"Voy por el robot": así es una cirugía de columna vertebral en la sanidad pública española
La SER entra en un quirófano del Hospital Clínico San Carlos donde el equipo del doctor Ignacio Domínguez opera con el robot ExcelsiusGPS de la empresa PRIM

"Voy por el robot": así es una cirugía de columna vertebral en la sanidad pública española
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Francisco, un migrante ecuatoriano que vive y trabaja en Madrid como albañil, sufrió hace un año una "paraplejia súbita". Después de años de cargar peso en la obra, un día se levantó de la cama y se cayó al suelo sin poder andar. Le operaron de urgencia al día siguiente en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid.
En los segundos previos antes de dormirse por la anestesia, Francisco escuchó esta frase: "Voy a por el robot". Cuenta que se imaginó algo del futuro. Y luego se quedó dormido. Pero no era el futuro. Era hoy.
Hay cinco robots ExcelsiusGPS de la empresa PRIM en España. Son, según la web de la empresa, "brazos robóticos combinados con un sistema de navegación 3D que permiten una enorme precisión en las operaciones de cirugía espinal".
En una operación muy delicada, cerca de la médula y de puntos muy sensibles de nuestro cuerpo, estos robots consiguen casi el 100% de precisión en la colocación de los tornillos y otras piezas. Para entender cómo funciona uno de ellos, el doctor Ignacio Domínguez, jefe de la unidad de columna del Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Nos ha invitado a presenciar en primera línea una de las operaciones de su equipo, que también es el que operó a Francisco. "Yo me había quedado como un muñeco", cuenta. "No podía ni moverme y les doy gracias por la caridad que han tenido conmigo. A los médicos y su robótica", dice, ilusionado. Francisco nos enseña la enorme cicatriz que tiene en la espalda.
"Ahora van detrás de mí todos los chatarreros por todo lo que tengo aquí metido", bromea. Son tornillos e implantes de titanio que pueden valer más de 20.000 euros y que le han permitido volver a caminar.

Ocho de la mañana, Clínico San Carlos (Madrid)
Es una mañana lluviosa. Llegamos al hospital madrileño y nos recibe Carlos, del equipo de comunicación que ha facilitado nuestra presencia en la operación. Nos guía a través de los laberínticos pasillos del centro hasta llegar a la zona de traumatología.
Allí nos presenta a Nacho Domínguez Esteban, doctor de ojos azules muy penetrantes que a sus 66 años es todo un referente en cirugía de columna vertebral con 30 años de experiencia. Y además es un divulgador nato. Nos enseña la radiografía de la columna de la paciente que van a operar. Y para explicarla nos hace una pregunta: "¿Tú has comido alguna vez rabo de toro?" La explicación es que "eso es casi igual que la vértebra que vamos a operar, para que entiendas la forma que tiene". Tomo estas notas de lo que me explica:
- Agujero del centro → conducto vertebral
- Anillo de color blanco → hueso de la vértebra
- Capa gelatinosa → cartílago
- Hilos → tendones y ligamentos
"Ahí, en esa pequeña mancha blanca, es donde vamos a poner los tornillos para recomponer la espalda de la paciente", dice con sencillez el doctor mientras toca la pantalla. A su lado está la doctora Carrascosa, joven neurocirujana de su equipo. Nos explica el caso de Francisco, el albañil.
"El paciente sufrió lo que se llama una paraplejia súbita. Tenía una infección en la columna. Tuvimos que retirarle dos vértebras y solucionar el problema que estaba comprimiendo su médula", explica. Nos habla de un concepto desconocido para nosotros: "Le implantamos un sustituto vertebral" con el robot.
Ocho y media de la mañana: radiografías
Le pregunto a la doctora Carrascosa qué es un "sustituto vertical". Me explica que "además de los tornillos, para sujetar toda la estructura vertebral dañada", al paciente se le implanta una pieza metálica en la columna para "reemplazar total o parcialmente un cuerpo vertebral que ha tenido que ser retirado debido a fracturas graves, tumores, infecciones (como el caso de Francisco) deformidades o degeneración severa.
