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El centenario de un actor inmenso

Se cumplen 100 años del nacimiento de Paco Rabal, uno de los mejores intérpretes que ha dado el cine español.

Durante mucho tiempo Paco Rabal fue para los españoles como uno más de la familia. Unos, los más mayores, le conocían por su faceta de galán en muchas películas. Otros, por sus interpretaciones de madurez, con la voz rota y el rostro surcado de cicatrices. Y algunos, los más cinéfilos, lo admiraban por sus papeles con Luis Buñuel.

Paco Rabal era un hombre de trato fácil, gran conversador y campechano. “No sé mentir y tampoco soy muy diplomático”, decía de sí mismo. Era también un excelente compañero, por eso no había nadie en el mundillo del cine español que no se refiriera a él con una sonrisa de cariño. “Leí un libro del actor Michael Redgrave, padre de Vanessa Redgrave, en donde decía que un actor no debe trabajar nunca para el público ni para sí mismo sino para el compañero, porque trabajando para el compañero trabajas para el público, para ti y para el compañero”, explicaba Rabal.

Paco Rabal fue siempre un hombre de izquierdas, pero para él, por encima de las ideas, estaba la lealtad. El día que murió Franco lo primero que hizo fue ir a ver al director Rafael Gil, que había sido uno de los pilares del cine franquista. “He decidido quedarme en su casa para vigilar que no le pase nada”, le dijo. Y es que Rafael Gil le había dado su primera oportunidad en el cine y, a sus órdenes, rodó muchas de sus primeras películas. Paco Rabal era el vecino más ilustre de Águilas, población de la provincia de Murcia. La Cuesta del Gos era una zona minera donde trabajaba su padre, hasta que la minería entró en declive y la familia tuvo que trasladarse a Madrid. “Cuando terminó la Guerra Civil, se colocó en Cuelgamuros, el Valle de los Caídos, para abrir el boquete. Él y cinco extremeños le pagaron allí el primer picotazo y ahí fue donde se le fue incrementando la silicosis”, recordaba el actor. Y como su padre estaba enfermo él, desde muy pequeño, empezó a trabajar vendiendo caramelos y pipas. “No fue bien aquel negocio. Me comía las pipas que vendía”, confesaba divertido.

Un tiempo después entró a trabajar como aprendiz de eléctrico en los estudios de cine Chamartín. “Cuando el equipo de rodaje se iba a comer, dejaban los guiones encima de las mesas y entonces yo leía los guiones y veía, por ejemplo, que había un papel de un botones. Llevaba un ramo de flores. Entonces le decía al ayudante: ¿Por qué no hago yo el papel de botones que lleva las flores? Y me respondían: Chico, déjate de tonterías”, rememoraba. Lo más que le dejaban era ser doble de luces, es decir, el que se ponía en lugar de los actores para ver como quedaban iluminados. Hasta que un día Rafael Gil se fijó en él. “Ese chico tiene cara de cateto. Le vamos a dar un papel de figurante. Que salga en la escena de los corrales”, dijo el director. Fue así como comenzó su carrera de extra en varias películas. Un día le dieron frase en una escena. La película se titulaba La pródiga. “A las tres y veinte” y “Hacia medianoche”. Esas fueron las primeras palabras que pronunció Paco Rabal en una película. A partir de entonces inició una exitosa carrera que le llevaría a participar en más de 180 películas a lo largo de seis décadas.

Rápidamente Paco Rabal se convirtió en uno de los rostros habituales del cine español que se hacía en aquellos años. Películas religiosas como La guerra de Dios o El beso de Judas; históricas y de época, como Amanecer en Puerta Oscura o Sonatas o cine folklórico, como La pícara molinera. Pero sobre todo protagonizó numerosos dramas y comedias en los que ejercía de galán, ayudado por su físico viril y su voz profunda. Fue en Historias de la radio donde le vio Luis Buñuel y decidió contratarle para hacer de sacerdote en Nazarín. De esta forma comenzaba un segundo capítulo en la carrera del actor.

Era el año 1957 y Rabal viajó a México para hacer la película. Entre Buñuel y él surgió enseguida una complicidad especial. “¿Qué tal está usted, don Luis?, le pregunté. Y él me dijo: chico, llámame Luis. Yo le dije: no, es que le tengo respeto. Me encanta que me tengas respeto, me respondió. Bueno, pues ahora, de aquí en adelante yo seré tu tío y tú mi sobrino. Para mí fue el conocimiento de un hombre extraordinario”, recordaba Rabal. Y así se llamaron siempre: tío y sobrino. La repercusión internacional que tuvo Nazarín hizo que empezaran a llegarle ofertas de otros países, especialmente de Francia e Italia. De esta forma Paco Rabal figuró en los repartos de directores como Visconti, Antonioni, Luigi Comencini, Claude Chabrol o Jacques Rivette. También volvió a trabajar con “su tío Luis” en Belle de Jour y en Viridiana, ganadora de la Palma de Oro en Cannes y prohibida en España.

