Conflictos internacionales en primer plano: así son los cortometrajes documentales nominados a los Goya
Los cinco nominados al Goya a mejor cortometraje documental conforman una panorámica de un mundo globalizado que nos atañe como sociedad

Los cortometrajes documentales de los Goya 2026 / Academia de cine

Madrid
La carrera hacia los Premios Goya 2026 está cada vez más cerca de finalizar, y si algo ha quedado claro esta edición es que el cine sirve de reflejo de los problemas sociales actuales. En esta edición la categoría de mejor cortometraje documental destaca por una coincidencia reveladora: solo uno de los cinco nominados está rodado en España.
Y es que las obras seleccionadas funcionan como una especie de mapa de las problemáticas internacionales contemporáneas. Desde la lucha de mujeres desminadoras en el Sáhara Occidental, hasta los centros de deportación daneses, pasando por el impacto de la industria petrolera en el Amazonas, el machismo en los pueblos y la fe, todas las obras ponen el foco en temas reales y actuales.
En conjunto, la selección confirma que el cortometraje es un espacio de experimentación narrativa y de denuncia. Un cine de mirada internacional que, en el fondo, habla de un mismo tema. La humanidad.
‘Disonancia’: la lucha de las mujeres desminadoras en el Sáhara
El primero de los títulos es ‘Disonancia’, dirigido por Raquel Larrosa, que sigue a un grupo de mujeres saharauis dedicadas a desactivar minas antipersona en los campamentos de refugiados del Sáhara Occidental.
El cortometraje destaca por su pulso narrativo y su tono sobrio, que funciona precisamente porque no necesita dramatizar lo que ya es dramático. Además, el protagonismo femenino es una declaración sobre cómo se redistribuye la supervivencia en contextos de guerra prolongada, donde son las propias comunidades -especialmente las mujeres- quienes sostienen el futuro.
La dimensión crítica es, también, inevitable. España aparece como un actor ausente, pese a su responsabilidad histórica en el territorio, algo que Larrosa subraya. “Nos afecta, claro que nos afecta. España sigue siendo la potencia administradora del territorio y, ahora mismo, con el cambio internacional en el que se apoya el plan de soberanía de Marruecos, historias como esta son la resistencia para estas personas que normalmente no tienen”, defiende la directora.
La cineasta también señala que el objetivo del corto no es únicamente visibilizar el conflicto, sino aportar un enfoque distinto dentro de una realidad compleja y poco conocida. “Nosotros hacemos películas pensando en que a la gente le llegue, no solo a las personas, sino también a los festivales, a las plataformas como los Goya, que al final va a ayudar a que esta historia llegue a más gente”, explica. Y añade: “No solo a la que no conoce el conflicto, que es mucha, sino que a la que lo conoce también. Creo que esta historia revela otro punto de vista diferente dentro de los tantos que hay en un conflicto tan grande”.
El rodaje, además, no estuvo exento de dificultades logísticas. “Acceder allí, simplemente el viaje, llegar, es una aventura”, resume Rafael Linares, productor de la película, acentuando la precariedad y el aislamiento en el que se desarrolla una historia que, sin embargo, sigue conectada con el presente político español y europeo.
‘El santo: la memoria como construcción espiritual
En ‘El santo’, el cineasta Carlo D’Ursi aborda la figura de su abuelo, un médico rural italiano que, tras su muerte, es recordado por los habitantes del pueblo como un santo.
El documental, uno de los menos urgentes en términos políticos pero de los más reflexivos de la lista, parte de un detonante personal que D’Ursi no olvida: “Hace 15 años un hombre del pueblo de mi madre se tiró al suelo, me miró a los ojos, empezó a llorar y dijo que en mis ojos veía los ojos de El Santo”. A partir de ese episodio, el director italiano empezó a investigar. “Pregunté a mi madre y me dijo: sí, dicen que tu abuelo hacía milagros”, recuerda.
Ese punto de partida, sin embargo, no se traduce en una búsqueda mística ni en una confirmación milagrosa. D’Ursi reconoce que el proceso cambió el sentido del proyecto: “Comencé este cortometraje con la idea de descubrir si estos milagros eran verdad o no, pero en realidad me di cuenta de que los milagros reales son la bondad y las cosas cotidianas”.
El corto se mueve así entre el retrato familiar y la reflexión social, analizando cómo una comunidad fabrica símbolos, cómo la fe se mezcla con la necesidad de relato y cómo un individuo puede convertirse en mito por la memoria que otros proyectan sobre él. De hecho, el cineasta reivindica el cortometraje como un formato idóneo para este tipo de exploraciones: “El formato corto proporciona una posibilidad de explorar distinta, no tener que regirse por las ópticas de mercado, y al mismo tiempo tenemos la posibilidad de hacer historias que puedan seguir estructuras más anómalas, más distintas”.
El mensaje final, según el director, es más sencillo que trascendental: “Los milagros sí existen, y los podemos lograr todos los días haciendo el bien a los demás”. Una conclusión que desplaza el interés del corto desde la pregunta de si hubo milagros reales hacia otra más relevante: qué necesita creer una comunidad para sostenerse y cómo, muchas veces, la bondad se convierte en un relato religioso.
‘La conversación que nunca tuvimos’: el machismo estructural en los pueblos españoles
‘La conversación que nunca tuvimos’, de Cristina Urgel, es el único corto rodado en España y quizá el más directamente conectado con debates actuales sobre feminismo y memoria. La directora reconstruye la historia de su abuela, madre soltera en un pueblo de Soria, en un contexto donde esa condición era una forma de exclusión social permanente.
