De cambiar bombillas en los rodajes… a convertirse en uno de los actores más premiados del cine español
La historia de Paco Rabal, el muchacho que pasó de encender focos y mover cables en los estudios Chamartín a convertirse en un actor fundamental del cine español
Paco Rabal, el muchacho que pasó de encender focos a convertirse en un actor fundamental del cine español
Madrid
Con motivo del centenario del nacimiento de Paco Rabal, el programa Sucedió una noche repasó la trayectoria de uno de los grandes nombres de la historia del cine español. Pero antes de trabajar con Buñuel, de recibir premios en Cannes o de sumar más de 180 películas, hubo un joven que llegó a Madrid sin imaginar que aquel camino acabaría llevándolo hasta la pantalla grande.
Rabal nació en la Cuesta del Gos, una zona minera de Águilas (Murcia) que él mismo reivindicó siempre como su cuna sentimental. "Es un orgullo para Águilas, para Murcia entera y sobre todo para la Cuesta del Gos", recordaba la población en el reportaje. Era un entorno duro, marcado por el trabajo en las minas donde se ganaba la vida su padre, hasta que el declive del sector obligó a toda la familia a trasladarse a Madrid en busca de nuevas oportunidades.
Tras la Guerra Civil, su padre trabajó en Cuelgamuros, en las obras del Valle de los Caídos. "Él y cinco extremeños le pegaron allí el primer picotazo", recordaba Paco sobre aquella etapa física y agotadora que agravó sus propios problemas de salud. Con su padre enfermo, Rabal empezó pronto a ganarse unas pesetas vendiendo caramelos y pipas por las calles: "En aquel negocio me comía yo más pipas de las que vendía", decía entre risas.
Su vida dio un giro inesperado cuando entró como aprendiz de eléctrico en los estudios de cine Chamartín. No era actor, ni figurante, ni doble: era el chico que movía focos, cables y bombillas. Pero mientras el equipo se marchaba a comer, él se quedaba leyendo los guiones que los técnicos dejaban sobre las mesas. Cuando encontraba un papel mínimo —un botones con flores, un mensajero de paso—, no dudaba en ofrecerse: "¿Por qué no hago yo el papel del botones ese que lleva las flores?". La respuesta, siempre la misma: "Anda, chico, sigue de electricista y deja de tonterías".
A falta de papeles, le permitían ser “doble de luces”: el cuerpo que sustituye al actor para que los técnicos ajusten la iluminación. Hasta que un día, casi por azar, el director Rafael Gil se fijó en él: "Ese chico tiene cara de cateto; vamos a darle un papel de figurante". Así comenzó a aparecer en escenas, siempre al fondo, siempre sin frase, hasta que en La pródiga llegó su debut ante la cámara. "A las tres y veinte… y hacia medianoche". Esas fueron las primeras palabras que Paco Rabal pronunció en una película.
Aquel instante abrió la puerta definitiva. Rabal no estaba dispuesto a dejar pasar el tren: encadenó rodajes, aprendió de cada director que le dio una oportunidad y, en pocos años, se convirtió en uno de los rostros más habituales del cine español de posguerra. Lo que había comenzado cambiando bombillas terminaría transformándose en una de las carreras más longevas, respetadas y premiadas del sector.
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Con el tiempo llegarían Buñuel, Nazarín, Viridiana, los rodajes en Francia e Italia, los premios y un prestigio internacional que consolidó su figura. También hubo un breve paso por Estados Unidos: Hollywood se fijó en él y Rabal llegó a rodar algunas películas allí, aunque siempre reconoció que el inglés le suponía una barrera y que se sentía más cómodo trabajando en castellano. Aun así, aquella incursión añadió una dimensión más a una carrera que no dejó de crecer, dentro y fuera de España.