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Parques sin niñas y mujeres borradas de la vida pública: Valentina Sinis pone rostro al Afganistán de los talibanes

La fotoperiodista Valentina Sinis es finalista del premio Luis Valtueña por su proyecto ‘Si las mujeres afganas desvelaran sus historias’

Armas nucleares sin control

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El regreso de los talibanes al poder el Afganistán se ha traducido en una pérdida de derechos para las mujeres afganas, contra las que el régimen ha aprobado más de 70 leyes. Las niñas ya no pueden estudiar más allá de sexto grado y las mujeres tienen restringidos el acceso al trabajo, a la atención sanitaria e incluso se les prohíbe, por ejemplo, entrar en los jardines públicos.

A su realidad le ha puesto rostro y nombre la fotoperiodista italiana Valentina Sinis, finalista del premio Luis Valtueña por su proyecto ‘Si las mujeres afganas desvelaran sus historias’. Una de sus fotografías, la de un parque infantil sin niñas, resume muy bien esta realidad. Es un pequeño parque en un alto de la ciudad de Kabul, cuenta la autora, que retrató también desde allí a un grupo de talibanes mirando hacia la capital. “En ese parque no hay niñas porque, probablemente, hay una gran presencia de esos talibanes por allí y los familiares no permiten que las niñas estén cerca de ellos”, explica.

Un grupo de niñas está sentado en un aula de escuela primaria. Valentina Sinis.

Un grupo de niñas está sentado en un aula de escuela primaria. Valentina Sinis.

Un grupo de niñas está sentado en un aula de escuela primaria. Valentina Sinis.

Un grupo de niñas está sentado en un aula de escuela primaria. Valentina Sinis.

Sinis ha compartido momentos de la vida íntima de varias mujeres y ha podido comprobar que la presión de los talibanes afecta a todo lo relacionado con su vida pública y personal. “A muchas familias les encantaría que sus hijas, sus esposas y hermanas estudiaran y trabajaran, especialmente porque actualmente la economía de Afganistán está muy mal. Necesitan que esas mujeres trabajen y aporten dinero a las familias, pero los talibanes les asustan mucho”, cuenta.

Un grupo de mujeres trabaja en un taller tradicional de repostería en Kabul. Valentina Sinis.

Un grupo de mujeres trabaja en un taller tradicional de repostería en Kabul. Valentina Sinis.

Un grupo de mujeres trabaja en un taller tradicional de repostería en Kabul. Valentina Sinis.

Un grupo de mujeres trabaja en un taller tradicional de repostería en Kabul. Valentina Sinis.

El miedo hace que en la mayoría de los casos no las dejan salir solas por la calle. “No quieren que los talibanes las detengan, las interroguen y que eso pueda afectar a otros miembros de la familia”. Además, la prohibición de estudiar les impide acceder a un trabajo al que, en cualquier caso, les es casi imposible aspirar por la prohibición de estar en la misma habitación que los hombres. Las nuevas normas han hecho que muchas mujeres profesionales cualificadas hayan perdido sus empleos. Se les reservan los trabajos considerados “para mujeres”, como la ginecología, estadística o la panadería.

Una doctora se lava las manos en la unidad neonatal intensiva. Valentina Sinis.

Una doctora se lava las manos en la unidad neonatal intensiva. Valentina Sinis.

Una doctora se lava las manos en la unidad neonatal intensiva. Valentina Sinis.

Una doctora se lava las manos en la unidad neonatal intensiva. Valentina Sinis.

La presión social para cumplir con las leyes de los talibanes también es muy alta. Una de las mujeres a las que Sinis conoció era una profesora universitaria que perdió su trabajo porque los talibanes no la dejaron volver a enseñar. Su familia, que antes la apoyaba, dejó de hacerlo. El miedo a tener problemas con las autoridades está extendido hasta tal punto que, cuando la fotógrafa aceptó la invitación de cinco hermanas para tomar café, su padre de 90 años las acompañó para que no recorrieran la ciudad solas.

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La promesa de Occidente de liberar a las mujeres afganas de la opresión talibán queda ya muy lejos. Sinis asegura que es en Kabul donde más se puede ver la presencia de Occidente. “Detrás de mi casa de huéspedes había cuatro pisos abarrotados de gente de otros países. En sus casas podías encontrar desde Nutella a cualquier tipo de leche de Avena”, recuerda. Occidente está presente en esos productos y hay cierta costumbre a lo extranjero. Todavía guardan la esperanza de recibir ayuda.

“Ellas se acuerdan de Occidente, pero no estoy segura de que Occidente se acuerde de ellas”, lamenta Sinis. Cree que las mujeres afganas se sienten traicionadas, suponiendo que les quede tiempo para pensar en ello, atrapadas como están en esta nueva forma de vida impuesta por los extremistas.

 

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