Urgel subraya que el objetivo del corto no es mirar al pasado con nostalgia, como muchos hacen, sino utilizarlo como advertencia. “Indudablemente hemos avanzado muchísimo, pero todavía quedan muchas cosas por hacer por las mujeres. Y, sobre todo, no debemos olvidar de dónde venimos, porque un pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo”, afirma. En ese sentido, insiste en la importancia de rescatar estos relatos: “Homenajear a estas mujeres es muy importante porque esto no ocurrió hace tantos años”.
El documental resulta relevante porque evita tratar el machismo como una simple “mentalidad de otra época” y lo expone como un sistema social organizado basado en el control de la reputación, la culpa y el castigo comunitario. Urgel advierte que esa lógica no ha desaparecido del todo: “Hace poco en una proyección en Soria, se me acercó una chica bastante joven y me dijo que ella era de un pueblo cerca del mío y que su mejor amiga, que había sido madre soltera, seguía aguantando porras de quién era el padre, mofas y bullying”, cuenta. “Sigue habiendo comentarios y es triste que se haga por eso, sobre todo porque hay hijos que también lo sufren”.
Además, el corto cuestiona el relato complaciente sobre la España rural, a menudo idealizada desde la nostalgia o el discurso turístico. Aquí, el pueblo es una comunidad donde el control social pesa más que la empatía y donde “lo tradicional” se sostiene muchas veces a costa de la libertad de las mujeres.
En ese sentido, Urgel defiende que el documental funciona también como una reparación simbólica. “Son historias silenciadas. La sociedad luego ya las aceptó, como decía mi abuela, ahora todo está bien visto”, comenta. Y añade: “Esas mujeres que lucharon por sus hijos en una sociedad que las señalaba y las llamaba “putas” solo por ser madres solteras. Este es el homenaje a todas esas madres solteras cuyas historias han sido silenciadas y que, como sociedad, les debemos muchísimo”.
‘The painter’s room’: Europa y la hipocresía institucional sobre migración
En ‘The painter’s room’, dirigido por María Colomer, el foco está en una realidad menos conocida: los centros de deportación daneses, espacios donde personas migrantes viven atrapadas en un limbo legal que funciona como un auténtico castigo. No son cárceles oficiales, pero operan con una lógica similar a través del aislamiento, la incertidumbre y el control.
Colomer explica que su intención principal es romper esa invisibilidad. “Que los espectadores se acuerden de la gente que vive en estos centros, que tengan curiosidad y que piensen en profundidad sobre lo que significa tener un centro de deportación”, comenta la directora.
El cortometraje sigue a un joven culturista iraní y a un hombre kurdo apasionado por la pintura, dos perfiles que rompen el estereotipo del migrante como figura homogénea. Ahí se encuentra uno de sus mayores aciertos, presentar personas concretas, no categorías abstractas. A través de sus historias, retrata de manera cruda cómo los países europeos sostienen un discurso humanitario mientras diseñan sistemas administrativos que desgastan psicológicamente al migrante y convierten una espera casi eterna en una forma de violencia.
En ese sentido, Colomer reivindica el cine como herramienta para acercar realidades deliberadamente apartadas. “Todas las profesiones tienen un papel importante, pero con el cine podemos acercar historias que en general no podemos ver”, sostiene. “Los centros de deportación están fuera de las ciudades, en zonas donde no hay otra gente viviendo y, con el cine, hay una manera de ver una realidad que nos aparta pero que, en realidad, no está tan lejos de nosotros”, comenta la directora.
‘Zona WAO’: extracción de petróleo en el Amazonas y responsabilidad compartida
El quinto nominado es ‘Zona WAO’, de la cineasta vasca Nagore Eceiza, centrado en los impactos ambientales y sanitarios de la extracción petrolera en el Amazonas ecuatoriano en sus comunidades indígenas. Sin embargo, el corto no plantea únicamente la premisa “una petrolera destruye una región”, sino un sistema económico entero basado en sacrificar territorios periféricos para sostener el bienestar energético de los grandes centros urbanos del mundo.
Eceiza introduce, además, un componente poco habitual en el cine: el contacto con comunidades indígenas que han intentado mantenerse al margen del mundo exterior. “He entrevistado a mujeres tagaeri y taromenane, que pertenecen a un pueblo que ha decidido vivir sin contacto”, explica. Según la directora, esas mujeres le relataron cómo fue su primer encuentro con la industria petrolera: “Me contaron cómo vieron por primera vez los aviones de los colonos petroleros, que les lanzaban pucheros, candelas, espejos… cosas que en nuestra civilización son comunes”.
La cineasta insiste en el choque cultural y en el contraste entre dos formas de habitar el territorio, una basada en la extracción y otra en el conocimiento ancestral y espiritual. “Ellas han vivido sin nada, con esa alquimia que les ha enseñado la naturaleza. Compartir momentos en la selva con personas con tanto conocimiento de lo que les aporta, esa forma de vivir en la naturaleza que nosotros vamos a perder es una de las cosas que más me ha marcado”, señala.
El documental, además, apela directamente a que el espectador traslade esa realidad a una pregunta concreta: cuál es su papel en la cadena económica que permite la devastación. “La película invita a una reflexión posterior. Desde nuestra pequeña capacidad como personas de la calle, ante esta invasión o estos intereses políticos, la manera que tenemos de afrontarlos es a través del bolsillo. Ser consecuentes con las marcas en las que gastamos el dinero es una forma de poner la economía como arma. Es una buena reflexión abordar esta política económica tan bestia desde nuestro propio consumo”, afirma.
En conjunto, estos cinco cortos comparten algo más que su internacionalidad. Son cinco títulos que conforman una panorámica del mundo, cada vez más globalizado, y que nos atañen como sociedad. Historias donde la violencia es estructural, y, quizá, ahí está la conclusión más clara de la categoría: el cine documental español ya no está interesado en, simplemente, contar sucesos. Está interesado en señalar mecanismos.




