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José Carlos Ruiz: "El mercado más rentable del siglo XXI es la soledad"

El filósofo advierte de que el deterioro de lo común sustituye cooperación por competencia, debilita la comunidad y convierte derechos compartidos en productos individuales

Más Platón y menos WhatsApp: Lo Común y Filosofía

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Madrid

El debate sobre la recuperación de lo común no es retórico. Parte de una inquietud política y moral que ya señalaba el catedrático Joan Subirats en un reciente artículo en El País: la democracia no puede reducirse al voto.

Desde la filosofía, José Carlos Ruiz va un paso más allá y lanza una advertencia contundente en La Ventana: “Con el deterioro de lo común hay un beneficio enorme para todo aquel o aquella empresa que quiere sustituir la cooperación por la competición”.

La soledad como negocio

Para Ruiz, cuando la comunidad se debilita, cambia también la lógica de los derechos. “En comunidad se exigen derechos; un individuo aislado lo que va a hacer es comprar lo que le den”. Y ahí introduce una idea clave: “El mercado más rentable del siglo XXI es la soledad”.

La desvinculación de lo común obliga al individuo a buscar soluciones en el mercado: procesos de autoayuda, diagnósticos, entretenimiento, consumo constante. Lo que antes era suelo compartido —salud, acompañamiento, sentido de pertenencia— se transforma en servicios adquiribles. Todo se monetiza. Y en ese proceso, lo común se deshilacha.

Lo común como atmósfera

Ruiz define lo común como “ese territorio orgánico donde acontece la vida compartida”. Propone una metáfora: la atmósfera. Es un bien primario, necesario para la convivencia. Si está en equilibrio, pasa desapercibido. Pero cuando se enrarece, la gente se aísla y busca salidas individuales.

Esa atmósfera sostiene la confianza, la educación, el lenguaje compartido, las instituciones que responden cuando algo falla. No es una categoría administrativa, sino una infraestructura moral.

Frente a quienes demonizan lo común desde una mirada exclusivamente productivista, Ruiz detecta un error conceptual: reducir el mundo a la productividad material y considerar que lo común es un freno. “No sé cómo alguien puede sostener que lo común va en contra de lo productivo”, afirma. Sin base compartida no hay innovación, ni economía, ni prosperidad sostenible.

Vulnerabilidad y fragmentación

En un contexto de hiperconectividad y burbujas informativas, el filósofo identifica un elemento que permanece como núcleo de lo común: la vulnerabilidad. Es el espacio que nos une. Enfermedad, miedo, duelo o fragilidad son experiencias universales.

Pero para que esa vulnerabilidad compartida construya comunidad, se necesitan canales de comunicación conectados. Y ahí surge su preocupación: “La gente habita espacios informativos particulares”. Cuando cada individuo consume su propio entorno mediático a través de la pantalla, el otro queda fuera del marco común. Sin lenguaje compartido, sin significados compartidos, el vínculo se debilita.

La fragmentación informativa no solo polariza: impide reconocerse en la fragilidad del otro.

Cooperación o competencia

El deterioro de lo común no es neutro. Sustituir cooperación por competencia transforma ciudadanos en clientes. Donde antes había exigencia colectiva de derechos, ahora hay demanda individual de soluciones.

Recuperar lo común, sostiene Ruiz, no es una nostalgia comunitarista, sino una condición de posibilidad para la convivencia democrática. Como la atmósfera, solo advertimos su importancia cuando empieza a faltar el aire.

 

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