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La otra cara de los locales convertidos en vivienda: falta de intimidad, ansiedad y pérdida de autoestima

La escasez de vivienda asequible ha convertido antiguos comercios en hogares donde la falta de intimidad y la inseguridad es constante, impactando en la salud mental de quienes habitan ahí

Reportaje | La otra cara de los locales convertidos en vivienda: falta de intimidad, ansiedad y pérdida de autoestima

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Madrid

La crisis de vivienda que viven tantas ciudades en España está transformado los barrios. Los locales que antes eran tiendas hoy se han convertido en hogares para muchas familias. En los portales inmobiliarios abundan este tipo de espacios: estudios de apenas unos 30 metros cuadrados a pie de calle que superan con facilidad los 900 euros de alquiler.

Es la realidad de Iris, quien paga 1.200 euros al mes por un bajo fuera del centro de Madrid. "Nada más entrar está el salón con la cocina y, detrás, sin puerta, la habitación y el cuarto de baño", explica. No es un caso excepcional: la falta de vivienda asequible empuja incluso a personas con sueldos superiores a la media o a parejas con dos nóminas a vivir en estos bajos, no por elección, sino por falta de alternativas.

Iris confiesa que busca mudarse desde el primer día, pero las exigencias económicas se lo impiden: "Están pidiendo tres meses de fianza más el mes de entrada por un piso de 1.000 o 1.200 euros. Estamos hablando de casi 5.000 euros que tienes que tener solo para entrar". Arturo, otro afectado, asegura que solo se tienen dos opciones: "O compartes piso con desconocidos o vives solo en uno de estos locales".

Para estos inquilinos, el principal problema es la falta de intimidad. Muchos bajos solo tienen una ventana que da directamente a la calle. Apenas pueden abrirla porque, al hacerlo, sienten que su vida privada queda totalmente expuesta. “Si yo veo la calle, la calle me ve a mí", lamenta Iris. Ella prefiere no abrir la ventana para evitar que alguien entre de un salto. Arturo recuerda que, cuando vivía en uno de estos locales, aparcaba su moto frente a la ventana: "Estaba separada solo por un cristal; era como tener la moto dentro de mi habitación".

Todos los días se enfrentan al dilema constante de tener que elegir entre aire fresco y privacidad. Iris cuenta que un día, en pleno verano, un hombre se paró frente a su ventana y se quedó observando el interior de la casa mientras comentaba: “Pues está muy bien la casa”. Ella tuvo que pedirle que dejara de mirar y siguiera caminando por la incomodidad que le estaba generando. Arturo añade que, en su barrio, algunos jóvenes incluso se acercaban con el móvil grabando para ver lo que había dentro de su casa.

Vivir a pie de calle y sin luz natural tiene consecuencias directas. Santiago Boira, psicólogo de Intervención Social, advierte que la ausencia de ventanas puede alterar los ritmos circadianos, provocar insomnio y fatiga crónica y disminuir la energía. Además, explica que si el tamaño de la vivienda es extremadamente pequeño puede generarse una sensación de encierro y pérdida de control.

En el caso de Guillermo, al tener las ventanas biseladas, esa exposición la siente sobre todo al abrir y cerrar la puerta. “Cuando salgo a la calle siento que la gente mira y ve dentro de la casa. Eso me da un poco de miedo. Suelo abrir y cerrar muy rápido la puerta”, confiesa.

Aunque él y su pareja viven felices en uno de estos bajos, destaca dos inconvenientes: el ruido y lo que se encuentran en la acera nada más salir de casa. “Tenemos un banco justo enfrente y a veces hay alguna conversación que se escucha un poco de más”, comenta. En otras ocasiones se han encontrado excrementos de perro en la puerta o han sufrido el mal estado de la acera. “Es una molestia”, sentencia.

Hay quienes priorizan el espacio o el ahorro económico frente a la falta de iluminación natural. Es el caso de David. “Si me das a elegir en precios parecidos, antes de meterme en un piso de 70 metros cuadrados, aunque sea un tercero o cuarto un poquito con más luz, yo me meto en algo de 150 metros con una buena decoración”, asegura.

Más allá de las condiciones del piso, algunos inquilinos creen que existe un prejuicio social sobre quienes viven en estos bajos reconvertidos. Según Arturo, la gente piensa que las personas que viven ahí no tienen recursos económicos. "No tienen recursos para pagar 1500 euros de alquiler y acceder a un piso normal, pero es gente que tiene su sueldo medio. No es que sean indigentes que tengan que vivir ahí”, dice indignado.

También existen otros inconvenientes. Estos locales acumulan mucho más frío en invierno y más calor en verano que una vivienda convencional. “Al tener techos altos, se crea un volumen de aire que es difícil de calentar", explica Guillermo. Arturo añade que la falta de ventilación obliga a depender del aire acondicionado de mayo a octubre: "Aunque hubiera una noche un poco más fresca, no vas a dormir con la ventana abierta mientras pasa la gente y te mira”.

El algunos casos la situación va mucho más allá. Para Arturo, vivir en un bajo fue una pesadilla. Durante un año y medio sufrió golpes diarios en su puerta e incluso un intento de robo mientras dormía: “En pleno invierno, a las cuatro de la mañana, me levantaron la persiana de mi habitación; me desperté de un sobresalto, encendí la luz y se marcharon al final”.

Por su parte, Génesis, vive en un bajo dividido en seis habitaciones compartidas. Allí, con un contrato abusivo, debe convivir con otras cinco personas compartiendo dos baños y una cocina de apenas ocho metros cuadrados. Una cama matrimonial es lo que entra en su habitación. “No tienes ni para caminar”, relata. Su habitación es similar a un sótano y el ruido constante de las tuberías del edificio le impide descansar. Su única esperanza es buscar algo mucho más alejado de la capital.

Según los inquilinos, esta acumulación de experiencias negativas les ha pasado factura.

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Arturo reconoce que vivir en un bajo afectó a su sensación de seguridad y a su autoestima: “No me sentía seguro. Te sientes inferior, te sientes mal y piensas: ¿por qué he llegado yo a esto?”. Génesis, por su parte, describe la ansiedad que le provoca vivir en un espacio tan reducido: “Da ansiedad porque estás metida en una habitación en la que no puedes moverte. Solo puedes estar acostada o sentada porque es muy pequeña. Y si quieres ir al baño tienes que ver si está ocupado, y lo mismo para cocinar. Vives como en un hueco. No tienes libertad”.

Juan Castilla, psicólogo, señala las consecuencias de sentirse constantemente vulnerable por vivir a pie de calle: “Si estas en un sitio en el que puede mirar la gente desde fuera, te creará ansiedad por la pérdida de esa intimidad que todos necesitamos”. Mientras que, si el hogar se percibe como un lugar indigno para recibir visitas, puede vivirse como un fracaso personal, lo que mina la autoestima y puede derivar en síntomas depresivos.

En ciudades como Madrid, a principios de 2024 había más de 8.300 locales convertidos en vivienda. En otros municipios como Elche, esta reconversión ha aumentado en los últimos dos años un 130%. Son los datos detrás de las historias de Géneris, Arturo, Iris, Guillermo o David.

 

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