Berlinale 2026 | Nahuel Pérez Biscayart: "No hay genocidio posible si no hay un negacionismo detrás y este festival creo que es un gran ejemplo de eso"
El actor argentino protagoniza la coproducción paraguaya y española 'Narciso', una curiosa propuesta que defiende la disidencia queer y musical

Nahuel Pérez Biscayart presenta 'Narciso' en la Berlinale (Photo by Gerald Matzka/Getty Images) / Gerald Matzka

Berlín
En este preciso momento, donde lo latino parece estar de moda, gracias al auge y la reivindicación de artistas como Bad Bunny en el todopoderoso Estados Unidos, llega a Berlinale una película que supone en sí misma, en su conformación, un punto político bastante interesante en este sentido. Se trata de una coproducción entre varios países en habla hispana que se han juntado para dar forma a una original historia sobre el pasado y el presente. No es la primera vez que hay una coproducción iberoamericana, pero Narciso, ese es el título del filme que se ha presentado en la sección Panorama de Berlinale, reúne a un gran número de países, entre ellos España.
Se trata de la nueva película del cineasta paraguayo Marcelo Martinessi, quien después del éxito de Las herederas se acerca a un músico que se convierte en un símbolo de libertad en Paraguay en 1959, bajo la opresiva dictadura. "Es hermoso tender un puente con la Hermandad Latinoamericana, que si bien la profesamos ideológicamente, hay que pasar a los hechos y a colaborar y trabajar y a producir con los países hermanos. Me pareció muy emocionante vivir un mes en Paraguay y conocer un lugar tan cercano y tan lejano a la vez", decía Nahuel Pérez Biscayart, actor argentino que participa en este filme con un gran reparto internacional, donde también se encuentra la actriz española Mona Martínez y el paraguayo Diro Romero.
"Me encanta que las estructuras se puedan diversificar, no solo en cuanto al idioma, sino en cuanto a estéticas, éticas y maneras de trabajar. Creo debemos abrirnos al sur global, no solo en economías y acuerdos comerciales, sino también en producción, en este caso audiovisual, artística, cultural, que siento que hay una sensibilidad compartida en la periferia que no es central, que se nos escapa muchas veces porque estamos completamente escindidos y atomizados, porque el poder nos quiere separados para poder controlarnos", añadía el actor muy involucrado en tejer relaciones dentro del arte que cambien las dinámicas sociales, como en esta producción, Narciso, cuya historia nos lleva a Paraguay en 1959. Por primera vez, Asunción, la capital, vibra con un ritmo extranjero: el rock and roll, que simboliza la apertura exterior y unos vientos de cambio e ilusión en la ciudad y en el país.
"Usa la estación de radio como como espejo de la sociedad paraguaya para justamente poner en cuestionamiento y en tensión todos esos intereses y esas fricciones de una sociedad que empieza a vivir bajo un régimen autoritario y que duró décadas", habla el actor de 120 Latidos por minuto de esa manera que tiene el filme de abordar la música como metáfora del pulso emocional de una sociedad. Su personaje, señala Pérez Biscayart, es como "un doble filo", porque trae una suerte de progreso con el agua potable, y a la vez trae el rock, como una cultura de otro país.
El director juega con el ritmo de la música que contrasta con el ritmo de la política, en este caso, de la dictadura que ahoga a los ciudadanos en sus normas y su disciplina, donde no cabe la comunidad LGTBIQ. "Ya sabemos que los peores crímenes contra la humanidad empiezan siempre con la estigmatización, la deshumanización y la brutalidad del otro, les otres. Y las dictaduras latinoamericanas estuvieron muy basadas en el enemigo interno". En esta atmósfera, el carismático músico Narciso se convierte en un símbolo de libertad. Su juventud, su cuerpo y su identidad son vistos como una amenaza para los gobernantes. Una historia que sigue vigente, nos decía Pérez Biscayart: "La idea del subversivo, la idea del desviado, la idea del terrorista, para justamente poder categorizar a todo aquel que se oponga a los intereses del centro. Y bueno, y ahí entramos todos, entramos los queer, las latinas, los comunistas, todo aquel que ponga un poco en jaque el statu quo y el sistema de privilegios".
El actor ha venido a Berlinale algo preocupado por el debate que se ha producido en un festival que siempre ha apoyado diversas causas políticas y sociales y que sigue sin condenar el genocidio. "No hay genocidio posible si no hay un negacionismo detrás. Este festival creo que es un gran ejemplo de eso, de cómo se puede negar un genocidio para que el genocidio pueda seguir siendo perpetrado, no solamente por omisión, sino activamente, porque hay gente en este festival que solicita a sus directores que no digan Free Palestine públicamente, o sea que es activamente negacionista", denunciaba el actor sobre algunas de las presiones que los cineastas están recibiendo en esta Berlinale. "No solo imponen el soft power y la autocensura, sino que activamente solicitan que no se pronuncien a favor de Palestina. Lo cual me parece doblemente grave", insiste.
La polémica surgió desde el día de la inauguración aquí en Berlinale, cuando el jurado afirmó que había que separar la política del cine, al ser preguntados por la no condena del Genocidio en Gaza. "Las películas pueden ser políticas, aunque no hablen especialmente de política. Toda película que dispute el poder es política y la disputa de poder puede ser una relación íntima entre dos personas, puede ser la relación con el entorno animal, puede ser la relación con el medio ambiente. Pueden ser muchas cosas, porque la micropolítica de las relaciones es lo que después se traduce en las macropolíticas también: violencia de género, homofobia, transfobia".
¿Puede el cine o el arte cambiar esta forma de pensar, devolvernos al marco de los derechos humanos?, le preguntábamos al actor. "Creo que hay una responsabilidad histórica, cívica, de perder privilegios y no perder humanidad. No sé cuántos están dispuestos a hacerlo. Yo intento que esos valores me guíen en todo, en mis relaciones humanas, íntimas, privadas y también profesionales y públicas", nos respondía, pero se mostraba pesimista. "Es muy difícil pensar en qué películas hacer en esta época", sentenciaba y nos contaba que está diciendo que no a muchos proyectos. "Siento que no me puedo implicar, siento que no tienen impacto y que no están a la altura de la historia. No podemos seguir en este tren ciego del arte por el arte sin realmente reconocer lo que está pasando. Lo que está pasando no son political issues, como dice la directora de este festival, no estamos hablando del precio de la fruta o del último resultado de las elecciones. Estamos hablando de política histórica y de masacres en un país en el cual debería haber aprendido su lección y parece que no lo ha hecho".

Pepa Blanes
Es jefa de Cultura de la Cadena SER. Licenciada en Periodismo por la UCM y Máster en Análisis Sociocultural...




