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La historia por la que el premio más codiciado de Hollywood acabó con la cabeza colgando… y su dueño se negó a arreglarlo

El actor George Kennedy convirtió esa anécdota en un símbolo de una carrera forjada con trabajo incansable y honestidad absoluta

La historia detrás del Oscar con la cabeza colgando

La historia detrás del Oscar con la cabeza colgando

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Madrid

En 1967, George Kennedy vivió uno de los momentos decisivos de su carrera. Acompañó a Paul Newman en La leyenda del indomable, el clásico carcelario en el que interpretó a Dragline, un preso duro, violento y empeñado en hacerle la vida imposible al protagonista. A medida que avanza la historia, sin embargo, su personaje se va transformando hasta convertirse en su aliado más fiel. Aquel papel le valió algo más que prestigio: le dio un Oscar al mejor actor de reparto en 1968, el único de su carrera.

Décadas después y como recordaron en el programa Sucedió una noche, ese mismo premio protagonizaría una de las anécdotas más queridas del actor. Durante un terremoto, la estatuilla cayó de la repisa de la chimenea y se partió. Kennedy recordaba el susto con humor: "Cuando fui a recogerla del suelo vi que la cabeza estaba casi colgando". Aun así, explicó que llegó a plantearse repararla: "Llamé a la Academia y me dijeron que lo reemplazarían si pagaba 300 dólares". Pero finalmente decidió no hacerlo. "Luego pensé que no quería reemplazarlo; ese Óscar roto y viejo fue el que me dieron en 1968 y no me importaba que su cabeza estuviera colgando. Ese era mi Óscar y era el que quería conservar".

El premio, pese a su estado, tampoco alteró el rumbo de su carrera. Kennedy continuó siendo lo que Hollywood siempre vio en él: un secundario fiable, sólido y capaz de sostener cualquier escena. Su presencia se extendió durante décadas en todo tipo de géneros, desde el western hasta la acción, pasando por la comedia o el thriller político. Él mismo lo explicaba: "Tu carrera es como una escalera: mientras hagas tu trabajo bien en cada peldaño, puedes seguir subiendo. A veces vas más rápido y otras más lento, pero te mantienes en la escalera".

Esa ética de trabajo lo acompañó durante toda su trayectoria. "Si el público viera que no hago un buen trabajo o que no me lo tomaba en serio, esto se acabaría", decía. "Pero no es mi caso: yo trabajo como un perro". Y así fue. Kennedy nunca dejó de trabajar. Su filmografía supera el centenar de títulos, aunque en ella aparezcan numerosas películas de segunda fila. Él mismo admitía que no solía poner demasiados reparos a los guiones que le ofrecían: prefería trabajar, rodar, seguir en la escalera.

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George Kennedy, Gonzalo Suárez y ‘Solo los ángeles tienen alas’

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Aquella estatuilla con la cabeza a punto de desprenderse acabó convirtiéndose en la mejor metáfora posible de su carrera: imperfecta, resistente y absolutamente honesta.

 

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