Robert Rossen: el director marcado por La Caza de brujas
Dirigió únicamente diez películas, entre ellas grandes clásicos, como El buscavidas, Cuerpo y alma o Lilith.


Aunque el concepto de Generación perdida se aplica en literatura a los escritores norteamericanos que empezaron a publicar en los años 20 del siglo pasado, como Hemingway, Faulkner, Scott Fitgerald o Dos Passos, algunos críticos hablan también de la Generación perdida del cine norteamericano” formada por una serie de directores que surgieron en los años 40 y 50 y que en su mayoría provenían del teatro, la literatura o el periodismo. Tenían en común una mayor conciencia política que otros directores anteriores y empezaron a abordar en sus películas temas que no eran habituales en el cine americano hasta entonces: cuestiones políticas, problemas sociales, discriminación, antisemitismo… A esta Generación perdida pertenecerían directores como Elia Kazan, John Huston, Preston Sturges, Joseph Losey, Orson Welles y otros cuantos, además del hombre que nos interesa hoy: Robert Rossen. De antisemitismo, por cierto, sabía bastante ya que era nieto de un rabino y sobrino de un famoso poeta hebreo.
Robert Rossen comenzó su carrera en el teatro. Como dramaturgo y director teatral destacó por representar obras de contenido social y político. A mediados de los años 30 dio el salto a Hollywood. “Él llegó a la Warner. Melvyn LeRoy le había recomendado tras ver una obra suya en Nueva York titulada The body beautiful. Así que firmó un contrato de siete años con el estudio y pronto se hizo muy conocido como guionista”, contaba su hija, la actriz Carol Eve Rossen. Robert Rossen escribió los guiones de grandes películas de los años 30 y 40. Cine de gángsters, como Los violentos años 20 con James Cagney y Humphrey Bogart. Películas de aventuras como El lobo de mar con un excelso Edward G. Robinson o cine negro, como El extraño amor de Martha Ivers con Kirk Douglas y Barbara Stanwyck.
En 1947 debutó como director con Johnny O’Clock, una película de cine negro protagonizada por Dick Powell que pasó desapercibida. Sin embargo, ese mismo año, Rossen estrenó otro film y ahí sí que dio con la tecla del éxito. Cuerpo y alma, protagonizada por John Garfield, contaba la historia de un boxeador humilde que poco a poco iba perdiendo los escrúpulos al asociarse con un promotor de combates acostumbrado a los manejos turbios. Cuerpo y alma fue un éxito, uno de los grandes clásicos del cine de boxeo, pero eran los tiempos en que comenzaba la Caza de brujas del senador McCarthy y tanto John Garfield como el guionista del film, Abraham Polonsky, eran conocidos simpatizantes comunistas. Rossen también había pertenecido al partido comunista, pero había abandonado su afiliación unos años antes. A diferencia de Garfield y Polonsky, Robert Rossen pudo evitar comparecer ante el comité y de momento se sintió a salvo.
Su siguiente película entraría de lleno en temas considerados peligrosos para la época. En El político Rossen narraba la historia de un político de provincias honrado y preocupado por temas sociales. Una vez lograba ser gobernador el político se corrompía, olvidando sus principios. La película causó bastante controversia, pero la Academia de Hollywood la premió con el Oscar a la mejor película de 1949, Oscar que se llevó a su casa Rossen como productor, además de una nominación como mejor director y otra como guionista. Sin embargo, el éxito y el prestigio que obtuvo con El político no evitó que, poco después, Rossen fuera convocado, esta vez sí, por el Comité de Actividades Antiamericanas. El director se negó a testificar e inmediatamente fue incluido en las famosas listas negras. Así comenzaron dos años en los que no pudo trabajar, boicoteado por los estudios de Hollywood. Finalmente, Robert Rossen se rindió acuciado por los problemas económicos que sufría su familia. Como hiciera Elia Kazan, Robert Rossen dio también los nombres de más de 50 personas de la industria cinematográfica de pasado comunista.
Con su delación el director podía si quería reemprender su carrera cinematográfica. Le habían borrado de las listas negras. Pero el dolor y la vergüenza que sentía hicieron que abandonara Hollywood y en los seis años siguientes Robert Rossen trabajaría fuera de los Estados Unidos. En Italia rodó Mambo, con Silvana Mangano y Vittorio Gassman y en España Alejandro Magno, protagonizada por Richard Burton, en la que apostaba más por la historia humana que por la épica de grandes batallas. También rodó en Barbados La isla del sol, con James Mason, Joan Fontaine y Harry Belafonte; una historia sobre racismo ambientada en el Caribe. Finalmente, en 1959 regresó a Hollywood. Su película de regreso, no obstante, la rodó en México; fue el discreto western Y llegaron a Cordura, con Gary Cooper y Rita Hayworth en una historia ambientada en la revolución mexicana. No tuvo mucho éxito. Sin embargo, los dos siguientes largometrajes del director sí serían dos indiscutibles obras maestras.
El buscavidas, protagonizada por Paul Newman, está considerada una de las mejores películas norteamericanas de todos los tiempos. Con el sórdido mundo del billar de apuestas de fondo, Rossen volvía a abordar su tema favorito, aquel que ya había tratado en Cuerpo y alma o en El político: la filosofía norteamericana del éxito y las oscuras artimañas que emplea el ser humano para conseguirlo. Lilith, su siguiente película, estrenada en 1964, estaba protagonizada por Warren Beatty y Jean Seberg y con ella Rossen daba un giro radical a su filmografía. Lilith era un drama psicológico sobre el deseo y la culpa. Warren Beatty interpretaba a un veterano de guerra que entraba a trabajar en un sanatorio mental y la atracción que sentía por una de las internas le arrastraba a la locura también a él.
Lilith fue el testamento fílmico de Robert Rossen. La película fracasó en Estados Unidos, pero tuvo una gran aceptación en Europa, en especial en Francia. El director para entonces era un hombre enfermo y lleno de dolor. No solo por la enfermedad que le consumía sino también por el dolor moral de su peripecia vital, marcada por la tristemente célebre Caza de brujas. El 18 de febrero de 1966, hace 60 años, Robert Rossen fallecía a los 57 años.




