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La película favorita de los yuppies en los años 80

Se cumplen 40 años del estreno de Nueve semanas y media, la película que protagonizaron Kim Basinger y Mickey Rourke y que dirigió el británico Adrian Lyne

Quizá hoy en día ya no lo sea tanto, pero hubo un tiempo que la canción de Joe Cocker You Can Leave Your Hat On era sinónimo de striptease y sensualidad; el tema que siempre sonaba en cualquier espectáculo con pretensiones eróticas; despedidas de soltero; fiestas de empresa subidas de tono o eventos discotequeros sexys. Sin ir más lejos, en versión de Tom Jones, era la canción que elegían los chicos de Full Monty para su gran número final.

En los juegos eróticos que mostraba la película, Mickey Rourke siempre llevaba la batuta, pero en un momento dado Kim Basinger tomaba las riendas y se marcaba un striptease antológico en la que acabaría siendo la escena más famosa de la película. Un striptease repleto de contraluces, con la actriz contoneándose detrás de una persiana, jugando con el cable del teléfono o apoyándose en una silla para desprenderse de las medias. En la escena solo había un error porque Kim no llevaba sombrero que, según decía la canción, era lo único que podía dejarse puesto.

Hay que reconocer que Nueve semanas y media no es precisamente una gran película, pero sí que tuvo una importante influencia social y cultural en su momento. Fue, por ejemplo, uno de los paradigmas de los yuppies ochenteros en el cine. Influyó en la moda y en la estética y también en los comportamientos domésticos y hábitos sexuales de la gente. Seguro que hay más de uno y una que han practicado alguna vez el jueguecito del hielo en el ombligo o el número de los ojos vendados; los trocitos de fruta; el tarro de miel…

Nueve semanas y media se basaba en el libro homónimo de Elizabeth McNeill, seudónimo tras el que se ocultaba la periodista Ingeborg Day, aunque este hecho no se conocería hasta después de su muerte en 2011. El libro se basaba en sus propias experiencias. McNeill contaba su relación fugaz con un hombre que la puso al borde del desequilibrio, hasta el punto de acabar en un ingreso psiquiátrico. En su relato, el típico esquema “chico conoce a chica” se convertía en “chico somete a chica” cuando la relación, que empezaba como algo excitante, se iba convirtiendo poco a poco en algo atemorizante y peligroso.

Nueve semanas y media, la película, era básicamente eso, el relato de los juegos eróticos que mantenían la galerista de arte Kim Basinger y el misterioso yuppie Mickey Rourke. Los juegos iban subiendo poco a poco de intensidad hasta desembocar en un cierto sadomasoquismo light. La película mostraba un erotismo suave, sin apenas desnudos, y todo ello contado con el estilo peculiar del director Adrian Lyne, que había triunfado previamente con Flashdance. Una estética almibarada cercana a los anuncios publicitarios y al videoclip. Ni que decir tiene que la película era mucho menos salvaje que el libro, pero sí recogía en esencia el proceso de degradación que sufría la protagonista. El hombre se iba volviendo cada vez más demandante y dominante, traspasando la frontera del juego para caer en el abuso. Finalmente, al sentirse completamente anulada, ella reaccionaba. “Adrian Lyne cogió el tema de la sensualidad y las obsesiones que puede generar y no se limitó solo a mostrar escenas de sexo sin más, sino que se centró en el aspecto mental que hay detrás. Además, había un estilo, una línea continua. Realmente construyó una película inteligente”, decía Mickey Rourke.

