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Marcos Alonso, investigador en filosofía de la tecnología: "No podemos entender la IA sin saber de dónde venimos"

Crece la preocupación por cómo la tecnología está transformando nuestra forma de conocer, crear y ser humanos

Más Platón y menos WhatsApp: Filosofía y Tecnología

Madrid

Esta semana, varias voces clave del desarrollo tecnológico han encendido las luces largas sobre el rumbo de la inteligencia artificial. Yoshua Bengio, uno de sus principales arquitectos, advertía en Esquire de los "riesgos descabellados" que asumimos, incluso de la posibilidad de crear lo que llama "vida espejo". Geoffrey Hinton, Nobel y figura central de la IA moderna, iba más allá al alertar de un futuro sin control en el que "máquinas muy inteligentes y que no se preocupen por nosotros probablemente nos exterminarán". Y La Razón hablaba directamente de un "estancamiento cultural sin precedentes".

¿Estamos realmente tan mal?

El filósofo José Carlos Ruiz reconoce en La Ventana que el miedo a la tecnología no es nuevo, pero sí admite que la IA introduce un cambio de paradigma radical. "No se trata de alarmismo", explica, "pero algo de precaución deberíamos tener, sobre todo si recordamos que algunos logros tecnológicos, como la fisión nuclear, acabaron escapándose de nuestras manos".

Eso sí, advierte del peligro del lenguaje hiperbólico. "Cuando se habla de 'vida espejo' se solivanta al personal", señala. Para él, de las tres noticias recientes, la más preocupante no es la apocalíptica, sino la cultural: la posibilidad de que la IA esté empobreciendo la creación y unificando las visiones del mundo bajo los sesgos de quienes programan los algoritmos.

La influencia de la IA se deja notar especialmente en dos ámbitos. El primero tiene que ver con la interpretación del conocimiento. "La IA no duda nunca", explica Ruiz. "Responde siempre y presenta sus respuestas como verdaderas". A fuerza de convivir con ese modelo, corremos el riesgo de perder la duda como hábito intelectual.

La segunda cuestión es la delegación cognitiva. "Empezamos a evitar enfrentarnos a los procesos mentales complejos porque los externalizamos", advierte. Frente a una inteligencia "sin desgaste, sin biografía y sin heridas", lo humano empieza a parecer "un borrador defectuoso".

Para profundizar en este debate se suma Marcos Alonso, profesor de bioética en la Universidad Complutense e investigador en filosofía de la tecnología, autor de 'Platón contra las máquinas'. Su tesis parte de una idea incómoda: no existe una frontera clara entre lo natural y lo artificial. "Venimos alterando nuestra 'naturaleza' desde el principio de los tiempos", sostiene. "Somos tecnología".

El problema, explica, es que seguimos arrastrando un prejuicio platónico que identifica lo artificial con lo sospechoso y lo natural con lo bueno, cuando casi nada de lo que nos rodea es realmente "natural".

Privacidad, vigilancia y mitos

Más allá del discurso apocalíptico, Alonso señala riesgos urgentes y muy concretos: la privacidad, los sesgos algorítmicos y la vigilancia masiva. "Cada vez que usas un servicio gratuito estás alimentando a la máquina", recuerda, en un contexto en el que millones de datos se recopilan sin consentimiento real.

Y, pese a todo el progreso, seguimos necesitando mitos. "La IA se ha convertido en uno de los grandes mitos contemporáneos", afirma, comparable a Prometeo o Pandora: una técnica poderosa, capaz de mejorar la vida, pero nunca exenta de peligro.

Al final, la pregunta no es solo qué harán las máquinas, sino qué haremos nosotros. "La IA está cambiando el mundo", concluye Alonso, "pero quizá su efecto más profundo sea que está cambiando nuestra manera de verlo". El reto, dice, no es rechazar la tecnología, sino renegociar un ecosistema compartido entre humanos y máquinas sin renunciar a aquello que nos hace irrepetibles.