"Es una pieza hueca, cilíndrica o en forma de jaula, hecha de titanio o aleaciones de titanio", explica el doctor Domínguez, "que se coloca en el lugar de la vértebra que hemos sacado y evita que la columna se hunda tras retirarla". Hace que el paciente no se caiga, resume el doctor. Es una especie de “andamio” entre la vértebra de arriba y la de abajo que se rellena con hueso del propio paciente o con biomateriales para que el hueso crezca de nuevo a través del implante.
Nueve y media de la mañana: empieza la operación
Antes de entrar, Carrascosa y Domínguez no están nerviosos. "Mucha responsabilidad, pero intento que no se me note", dice él. "Es como si te pregunto si estás nervioso cuando sales por la radio", dice ella, "es nuestro trabajo, lo sabemos hacer y vamos a hacerlo". Están los dos ante una delicadísima intervención de columna y cuando entramos en la zona de quirófano vemos al resto del equipo: cirujanos ortopédicos, enfermeras, médicos fisiólogos para vigilar las constantes vitales del paciente, un técnico de rayos, un ingeniero para el robot... una veintena de personas en total.
Al entrar, nos encontramos a Eduardo y Rafael, dos cirujanos ortopédicos lavándose las manos. Es un ritual. "Uñas, dedos, palmas, muñecas, antebrazo, codo", dice uno de ellos. "Y luego cerrar el grifo con el codo", bromea. También se están poniendo unas gafas especiales. Con lupas que aumentan su visión de cerca y con linternas.
Mientras nos vestimos (gorro, bata, delantal de plomo para los rayos, zapatillas y mascarilla) nos encontramos con una de las celadoras que trae a los pacientes a la operación. Se llama Puri y nos cuenta que muchos pacientes vienen "muy asustados, sobre todo cuando se separan de las familias y sienten que no van a volver". Cuenta que "los pacientes no son sacos de patatas, que son personas y que hay que animarlos en el trayecto en camilla, hablarles, preguntarles cómo están, si tienen hijos o nietos... darles conversación para que lleguen más tranquilos".
Diez y media: martillazos para que el robot sepa dónde está el paciente
Al entrar al quirófano, el doctor nos hace una advertencia: "No se puede tocar nada, cualquier cosa que toques puede contaminar al paciente y es un riesgo que no podemos correr. Te echará la bronca la enfermera Laura, que es la que tiene que velar por que todo esté lo más estéril posible".
Tras unos segundos de rayos X para comprobar que la imagen que tiene el robot —donde se ha planificado la operación— y la del paciente en tiempo real coinciden, empieza la operación. Alrededor de la paciente, que está tumbada boca abajo, están los cirujanos y el robot.
El doctor Domínguez nos enseña en la pantalla la "programación" que han hecho los cirujanos junto con la máquina: "Tiene una precisión milimétrica, nos dice exactamente dónde hay que colocar cada cosa. Yo sé hacer esta operación sin el robot. De hecho, la he hecho sin robot muchas veces, pero esta máquina nos iguala a todos, al que tiene 30 años de experiencia y al que tiene 10. Es un seguro de vida para los pacientes porque no comete fallos ni se cansa, está ahí todo el rato pum, pum, pum".
Nos explica que una operación como esta puede durar 6 horas y los nervios y el pulso del doctor se van resintiendo con la complicada labor de introducir tornillos e implantes. La máquina nunca se cansa, siempre señala el sitio preciso, sin fallar ni un milímetro.
El siguiente paso nos impresiona: se oyen martillazos.
¿Son martillazos?, pregunto. Y el doctor asiente y me dice: "Mira ahí". Uno de los cirujanos está clavando, directamente al hueso del paciente, "las balizas de la operación". Son unos sensores de color gris para que el robot "entienda dónde está el paciente". El GPS de nuestro coche funciona porque triangula nuestra señal sobre un mapa. El robot necesita triangular el cuerpo y las vértebras del paciente en el mapa que ha diseñado junto a los cirujanos.