Hollywood también se fijó en él, pero, a diferencia de su amigo Fernando Rey, el actor nunca fue capaz de dominar el inglés y solo rodó unas pocas películas en Estados Unidos. “Me aprendo muy bien los textos, eso sí, porque me tomo muy en serio mi trabajo, pero el inglés no lo hablo muy bien y por lo tanto me cuesta trabajar en ese idioma. Además, me gusta más trabajar en castellano. Lo que pasa es que, de vez en cuando, conviene también trabajar fuera. Y el sueño de todos los actores es trabajar en Hollywood. Bueno, pues yo he trabajado en Hollywood”, decía.

Aquellos fueron unos años dorados profesionalmente. Sin embargo, Paco Rabal tenía un secreto: durante cierto tiempo usó peluquín. “Lo sabía solamente mi hermano, mi padre y Asunción. No se lo dije a mis hijos y mis hijos después se han reído mucho porque lo sabían. Cuando me encerraba en el baño mi hija Teresa le decía a su hermano Benito: no tenemos que entrar porque Papá se está poniendo el peluquín. ¡Y yo creía que mis hijos no lo sabían!, recordaba en una entrevista. En esos años Paco Rabal se fue ganando también una legendaria reputación de “Don Juan”, de conquistador, fama que el actor nunca negó. Y eso que desde 1947 estaba casado con la actriz Asunción Balaguer a la que conoció en sus primeros años en el teatro. “La suerte de mi vida ha sido Asunción porque la suerte pasa por la puerta de todo el mundo, pero hay que estar prevenido para cogerla, como me dijo el actor Rafael Rivelles”, afirmaba el intérprete.

Los años de la Transición, en cambio, fueron difíciles para Paco Rabal ya que difícilmente podía acomodarse a géneros como el destape. “Yo no entraba en ellas o alguna me daba vergüenza”, confesaba. Él, de carácter siempre alegre, llegó a caer en depresión. “Mi consuegra, Carmen Laforet, me decía: Paco, vete a un médico. ¿Qué médico, Carmen? Lo que necesito es una película”, le respondía el actor. Sin embargo, en los años 80 su carrera remontó. Películas como La colmena, Epílogo o Truhanes le devolvieron el éxito y el favor del público. Y, sobre todo, Los santos inocentes. Su personaje de Azarías en este film fue el que definitivamente convirtió al antiguo galán en un gran actor de prestigio. Alfredo Landa y Francisco Rabal ganaron ex aequo el premio al mejor actor en el festival de Cannes. El Paco Rabal que subió a recogerlo con su compañero ya no era ni mucho menos el galán de años atrás. Era ahora un actor de rostro curtido, surcado de arrugas y con las cicatrices de un accidente de automóvil que a punto había estado de costarle la vida. Por eso, aquel premio, certificaba su vuelta, pero convertido en un actor capaz, como nadie, de dar profundidad a sus personajes y hacerlos entrañables al espectador.

A partir de entonces Rabal fue encadenando personajes diferentes, pero, al mismo tiempo, parecidos porque todos ellos compartían y contagiaban una gran humanidad, como el torero retirado al que daba vida en la serie de televisión Juncal, uno de sus favoritos. También trabajó con Pedro Almodóvar en Átame, papel por el que consiguió su primera nominación a los Goya. A lo largo de los años 90 le vimos en otras muchas películas como Pajarico, Airbag o El palomo cojo. En 1999 protagonizó Goya en Burdeos encarnando al pintor aragonés en sus últimos años mientras recordaba los acontecimientos que marcaron su vida. Un aragonés sordo, como su “tío” Luis Buñuel, que le trajo un nuevo premio: El Goya al mejor actor.

Aquel personaje y aquella película acabarían pareciendo una travesura del destino. El 29 de agosto de 2001 Paco Rabal murió repentinamente en un avión en el momento justo en el que éste sobrevolaba la ciudad de Burdeos. “Hicieron escala en Londres y de Londres venían para Madrid y murió brindando con una copa de champán con mi madre. Una muerte maravillosa. Se atragantó, empezó a toser y mi padre ya estaba mal de los pulmones. Tenía enfisema pulmonar. Y ahí se murió, en el avión. El avión no paraba en Burdeos. Tuvo que aterrizar en Burdeos porque murió mi padre”, contaban sus hijos Teresa y Benito. Unos hijos, ella como actriz y él como director, que habían seguido la carrera artística familiar. Y también sus nietos, Candela y Liberto Rabal.

 

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