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Sarah Santaolalla, Laura Arroyo y Tesh Sidi denuncian el salto del odio digital a las ‘cacerías’ organizadas

Relatan cómo las amenazas en redes se coordinan, se amplifican desde cargos públicos y acaban en sus portales

Nerea Pérez de las Heras, Inés Hernand, Laura Arroyo, Sarah Santaolalla y Tesh Sidi / Jesús Blanquiño

Nerea Pérez de las Heras, Inés Hernand, Laura Arroyo, Sarah Santaolalla y Tesh Sidi

En España, la polarización y el auge del discurso de odio han provocado que la violencia política digital deje de ser solo un fenómeno de redes sociales: se organiza, se coordina y cruza a la vida real. Tres mujeres con presencia mediática y laboral en el espacio público -la analista política Sarah Santaolalla, la diputada y activista saharaui Tesh Sidi y la politóloga y periodista Laura Arroyo- relatan un patrón común que va mucho más allá de los insultos: “cacerías digitales”, amenazas de muerte, deepfakes, campañas coordinadas en Telegram y, en algunos casos, acoso físico en sus propios domicilios.

En el último episodio del pódcast Saldremos Mejores, presentado por Inés Hernand y Nerea Pérez de las Heras, las tres coinciden en que lo que antes era un “troll suelto” hoy es una ofensiva política organizada, amplificada por dirigentes públicos y sostenida por plataformas tecnológicas que, denuncian, “miran hacia otro lado”.

“Ya no me preocupa el insulto: me preocupa llegar a casa y abrir la puerta con miedo”

Sarah Santaolalla ha sufrido durante meses acoso continuado: amenazas, deepfakes, fotografías manipuladas y personas apostadas en la puerta de su casa.

“Cuando lo que te dice un troll te lo repite un cargo del PP o de Vox en un atril, el miedo es otro. No es Twitter: es la calle.”

La analista explica que los insultos adquieren otra dimensión cuando se institucionalizan: cuando saltan al Parlamento, a tertulias o a intervenciones públicas de dirigentes políticos.

Pese a haber presentado varias denuncias con pruebas detalladas —capturas, vídeos y hasta infiltraciones en grupos de Telegram donde se organizaban actos de hostigamiento— denuncia falta de respuesta judicial:

“Presentas 60 folios de denuncia, vídeos, capturas… y sigue sin pasar nada. La impunidad es parte del problema.”

“A mí me amenazan con deportarme. Y quien lo dice tiene una placa y un arma”

La periodista peruana Laura Arroyo, residente en España desde hace una década, denuncia una dimensión especialmente grave de esta violencia: el racismo institucional. Sus amenazas incluyen violación, muerte y deportación.

“Cuando quien te amenaza con deportarte es un policía, la amenaza no es simbólica. Puede hacerlo.”

Arroyo denuncia que estos casos reciben menos atención mediática cuando las víctimas son mujeres migrantes o racializadas, pese a que muchas amenazas proceden de funcionarios o de cuentas oficiales de partidos de ultraderecha.

“Si yo salgo del espacio público, entrará otra persona… pero será blanca. Por eso no puedo irme.”

“Recibí 2.000 amenazas en una hora. No son bots: son personas organizadas”

La diputada y activista saharaui Tesh Sidi describe un “salto cualitativo” en la violencia digital: miles de mensajes con amenazas de muerte, insultos racistas y descripciones de torturas.

“No son trolls. Son médicos, profesores, educadores sociales, actores. Hijos sanos de esta sociedad.”

Según Sidi, los ataques se disparan cuando un mensaje suyo se comparte en canales de extrema derecha:

“En esos grupos dicen literalmente: ‘si supieran lo que estamos preparando en Telegram…’. Lo he leído yo misma.”

También acusa directamente a las plataformas:

“META me mintió a la cara. Sus algoritmos detectan pezones, pero no detectan ‘te voy a matar’. No es un fallo técnico: es una decisión política.”

Un patrón común: organización, impunidad y salto a la vida real

Las tres entrevistadas coinciden en tres elementos clave del nuevo odio digital:

  1. Coordinación organizada a través de grupos en Telegram.
  2. Amplificación institucional desde dirigentes y partidos políticos.
  3. Falta de respuesta judicial y tecnológica, que permite que la violencia se normalice.

“La rabia es política. Ellos están organizados: nosotras también”

Las tres reivindican la rabia como herramienta de resistencia frente al intento de expulsarlas del espacio público:

  • Laura Arroyo: “Mi presencia es política. Okupar con K los espacios y no dejarlos.”
  • Sarah Santaolalla: “Me quedo para que las niñas que nos ven sepan que esto también es suyo.”
  • Tesh Sidi: “Mi motor es la justicia. No voy a moverme de los espacios que hemos conquistado.”

Quedarse es resistir, y resistir es político.

La advertencia final es unánime: la violencia digital no es un episodio aislado, sino una estrategia para expulsar voces feministas, migrantes, racializadas y progresistas del debate público.

“Nos quieren disuadidas. Pero aquí seguimos.”

 

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