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Cine y TV

El privilegio de convertir los sueños en realidad

El Goya de honor corona la carrera como escritor y cineasta de Gonzalo Suárez

Gonzalo Suárez recibiendo el Goya de Honor de la mano de la actriz María de Medeiros. / Alberto Ortega

Gonzalo Suárez lleva casi siete décadas simultaneando el cine y la literatura. “Cuando escribo siempre me preguntan ¿cuándo haces una película? Y cuando hago una película me dicen: ¿Cuándo escribes? A mí lo que me gustaría es escribir rodando o rodar escribiendo”, explica. Ha publicado más de treinta libros y dirigido una veintena de largometrajes. Actualmente se dedica más a su labor de escritor. El cine, muy a su pesar, lo tiene bastante abandonado. “Lo de escribir me es básico y le estoy muy agradecido porque me permite no estar nunca en paro. Me levanto y escribo y peleo con las palabras. Lo que pasa es que afectivamente me siento muy solo. La ventaja del cine es que despliegas una actividad”, afirma.

Su cine va desde lo experimental a lo comercial, pasando por las adaptaciones literarias propias y ajenas. Como director es lo que habitualmente se define como un autor con mundo propio. “Ese es uno de mis de mis objetivos: crear mundos propios que son paralelos a ese mundo real. Porque para tener el mundo real ya lo tenemos”, reconoce. Un cine muy personal sobre el que no le gusta dar explicaciones. “Yo no creo mucho en los trabajos explicativos, ni siquiera creo en las explicaciones. Veo lo inútil que es esta tarea porque el que ve, ve; el que no ve, no ve; el que siente, siente; el que no siente, no siente y no cambia gran cosa”, explica. Pero además de la literatura y el cine a lo largo de su vida Gonzalo Suárez ha desarrollado otras muchas facetas. Ha sido actor, periodista, pintor, asesor técnico de fútbol e incluso boxeador. “Sí, pero después de los primeros golpes pensé que éso no era lo mío. Creo que soy más sádico que masoquista”, afirma divertido.

Gonzalo Suárez nació en Oviedo en 1934. “Cayéndome las bombas de la revolución minera primero y después las otras bombas, las del año 1936”, rememora recordando la revolución de Asturias y la Guerra Civil. Desde muy niño fue un ávido lector y en cuanto aprendió a escribir empiezó también a escribir cuentos. “Todo lo que fuera evasión yo entendí, desde niño, que era mejor que la realidad, sobre todo si te caían bombas encima o al lado”. Su primera vocación fue la de actor. “Empecé Filosofía y Letras. Era muy mal alumno y de repente, descubrí el teatro”. Siendo todavía un adolescente escribió algunas obras de teatro e interpretó a los clásicos sobre el escenario. “Tenía mucho éxito por mi voz resonante. Me escribía los papeles de Rey. Creonte lo representé en Mérida y también hice el Próspero de La Tempestad a los diecisiete años, con barba postiza”.

Pero cuando llegó el momento de convertirse en actor profesional Gonzalo Suárez lo dejó todo y se fue a París a vivir aventuras. Allí conocerá a la que sigue siendo su esposa desde hace 66 años, Hélène Girard. Con ella se instaló en Barcelona en 1958 y trabajó en una editorial. Fue entonces cuando el famoso entrenador de fútbol Helenio Herrera entró en su vida como la nueva pareja de su madre, que se había separado de su padre. Helenio Herrera le contrató como analista de equipos de la liga italiana, encargándole informes tácticos. De esta forma contribuyó a que el Inter de Milán ganara tres ligas en Italia; dos Copas de Europa y dos Copas Intercontinentales. Éste, a su vez, le enseñó algo que, desde entonces, el director ha aplicado tanto en el cine como en la literatura. “Helenio Herrera me decía: no mires dónde está el balón. Y no era nada fácil. Se trataba de encontrar dónde estaban los huecos, el lugar, el espacio donde podía suceder algo. Y esa experiencia del hueco donde puede suceder algo es, en cierto sentido, lo que sigo buscando”.

Es en esta época también cuando empezó a trabajar como periodista, profesión que ejerció con pseudónimo. “En un momento determinado practiqué el periodismo deportivo. Cuando entregué mi primer reportaje lo había dejado sin firmar. Me dio cierto pudor firmarlo con mi nombre. Mi mujer se llama Hélènne Girard. Le tomé el apellido y firmé Martín Girard”.

