convertirse en una relación familiar con la que combatir la soledad

Reportaje | Cuidadoras: la familia elegida que frena la soledad de los mayores
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Madrid
En un país cada vez más envejecido, las cuidadoras desempeñan un papel esencial en la vida de las personas mayores. Su labor no solo atiende las necesidades físicas, sino que se convierte en un apoyo emocional clave que frena la soledad.
Las cuidadoras llegan a los hogares por motivos muy distintos. En ocasiones, su presencia responde al abandono que sufren por parte de sus seres queridos. Claudia, cuidadora de una mujer de 90 años que vive sola, explica que su labor va más allá de la asistencia: “Con uno, ellos tienen compañía y pueden desahogarse”.
En otros hogares, la ayuda se hace necesaria por la preocupación de la familia y la imposibilidad de compatibilizar el cuidado con la vida laboral. Valentina, hija de Telman, de 89 años, asegura que le encantaría poder cuidar personalmente de su padre, pero sus circunstancias se lo impiden.
No solo es cuidado físico
En medio de la soledad que acompaña a la vejez, muchas personas mayores encuentran en sus cuidadoras compañía, conversación y cariño. Yolani, cuidadora de Carmen, cuenta que las personas mayores disfrutan relatando episodios de su vida pasada desde que eran niños y destaca que “a ellos les gusta que uno les ponga atención”.
En España, los mayores de 65 años representan más del 20% de la población. Una gran parte de ellos vive en situación de dependencia y requiere ayuda diaria para realizar distintas tareas básicas como comer, asearse o moverse. Sin embargo, existe otra carencia menos visible: la necesidad de hablar, recordar o sentirse querido. Una atención emocional que, en el día a día, recae principalmente en sus cuidadoras.
Inicios de precariedad
Tras la sonrisa de estas trabajadoras, hay una historia de sacrificio. La mayoría de estas mujeres son inmigrantes que no eligieron este trabajo por vocación, sino por necesidad. Leticia, cuidadora interna de Piedad, dejó su país tras sufrir años de maltrato psicológico por parte del padre de sus hijas. “Salí de mi país con muchas esperanzas de buscar un buen futuro, ya que tenía muchos problemas en mi hogar", asegura. Fue ante la insoportable desesperación que tenía, lo que la impulsó a irse.
Los inicios en España fueron para muchas una etapa de precariedad marcada por la vulnerabilidad. Muchas vivieron situaciones de abuso y falta de reconocimiento. Marlén recuerda casos extremos de sus compañeras: una sufrió un derrame cerebral y estuvo en coma debido al estrés del trabajo; otra perdió una pierna después de que la familia de la persona a la que cuidaba no le permitiera ir al médico.
A pesar de la dureza del oficio, cuando se sienten valoradas y existe respeto, el trabajo trasciende lo profesional. Viany, cuidadora de Migue y su pareja, asegura que su labor le ha aportado un crecimiento personal inesperado. “Me hace sentir plena, útil, feliz y entusiasta. Me genera ilusión saber que voy a ir a trabajar con ellos”, explica.
El tiempo y los momentos compartidos terminan generando un vínculo espontáneo de manera orgánica. La relación deja de ser unidireccional cuando ambas partes comparten pensamientos y preocupaciones. “A medida que uno se conoce, se va abriendo ese vínculo y se ve a estas personas con más cariño”, afirma Viany, quien también destaca la importancia de la reciprocidad: “Si no recibo lo mismo, las cosas no tienen sinergia”.
Encuentros convertidos en terapias
Después de varias semanas de convivencia, los encuentros se convierten en pequeñas terapias informales que benefician a ambas partes. La preocupación por el bienestar del otro deja de ser individual y pasa a ser compartida. “Él me pregunta y yo comparto mucho de mi familia”, declara Viany.
Muchas veces, ese vínculo adquiere un carácter familiar. Es el caso de Marlén. Ella logró formarse y mejorar su futuro gracias al apoyo de una mujer a la que cuidó durante años y terminó viéndola como una madre más. “Cuando una persona que ha vivido 85 años te dice 'vamos hija, tú puedes', te levanta el ánimo”, recuerda emocionada. En agradecimiento, le dedicó su título académico.
Dentro de toda esa felicidad, hay una parte del trabajo que siempre las entristece: aceptar la muerte de la persona a la que cuidan. Yolani reconoce que se encariña profundamente con las personas a las que cuida y las toma como si fueran parte de ella. Por eso sufre dolorosamente las pérdidas. Leticia, con más de cinco años de experiencia, recuerda uno de los momentos más duros de su vida profesional cuando una mujer murió cogida de su mano. “Fue terrible para mí. No es fácil cuando se nos muere una persona mayor porque sentimos que son parte de nuestra familia”, expresa llorando.
La relación persiste después del cuidado
Por esta razón, Gabriela aprovecha para ir casi cada semana, a la residencia en la que se encuentra José, un hombre de 92 años al que cuidó durante siete años. “Es alguien con quien me gustaría convivir. Es muy especial para mí”, asegura ella.
José, por su parte, destaca la confianza y el apoyo que existe entre ellos: “Yo me desahogo con ella, le cuento mis problemas y ella a mí también me los cuenta”. Durante el fallecimiento de su esposa, Gabriela fue la única persona que permaneció a su lado. “Ahí dije: esta mujer, siempre que pueda, estará conmigo”, recuerda José.
La relación es tan estrecha que Gabriela le presentó a toda su familia. De hecho, a ellos les ilusiona ir a verle. En concreto a su hijo pequeño, Dery, de 10 años. Él lo considera “un abuelo especial”, ya que fue quién le enseñó a dibujar y estuvo con ellos en los momentos más difíciles.
Para José, esas visitas son vitales porque le dan el cariño del que carece durante la semana en la residencia. “En un sitio de estos, una visita te llega”, confiesa con lágrimas.
Al final, es la presencia de quienes deciden, cuidarnos y acompañarnos la que muchas veces nos salva del hundimiento al que nos lleva la soledad de la vejez.




