Constantino Bértolo: "Los escritores escriben textos, los libros los hacemos los editores"
El editor jubilado publica 'El arte de rechazar manuscritos' y reflexiona sobre el ego autoral, el poder asimétrico en la edición y la responsabilidad de decir "no" sin hacer daño

La Ventana de los Libros | Entrevista a Constantino Bértolo
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Madrid
El punto de partida de Constantino Bértolo, editor jubilado y autor de El arte de rechazar manuscritos (Debate) es casi ético: hay muchas artes posibles, pero la suya consistía en rechazar sin hacer demasiado daño. "Respetar el trabajo de alguien", resume. Porque detrás de cada manuscrito hay tiempo, expectativa y, a menudo, una parte de vida.
El libro como objeto sagrado
Bértolo reivindica el papel como vehículo casi sagrado de la escritura. El libro, dice, "pertenece a una cultura heredera de la Biblia y del Corán": la permanencia frente a lo efímero. Durante décadas, la biblioteca ha sido símbolo de estatus: "El despacho burgués con su mesa sólida y los volúmenes ordenados al fondo". En cambio hoy, en las revistas de interiorismo, las librerías casi han desaparecido.
El libro ha sido también valor de cambio, objeto cultural y mercancía. Pero conserva, a su juicio, un poso de trascendencia que lo digital todavía no ha consolidado.
Ego y asimetría
En el ensayo escribe que los editores pueden parecer desalmados y que los escritores sufren sobredosis del yo. ¿Qué es más difícil de manejar? "Para un editor es más complicado lidiar con el ego del autor", admite. Pero recuerda que la relación es asimétrica: el editor tiene el poder de convertir un texto en libro, de otorgar visibilidad entre miles.
Hizo una vez el cálculo: cada día podrían estar escribiendo alrededor de 100.000 aspirantes. En ese contexto, la decisión editorial no es menor. "Los escritores escriben textos; los libros los escribimos los editores". Es el editor quien construye catálogo, contexto y familia literaria.
Publicar hoy: más puertas, otras reglas
Bértolo percibe que hoy existen más posibilidades para autores sin nombre previo. "El coste de editar se ha reducido y el número de sellos se ha multiplicado, un buen agente literario puede marcar la diferencia". El talento "sigue siendo esencial", pero también la capacidad de dialogar con las demandas de la época.
El famoso "olfato" editorial, matiza, no es intuición mágica sino concentración e información. El editor no tiene por qué ser el mejor lector de literatura, pero "sí debe comprender qué se entiende por literatura en cada momento". Recuerda el consejo de Aristóteles: preguntarse en qué se parece un libro a otros y en qué se diferencia. Si introduce una variable nueva dentro de su tradición, ahí puede haber algo valioso.
El arte de decir no
"La mejor manera de rechazar un manuscrito es no contestar", provoca. Cualquier negativa explícita hiere; el yo soporta mejor el silencio que el juicio. Sin embargo, matiza su propia afirmación: la responsabilidad ética del editor es responder. Del otro lado hay alguien esperando.
Entre las anécdotas que recoge está su decisión de rechazar La flaqueza del bolchevique, de Lorenzo Silva. No encajaba en su línea editorial de entonces. Con el tiempo, el propio autor le reconoció que quizá aquella negativa fue una forma de suerte.