En 1968, tras rodar algunos cortos, dirigió su primera película. “Yo acababa de tener una frustración con Vicente Aranda porque me había prometido que íbamos a codirigir una película de la cual prácticamente escribí el guion, que es Fata Morgana y que luego decidió que la iba a dirigir solo él. Y decidí que quería hacer cine como fuera. Y fue el presidente del Inter Milán, Angelo Moratti, el que al final conseguí que financiara mi primera película: Ditirambo”. Ditirambo es una película vanguardista y experimental. Sus siguientes trabajos, El extraño caso del doctor Fausto y Aomm, siguen también esa línea. Pero ninguna consiguió éxito y el presidente del Inter le cerró el grifo de la financiación. “Se acabó el dinero y yo me encontré que quería seguir haciendo cine e intenté sintonizar con la industria cinematográfica española”.

En esta nueva etapa Gonzalo Suárez dirigió dos películas protagonizadas por la pareja Ana Belén y Víctor Manuel: Al diablo con amor y Morbo. Después su cine se centró en varias adaptaciones literarias. Adaptó a Leopoldo AlasClarín” en La regenta; a Valle-Inclán en Beatriz; a Emilia Pardo Bazán en la serie de televisión Los pazos de Ulloa y a Eduardo Blanco-Amor en Parranda. Uno de los mayores éxitos de la carrera de Gonzalo Suárez llegó en 1984. “Es la película que considero más comercial. Milagrosamente, porque esa película ahora probablemente ni se podría plantear como producción. Fue un éxito y le dieron el Premio de Juventud en el Festival de Cannes y despertó un gran interés”. Epílogo, protagonizada por José Sacristán, Paco Rabal y Charo López gira en torno de un triángulo amoroso literario formado por unos personajes, Ditirambo y Rocabruno que habían nacido en la novela Rocabruno bate a Ditirambo que Gonzalo Suárez había publicado en 1964.

Y en 1988 llega la que es para muchos su mejor película: Remando al viento. Un film de época, rodado en inglés y con un joven Hugh Grant entre sus protagonistas, que cuenta las jornadas en casa de Lord Byron donde Mary Shelley concibió su novela Frankenstein o el moderno Prometeo. Gracias a Remando al viento Gonzalo Suárez ganó el Goya al mejor director. Sin embargo, a partir de ese momento el director renunció a la popularidad conquistada y volvió a un cine más personal y difícil para el gran público. Películas como Don Juan en los infiernos o La reina anónima.

Gonzalo Suárez tiene una forma muy particular de trabajar. “Rara vez se me verá con un guion en el rodaje. Quiero olvidarme del guion. Hago como que pasa por primera vez. Es decir, tener la impresión de que es una aventura”, asegura. Tampoco le gusta explicar los personajes a sus actores, prefiere que ellos los interpreten según los entiendan. Tampoco no les da muchas indicaciones. Carmelo Gómez decía al respecto: “Gonzalo Suárez me dio la indicación más certera y a la par más terrible que he recibido. Me dijo: Hazlo bien”.

Carmelo Gómez ha sido un habitual en la última etapa de la carrera del director, pero si Gonzalo Suárez tiene una actriz fetiche por excelencia esa es Charo López. Fue él quien la convenció de convertirse en actriz y la hizo debutar en Ditirambo.Gonzalo Suárez ha sido alguien decisivo en mi carrera y en mi vida. Me hizo vivir en un mundo que luego me he dado cuenta de que no existe. Vivir aquella fantasía, fue vivir en el mundo de Gonzalo y el mundo de Gonzalo es fantástico”, asegura la actriz.

A mediados de los años 90 el cine de Gonzalo Suárez volvió a atravesar una época de cierto éxito. Javier Bardem y Carmelo Gómez protagonizan El detective y la muerte. Después, el director adaptó el mito de Jekyll y Hyde en Mi nombre es sombra. En este siglo, a parte de algunos cortos y mediometrajes, Gonzalo Suárez solo ha dirigido dos películas. Carmelo Gómez protagonizó en 2000 El portero y en 2008 el actor volvió a ser protagonista de la que, hasta la fecha, es su última película: Oviedo Express.

El Goya de honor corona su carrera cinematográfica. “He de confesar algo. No he pensado nunca suficientemente en el público. He pensado en la obsesión de hacer un determinado tipo de cine y en que hubiera una confluencia entre diferentes artes priorizándolo sobre el hecho de un posible éxito o no”. Una trayectoria, tanto literaria como cinematográfica, que él considera un privilegio. “No se puede uno quejar. Es un privilegio poder inventarse la realidad durante un rato”, concluye.