Llueve y llueve, pero la sequía del verano no está descartada: un experto advierte del efecto que "seca" el suelo
Felipe Bastida analiza en 'La Ventana' cómo influyen la estructura del suelo, la erosión y la forma en la que llueve en la absorción del agua

Felipe Bastida, investigador del CSIC, sobre las lluvias persistentes
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Madrid
Durante los periodos de sequía nos hemos familiarizado con el concepto de estrés hídrico: la falta de agua cuando la demanda supera lo disponible. Pero tras semanas de lluvias continuadas en zonas donde no es lo habitual, la pregunta se invierte: ¿puede el suelo saturarse de agua?
Según explica Felipe Bastida en La Ventana, investigador del Centro de Edafología y Biología Aplicada del Segura (CEBAS-CSIC), la tierra puede llegar a saturarse, pero no de la misma manera en todos los lugares ni en cualquier circunstancia. "Depende mucho del ambiente y del tipo de suelo. En muchas zonas, después de años de sequía, esta lluvia no está causando grandes problemas. Aún estamos en una situación salvable", señala.
No todos los suelos reaccionan igual
Uno de los factores clave es la composición del suelo. En el sureste español, como Murcia, Almería o algunas zonas de Valencia, predominan suelos con muy poca materia orgánica, lo que reduce su capacidad de retener agua. "La materia orgánica es la que absorbe el agua. En estas zonas se pierde mucha, se va rápidamente", explica Bastida. Eso hace que no se saturen con facilidad, aunque tampoco aprovechan el agua de forma tan eficaz para la agricultura como sería deseable.
El investigador subraya que la lluvia actual está siendo, en general, positiva: "No es demasiado erosiva ni extremadamente intensa. Tiene capacidad de enriquecer el suelo en agua y tiene un efecto agronómico importante".
Eso sí, advierte de que se trata de un beneficio a corto plazo: "Cuando lleguemos al verano, con las altas temperaturas, gran parte de esta agua se perderá y nos olvidaremos de estas lluvias".
El exceso o la disponibilidad de agua impacta tanto en el suelo como en las plantas. Ambos sistemas almacenan agua para afrontar los periodos secos, pero un suelo excesivamente encharcado puede perder fertilidad. "Un suelo con demasiada agua tiene menos microbiota, y esa vida microbiana es fundamental para que el suelo sea fértil y productivo", apunta Bastida.
Cuando el problema no es solo la lluvia
Más allá del volumen de agua, el experto recuerda que vivimos en un contexto de fenómenos extremos: sequías prolongadas, lluvias intensas, episodios de frío y calor extremos. "El agua siempre va a buscar su cauce natural. Por eso hay que tener cuidado con los drenajes y con construir en lugares inapropiados. Luego pasa lo que pasa, y lo hemos visto tristemente hace poco", advierte.
La anoxia, la falta de oxígeno en el suelo, se produce cuando todos los poros del perfil edáfico están ocupados por agua e impiden el intercambio de gases necesario para las raíces. Bastida aclara que no es una situación frecuente y que, con las lluvias actuales, "no cree que vaya a darse de forma generalizada".
En definitiva, Bastida insiste en que no estamos ante una situación uniformemente peligrosa. En algunas zonas ya se están produciendo problemas, pero en muchas otras la lluvia está siendo claramente beneficiosa. "Todo dependerá del tipo de suelo, de cómo llueva y de cómo se gestione el territorio en un escenario cada vez más condicionado por el cambio climático".