Mickey Rourke era en 1984 lo que en Estados Unidos llaman “The next big thing”, el actor que parecía que iba a comérselo todo. Había destacado en películas como La ley de la calle de Francis Ford Coppola o Manhattan Sur de Michael Cimino, y el director Adrian Lyne no dudó en apostar por él. Para el papel de la chica, en cambio, hubo más problemas. Jacqueline Bisset, la favorita del director, rechazó hacer la película ya que le preocupaba llegar tan lejos delante de una cámara. Kathleen Turner o Isabella Rossellini tampoco aceptaron. Y en estas llegó Kim Basinger. En su currículum apenas había un papel de chica Bond en Nunca digas nunca jamás y una portada en la revista Playboy. Aquella era su oportunidad de acceder a un papel protagonista. En la audición, sin que ella hubiera leído nada del guion, Lyne le hizo hacer la escena en la que Mickey tiraba dinero al suelo y ella debía gatear para ir recogiéndolo. La actriz se sintió humillada y maltratada y acabó gritando y llorando. Se fue de allí destrozada, pensando que no le darían el papel. Pero esa noche recibió un ramo de rosas del director y una nota en la que le decía que el papel era suyo. “Resulta que Adrian quería que yo reaccionase exactamente como reaccioné porque el personaje era así. Una mujer que no entraba en el juego, pero ingenua y que era transformada por un hombre en lo que él quería”, explicaba la actriz.

La manipulación del director continuó durante el rodaje. Prohibió a la pareja que hablaran fuera del plató ya que quería que se relacionaran solo con las cámaras rodando. De esta forma, al no conocer a Mickey, Kim sentiría miedo de él como lo sentía su personaje. Lyne daba instrucciones y discutía las escenas solo con Rourke ignorando completamente a Kim Basinger. De esta forma ella se sentía confusa y en inferioridad, tal y como el director quería que actuase. En una ocasión, para lograr el estado de ánimo que deseaba de la actriz antes de rodar, le pidió a Mickey que le gritara y zarandeara sin venir a cuento. Y solo cuando la actriz estaba rabiosa y humillada la cámara empezó a rodar. Un método de motivación actoral bastante discutible que, sin embargo, Mickey Rourke defendía: “Adrian Lyne es muy atrevido, pero a la vez muy inteligente. Cuando trabajas con directores que saben más que tú porque están bien preparados, el trabajo resulta más fácil y consiguen que puedas darle mucho más de lo normal”.

Una vez terminada la película se hicieron algunos pases de prueba ante el público y su reacción fue desastrosa. La gente, indignada, gritaba cosas contra la pantalla o abandonaba la sala. Eso hizo que el estreno se retrasara más de un año y que se eliminaran bastantes escenas. Otras se redujeron drásticamente, como la famosa del hielo, que en realidad iba mucho más allá del ombligo. Finalmente, la película se estrenó en febrero de 1986 y fue un fracaso de público. La crítica también la vapuleó sin piedad. Pero curiosamente en Europa ocurrió lo contrario. Nueve semanas y medias arrasó en las taquillas y se convirtió casi en un fenómeno de masas. “La película logró atrapar la imaginación de la gente en Europa. En París, por ejemplo, se proyectó durante 7 años”, recordaba Adrian Lyne.

Sin embargo, la explosión mundial, incluida en Estados Unidos, llegó con la edición en video doméstico de la película. Fue entonces cuando Nueve semanas y media se convirtió en una fantasía colectiva. Resulta especialmente curioso su éxito en los países de la Europa del Este. Susan Lyne, fundadora y editora de la revista Premiere, explicaba a principios de los años 90 que Nueve semanas y media puso también su granito de arena en la caída del telón de acero. “Probablemente Kim se convirtió en la actriz más popular en la Europa del Este debido a Nueve semanas y media. Estoy segura de que hubo mucha gente que quedó decepcionada después de que cayera el muro de Berlín al comprobar que no todas las mujeres occidentales se parecían a Kim Basinger”, afirmaba.

Así fue, Kim Basinger se convirtió en el sex simbol por excelencia de la década de los 80. Mickey Rourke por su parte también levantaba pasiones. Pero poco después, en sus siguientes películas, El corazón del ángel y El borracho, empezó a afearse y ya nunca más volvió a ser el guaperas de moda. En 1997 el actor participaría en una secuela de la película en la que ya no estaba Kim y que resultó un fracaso. Al igual que una precuela que se lanzó al año siguiente y que solo se editó en video. Y es que una película como Nueve semanas y media solo tenía sentido en una época y en un contexto como fueron los años 80.

 

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