Juan Dávila explica por qué es tan escrupuloso: todo comenzó cuando tenía cuatro años
Lo que parecía un simple recuerdo de infancia, finalmente terminó creando un nuevo trauma en la mente del humorista

El origen de los escrúpulos de Juan Dávila
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Madrid
Dentro de la sociedad existen personas muy diversas, diferentes intereses, diferentes miedos, y diferentes tolerancias a determinadas cosas. En el caso del cómico Juan Dávila, nuevo invitado en el programa de Manuel Burque, Me pasa una cosa, su aspecto característico, más allá de su indudable capacidad para hacer reír a la gente, son sus inmensos escrúpulos.
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Dávila es incapaz de tolerar algunas situaciones que para otra persona podrían ser perfectamente normales, cualquier mínimo aspecto que pueda resultar no del todo limpio y agradable generan un contundente rechazo de parte del humorista. Esta actitud totalmente escrupulosa ha acompañado a Dávila desde su infancia, es por eso que Burque se pregunta, ¿cuál es la motivación psicológica de este comportamiento?
Un trauma de infancia
Ese miedo ante lo asqueroso surge a través de un recuerdo de infancia que terminó dejando marca en la mente de Dávila. A la edad de cuatro años, mientras pasaba unos días en el pueblo extremeño de donde eran sus padres, el humorista realizó uno de los planes más rurales que existen, la visita a una granja. Mientras el cómico disfrutaba de la variedad de animales del recinto, uno de los ganaderos de la instalación, gran amigo de sus padres, quiso darle un pequeño apretón de manos a Dávila.
Un saludo cordial no tenía aparentemente nada de malo, pero el pequeño se negó a aceptar la mano del granjero. Con este superficial resumen del relato podría parecer que solo estamos ante una simple rabieta o enfado de un niño, pero existe un pequeño detalle clave que hace comprensible la actitud del pequeño Dávila.

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Según narra el humorista, este amable granjero venía "lleno de mierda" tras darle de comer a la piara de cerdos de los que cuidaba. Un gran hedor, producto del aroma de los excrementos de los animales, y las continuas manchas de barro que cubrían gran parte del atuendo del granjero, llegando pequeños restos incluso hasta sus manos, echaron atrás a Dávila, que no quiso saludar al granjero.




