La Berlinale acierta en su inauguración con la estupenda 'No good men', una comedia romántica en medio del control talibán
La directora y actriz Shahrbanoo Sadat sorprende con una historia divertida, romántica y política que cuenta el amor entre una cámara de televisión y el periodista estrella

Berlín
Por mucho que se haya refutado a Theodor Adorno y sus teorías sobre uniformidad cultural y teoría de masas , lo cierto es que la penetración de la cultura anglosajona es más grande de lo que pensamos. Así ha ocurrido en esta nueva edición de la Berlinale, que empieza este jueves, y de la que toda la crítica ya ha convenido, antes de su inicio, que iba a ser más floja que otros años, a juzgar por los títulos seleccionados, mucho más independientes que en otras ediciones, con directores y directoras desconocidos y con menos películas en inglés. Veremos cómo trascurre el festival y si esos augurios se cumplen o si son meros prejuicios.
De momento tenemos que señalar que la película de inauguración ha sido una elección estupenda y una grata sorpresa. No good men, la ópera prima de la directora iraní Shahrbanoo Sadat, hija de refugiados afganos, es una excelente comedia romántica con un poso dramático marcado por el contexto del film: la toma del poder de Afganistán porte de los talibanes.
Una ópera prima de una directora que consigue que la mezcla entre romance, política y humor encaje a la perfección, sin salirse de esa etiqueta del cinema verité. Algo que no habíamos visto antes en el cine afgano, más cercano, al menos aquel que llega a los festivales, al realismo sucio para contar la violencia que ha sufrido el país en las últimas décadas. A veces el tono es demasiado cercano al telefilme, pero es algo buscado por la directora que juega con ese género para acercar una realidad al espectador occidental.
No good men es la historia de una mujer, que trabaja como cámara de una cadena de televisión de Kabul. Se acaba de separar, aunque no se atreve a pedir el divorcio a su marido infiel por miedo a perder la custodia de su hijo de tres años. En su nuevo puesto le asignan acompañar al periodista estrella de la cadena, un tipo con fuentes en la policía, en el gobierno, capaz de sacar exclusivas, de hacer buen periodismo crítico con el gobierno y hasta de tratarla bien, no como el resto de compañeros que todavía recelan de una mujer en un puesto tradicionalmente ocupado por hombres.

fotograma de NO good men

fotograma de NO good men
La película se ambienta antes de 2021, ese momento fatídico en el que primero salieron las tropas americanas del país, en mayo, y después, en agosto, los talibanes ocuparon el gobierno, llevando a muchos ciudadanos al exilio. Sin embargo, la directora es crítica también con la democracia, con el gobierno anterior al régimen tribal que no protegía los derechos de las mujeres y que tampoco supo romper con la corrupción. Ese ambiente político de todo un país en un momento de cambio, lo cuenta a través de la historia de amor entre ambos periodistas desde el día a día de su trabajo, grabando sucesos, entrevistando a mujeres en el mercado o grabando entrevistas. Es así como descubrimos la realidad del país: los casos de violaciones grupales, la situación de las mujeres dentro de su familia, pues muchas de ellas han sido casadas a la fuerza, la violencia machista. Pero también cómo se relacionan las mujeres jóvenes, como se vive, como son los restaurantes, como se come o como se compra en los mercados. Decía Fernando Trueba que nada mejor que una película para descubrirnos la intimidad real de un país que no es lejano y No good men es un gran ejemplo de ello. La directora evita el dramatismo exacerbado, a pesar de los graves actos que muestra, como el atentado contra los periodista de esa televisión afgana, algo que ocurrió en realidad y a cuyas víctimas la directora dedica el filme.
"Mi vida no es un drama de guerra todos los días. Hay mucho humor y mucha comedia", decía la directora que cuenta cómo es vivir y sobrevivir en un país hostil, pero donde la vida continúa. "Afganistán también es como el resto del mundo, así que decidí que quería hacer una comedia romántica'". En ella rinde homenaje a esos hombres y mujeres que encuentran la forma de seguir adelante a pesar de la violencia y la represión política. De hecho, un punto interesante del guion es el enfrentamiento entre dos miradas y dos generaciones. La protagonista es más joven que el periodista del que se enamora y, por tanto, tienen miradas hacia el futuro diferentes. Ella piensa que hay que decir las cosas, quejarse de las diferencias de trato a las mujeres y tratar de ir cambiando las normas con pequeños actos. Él considera que el país es así y nada va a cambiar, que es mejor sobrevivir en los pocos resquicios que quedan. Como un Quijote y un Sancho Panza, los dos aprenden el uno del otro.
La película tiene dos escenas que sorprenden en el cine afgano. Primero, en la que una amiga que viene de Estados Unidos le trae un vibrador para celebrar su separación, que acaba con las risas de las amigas en medio de la redacción. También el beso entre los protagonistas es inédito, un beso apasionado, libre, consentido y bello que muestra el amor entre ambos y la posibilidad de que haya otro futuro posible con o sin talibanes. La directora confiaba en que si hay censura, los afganos y las afganas puedan verla en Tik Tok.
La historia de la cineasta es curiosa, hija de refugiados afganos, nació en Irán, aunque después se trasladó a una zona rural de Afganistán. Cuenta que llegó al cine por casualidad, pues en realidad quería haberse matriculado en física. Consiguió escapar de un matrimonio concertado y se ha convertido en actriz y cineasta que ha presentado sus dos películas anteriores, Wolf and Sheep (2016) y The Orphanage (2019), en la Quincena de Realizadores de Cannes. Ella misma escapó de Kabul ante la llegada talibán y fue en Alemania donde ha podido levantar y rodar el filme. Con la comunidad afgana de Berlín y de Hamburgo ha rodado una película reconstruyendo un Kabul que ya no existe gracias a un cuidado diseño de producción. Los platós de la televisión afgana se han rodado en los viejos platós de la Stasi en la capital alemana.
No good men es una coproducción cuyo título juega con esa idea de si puede haber algún hombre bueno, a pesar de haber sido educado en un patriarcado violento y controlador, y en una sociedad donde la realidad tribal conservadora es muy potente. Un homenaje a esos hombres que están dispuestos a cambiar y a ceder sus privilegios. Algo importante, porque los hombres necesitan también modelos distintos a los que han visto en casa. Es una frase de la película y es una necesidad de la sociedad, no solo de la afgana.

Pepa Blanes
Es jefa de Cultura de la Cadena SER. Licenciada en Periodismo por la UCM y Máster en Análisis Sociocultural...




