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Opinión

La quimera del oro

¿Qué hay que hacer para tener una mina de oro en propiedad o para que, al menos, nos la atribuyan como a Zapatero?

Ignacio Martínez de Pisón: "La quimera del oro"

Madrid

Aquí si no tienes una mina de oro en Venezuela eres un pringao. Es lo mínimo que hay que tener si quieres que te respeten. ¡Oro! Túneles con cientos de esclavos rascando las vetas de las paredes, indígenas con cedazos cribando los ríos en busca de pepitas, fundiciones tan secretas como el laboratorio subterráneo de Breaking Bad en las que conviertan esas pepitas en lingotes.

Si de algo se nutrieron las fantasías de riqueza de nuestra infancia fue de oro. En los cuentos clásicos solo el oro es sinónimo de opulencia sin límites. Ese es el mundo de ensueño en el que sitúan a Zapatero sus enemigos: el de Las mil y una noches, el del rey Midas, el de Jauja y El Dorado, el de los alquimistas que convertían en oro los metales más vulgares, el de la piedra filosofal.

A Zapatero no le acusan de tener una fortuna oculta en criptomonedas o paraísos fiscales, lo que sería demasiado prosaico. No, a él le acusan de vivir en la poesía del dinero. Le acusan de lo que todos querríamos que nos acusaran: de tener oro en abundancia.

Va Zapatero a comprar cruasanes y paga con lingotes de oro. Tome, cóbrese. Va Zapatero a comprar un coche eléctrico y lo mismo. Quédese con el cambio.

¡Ay, el oro, que sirve para comprar las carnes morenas de la bien pagá! ¡El oro, que es la unidad de medida de las virtudes de los que valen su peso en oro! ¡El oro, que, al parecer, se guarda en paño y sus chorros, sean lo que sean, han pasado al refranero como un modelo de limpieza!

¿Qué hay que hacer para tener una mina de oro en propiedad o para que, al menos, nos la atribuyan como a Zapatero? Ojalá que llueva café en el campo.