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José Carlos Ruiz, filósofo: "La vida pública se ha deshumanizado y ya ni siquiera nos indigna"

El filósofo reflexiona sobre la renuncia de Jacinda Ardern, la cultura de la cancelación y las nuevas formas, cada vez más sutiles, de deshumanización en la política, el trabajo y las relaciones mediadas por la tecnología

Más Platón y menos WhatsApp: Filosofía y Deshumanización

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Madrid

La semana pasada, Jacinda Ardern, ex primera ministra de Nueva Zelanda, concedía una entrevista en El País en la que explicaba por qué decidió abandonar el poder tras seis años al frente del Gobierno: "No tenía energía suficiente para dar lo mejor". En esa misma conversación dejaba una frase que ha resonado con fuerza más allá de la política: "La vida pública se ha deshumanizado".

A partir de esa idea, el filósofo José Carlos Ruiz advierte en La Ventana de un proceso que va mucho más allá de los cargos institucionales. "En política profesional es casi un lujo poder mostrar el lado humano", explica, "pero si lo extrapolamos al espacio público en general, estamos claramente en un proceso de deshumanización".

Cuando la palabra deja de importar

Esa deshumanización, señala, se cuela incluso en el lenguaje cotidiano. Términos como "cancelación" o "blanqueamiento" se han normalizado en el discurso mediático y periodístico. "Son palabras que no deberían tener esa legitimidad", afirma. Y le preocupa especialmente cuando se usan como excusa para no dialogar: "Me duele escuchar a gente de las humanidades decir que no se sienta a hablar con otros para no blanquear su mensaje".

Desde su punto de vista, la historia demuestra justo lo contrario. "Cada vez que se ha reducido la deshumanización y se ha ampliado el terreno de la humanidad, ha sido desde la incomodidad y el combate de ideas". El problema aparece cuando la ideología se coloca por encima de la palabra. "Cuando alguien cree que la palabra no está por encima de su ideología, lo único que hace es deshumanizar. Las ideas son más importantes que las ideologías".

Una deshumanización sin rostro

A diferencia de otras épocas, hoy la deshumanización ya no tiene un enemigo claro. "Antes tenía un rostro: el enemigo, el marginado. Ahora no hablamos de nadie, en concreto", explica. Esa falta de un culpable visible tiene una consecuencia decisiva: deja de provocar indignación. "Cuando no hay villano, solo procesos, la responsabilidad se diluye. Nadie parece responsable y, sin embargo, todos participamos".

Así, la deshumanización se convierte en hábito. "No se ejerce contra alguien, sino a través de nosotros", resume. Y contra los hábitos, advierte, no basta la indignación: hace falta "una atención sostenida", mucho más difícil de mantener.

De la alienación a la etiqueta

Desde la filosofía, José Carlos Ruiz identifica distintas formas históricas de deshumanización. Una de las más claras fue la que denunció Marx con el concepto de alienación: cuando el ser humano es utilizado como medio y no como fin. "El trabajador no solo vende su fuerza de trabajo, vende su tiempo vital. Cada hora es vida que no vuelve".

Hoy, sin embargo, la deshumanización adopta otra forma: la reducción del individuo a una sola categoría. "El facha, el rojo, el verde, el pacifista. Basta con saber 'qué es' para no escucharlo", explica. Es una deshumanización más sofisticada porque se presenta como comprensión, pero destruye la singularidad del otro.

La máquina que siempre responde

En ese contexto, la inteligencia artificial abre una nueva pregunta. Hablar con máquinas no es, en sí mismo, deshumanizante. El riesgo aparece, según el filósofo, en otro lugar. "La IA siempre responde, no exige reciprocidad ni paciencia". Nos acostumbra a ser escuchados sin tener que escuchar.

En las relaciones humanas, recuerda, hablar implica exponerse: al silencio, al error, a la contradicción. La máquina elimina ese riesgo y, por contraste, el otro, el humano que duda y nos incomoda, empieza a parecernos ineficiente o incluso "tóxico".

Ahí, concluye Ruiz, se juega buena parte del desafío contemporáneo: recuperar la atención, la palabra y la incomodidad del diálogo como formas de resistencia frente a una deshumanización que ya no grita.

 

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