Reparar, mantener, proteger
"Vemos que los fenómenos climatológicos extremos no son algo extraordinario que puede ser tolerable por producirse una vez cada varias décadas, sino que su frecuencia se está incrementando de forma imparable"
Las hojas de las palmeras del paseo de la playa de La Malvarrosa, son agitadas por el fuerte viento, este sábado en Valencia. / Ana Escobar (EFE)
El tren de explosivas borrascas que ahora parece que se despide tras desplegar su furia sobre la península ibérica durante un mes y medio deja un impresionante rastro de destrucción. Pero convendría no confundirse y pensar que se trata de una calamidad de carácter excepcional, ni que es el quinto jinete del Apocalipsis. Más probablemente nos encontramos ante un cambio de paradigma en cuanto a nuestra relación con el clima.
Durante mucho tiempo hemos estado urbanizando el litoral, construyendo carreteras y autopistas, desplegando líneas ferroviarias, edificando urbanizaciones, cultivando campos, extendiendo nuestras ciudades y organizando toda nuestra vida confiados, en definitiva, en un comportamiento del clima que conocíamos más o menos bien. Ahora, en cambio, vemos que los fenómenos climatológicos extremos no son algo extraordinario que puede ser tolerable por producirse una vez cada varias décadas, sino que su frecuencia se está incrementando de forma imparable.
La lección de estas semanas catastróficas —y también ampliando un poco la perspectiva temporal— es que nuestras infraestructuras y nuestra presencia sobre el territorio no están en general preparadas para resistir adecuadamente al cambio climático. Y lo peor es que debemos reconocer que solucionarlo es una tarea que escapa a nuestras posibilidades reales a corto y medio plazo.
En consecuencia, no queda otro remedio que aceptar que estamos abocados de forma inevitable a una época de expectativas limitadas, a una reducción drástica de lo que hasta ahora considerábamos la receta imprescindible del progreso: más carreteras, más trenes, más nuevos edificios.
Con reparar lo que ya tenemos vamos a consumir de largo los recursos públicos disponibles. Solo hay que repasar las imágenes de los daños causados por las últimas borrascas para reconocer que nuestro modelo de vida es mucho más frágil de lo que suponíamos. Esta adaptación realista al nuevo escenario climático afecta por igual a los ciudadanos y a los gobiernos. Por tanto, también a la política, a sus programas y a sus debates.
Reparar, mantener y proteger serán los puntos cardinales del nuevo paradigma. Reconstruir todo lo que ha colapsado o dañado llevará tiempo y grandes presupuestos. Hay infinidad de taludes, vías, carreteras, caminos, pasos a nivel, muros, elementos del mobiliario urbano, edificios públicos y viviendas particulares que deben ser arreglados para poder volver a la normalidad. Y en muchos casos no bastará con devolver todo eso a su estado anterior, porque necesitarán ser rediseñados para hacer frente a la nueva normalidad de lluvias ciclónicas y vientos huracanados (ya veremos cuando llegue el verano con sus incendios y sus olas de calor).
Además, habrá que incrementar necesariamente los programas de mantenimiento con la misma lógica: ya no es suficiente con tapar los agujeros aparecidos en la calzada, sino que hay que asfaltarla con materiales mucho más resistentes. Mantener lo que está construido no será más la hermana menor de los presupuestos, sino una tarea crítica para asegurar la continuidad de los servicios públicos.
Por último, como ni la reparación ni el mantenimiento podrán garantizar de forma suficiente su eficacia contra el clima extremo, la tarea fundamental de todas las administraciones no será otra que la protección de los ciudadanos. Ya se ha visto que, tras la tragedia de la dana de Valencia, hemos aprendido la importancia vital de la prevención y de dar la relevancia y prioridad adecuadas a los sistemas de protección civil, lo que ha impedido que los daños catastróficos en infraestructuras hayan tenido un impacto equivalente en cuanto al número de víctimas.
Nos espera una vida a la defensiva, conscientes de nuestra vulnerabilidad colectiva en unos tiempos en que todo lo que nos parecía imposible se está haciendo realidad.
José Carlos Arnal Losilla
Periodista y escritor. Autor de “Ciudad abierta,...Periodista y escritor. Autor de “Ciudad abierta, ciudad digital” (Ed. Catarata, 2021). Ha trabajado en medios como Heraldo de Aragón, El Día de Aragón, Andalán y Diario 16. Fue director del Parque Científico Tecnológico Aula Dei, impulsor del Centro Etopia y asesor del alcalde de Zaragoza Juan Alberto Belloch y de la ministra Pilar Alegría.