Y, a partir de ahí, para meter tornillos e implante, "hay que fijarse en el código de luces". Nos lo explica el ingeniero de la empresa PRIM que gestiona el robot durante la operación: "Si ves en la pantalla el color verde, es que estás justo donde tienes que estar, si ves amarillo implica ojo, cuidado. Si ves rojo significa... para inmediatamente.
Once y media: vale lo que cuesta
El robot es "ultra-preciso" pero también ultra-caro. ¿O no? El doctor hace esta reflexión: "Vale un millón de euros, pero creo que vale cada euro que cuesta. Primero, porque es seguridad para el paciente; segundo, porque hace que nuestro trabajo sea mucho más preciso, pero además... ¿Tú sabes lo que se ahorra en postoperatorios, en la atención sanitaria que hay que dar después? La incisión que hay que hacer es mucho más pequeña, los riesgos que asumimos son mucho menores, la recuperación de esta operación es mucho más sencilla". En dos o tres años, calcula, se recupera la inversión en "ahorros sanitarios" que son mucho menos tangibles.
Mientras me explica esto, se oye el primer taladro. En el punto exacto donde ha marcado el robot, "están metiendo los tornillos", explica. "Cuando este proceso era a mano, ponía a prueba al mejor cirujano", pero, ahora, cuentan con una ayuda enorme.
Pero no todo está en manos del robot. ¿verdad? Es la pregunta que le hago a Fernando Marco, jefe del servicio de Cirugía Ortopédica del hospital Clínico. La respuesta es que no. Que la presencia humana —esa veintena de profesionales de la que estamos hablando— es fundamental. Marco dice: "El robot no deja hacer nada que no esté en la programación que ha hecho con los cirujanos. Pero los cirujanos siguen teniendo la última palabra y pueden decidir hasta el último momento qué hacer".
Casi la una. El implante, un "hueso" que crece
La sala es pequeña y está llena de movimiento. Llevamos horas dentro, sin salir y al mirar el reloj vemos cómo el tiempo se ha acelerado. Todo el tiempo hay algo que mirar, algún sonido que grabar, algún movimiento que nos pone alerta. La concentración del equipo es máxima. Hablan con frases cortas. Siempre con muchísimo respeto. Los cirujanos van pidiendo instrumental a las enfermeras. Poco a poco nos vamos familiarizando con algunos términos que suenan casi a ferretería: escoplo, broca... Pero falta la parte fundamental: ¿Alguien se acuerda de que al principio la cirujana Carrascosa y el doctor Domínguez nos hablaron del "sustituto vertebral"?
Pues ahora lo van a meter. Nos lo enseña Laura, una de las enfermeras. Es una pequeña caja que, usando un enorme destornillador, se expande y se abre cuando ya está metida dentro del cuerpo del paciente. "¿Ves cómo se va abriendo?", dice mientras gira el destornillador. El último paso es colocarlo en el hueco que han dejado la vértebras extraídas para que genere un nuevo "hueso artificial".
Y es que, si todo lo que hemos contado hasta ahora es realmente alucinante (el robot, los martillazos, el taladro...) el último paso es lo más: Esa "caja Inter-somática" de apenas milímetros se abre y dentro lleva... hueso del propio paciente, células madre o algún tipo de compuesto que "induce la formación de un nuevo hueso alrededor del implante".
Entre martillazos, taladros, huesos que crecen del titanio... casi 6 horas después, va terminando la operación: Un cirujano con 30 años de experiencia, una veintena de personas, un robot que vale 1 millón de euros. 25.000 euros en titanio para que pacientes como Francisco puedan volver a andar después de una infección o un problema de columna que era letal para sus vidas.

Javier Ruiz Martínez
Redactor de temas de sociedad, ciencia e innovación en la SER. Trabajo en el mejor trabajo del mundo:...




