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Pedro Almodóvar: "El momento de escribir en absoluta libertad es un gesto egoísta"

El director manchego estrena ‘Amarga Navidad’, su nueva película donde reflexiona sobre la escritura, la autoficción y el duelo

'Amarga Navidad' | Entrevista a Pedro Almodóvar

Cadena SER

Madrid

En el sanctasanctórum de Pedro Almodóvar, el despacho en la productora El Deseo, donde cuelgan cuadros y fotos de sus ídolos, como Billy Wilder o Andy Warhol, el director ha atendido a la prensa estas semanas. “No sé si voy a darte la mejor versión de mi mismo”. Es lo primero que dice después de haber atendido a Javier del Pino. Pero Pedro Almodóvar es más que un director de cine, es un icono, y es un entrevistado que lo da todo en las entrevistas. En Amarga navidad sabe que ha hecho una película muy distinta a las dos anteriores. En la que hay temas serios y sesudos, como el duelo, la amistad y, sobre todo, la creación; pero también hay humor, hay homenajes a su cine y a sus iconos. Ahí está Chavela Vargas, amiga e inspiración, de la que toma el título de una película que habla de la autoficción y de los límites éticos a la ahora de vampirizar a quienes rodean a un autor. En 'Amarga navidad' hay un desafío para el espectador a través de la estructura de una película que se explica a sí misma y que funciona como un juego de espejos entre los personajes de Bárbara Lennie, Aitana Sánchez Gijón, Victoria Luengo, Leonardo Sbaraglia, Milena Smit y Patrick Criado.

Dices que escribiste esta película durante el rodaje de La habitación de al lado y, de alguna manera, continúas hablando de duelo

Esta historia también habla del duelo de alguna manera, pero es completamente diferente. Yo ya había publicado el libro con relatos míos y uno de ellos era Amarga Navidad. Partí de ese relato, sobre todo para el inicio de la película, donde tenemos al personaje de Bárbara Lennie que va al hospital, porque tiene migrañas y sufre un ataque de pánico. Después, usé también esa parte de la relación con su amiga Patricia. Eran diez páginas de lo que había en el relato y tenía que escribir 160 o más. Pero me sirvió de base, yo pensaba que iba a ir por ahí, pero luego cambié de idea cuando empecé a crear el personaje de Aitana Sánchez Gijón, la asistente del director y guionista, su mano derecha.

¿Es ahí, entonces, cuando se te ocurre la idea de confundir realidad y ficción?

Con el personaje de Aitana se abre otra posibilidad, y una posibilidad muy fuerte. Sobre todo en el momento en que se convierte en la gran portadora de noticias muy graves, pero muy inspiradoras para este director. Y ahí viene la complicación de la película. Me di cuenta, y me sorprendió mucho, que había hecho un un ejercicio un poco como a lo Pirandello, en el que los personajes hablan con su hacedor, con el escritor. Y eso a mí me entusiasmaba. Seguí escribiendo y escribía a borbotones, sobre todo el final, esa última parte que son 25 minutos y que es lo que más me atraía de la película, porque era lo más nuevo para mí, la posibilidad de hacer que la película, de pronto, se dé la vuelta y se cuestione a sí misma, con todo el descaro y con toda esa maravillosa interpretación de los dos, tanto de Aitana como de Leonardo Sbaraglia.

Esa estructura que mencionas tiene dos novedades, por un lado, esa idea de mostrar una película dentro de una película, a través de un director que está escribiendo una historia, algo que ya habías hecho en La mala educación, pero aquí hay un paso más, porque sumamos al Almodóvar director. Por otro, esa idea de que en la parte final, la película cambie completamente y explique todo lo que hemos visto en pantalla

Ha sido muy arriesgado. Yo me reía en ese momento porque pensaba ‘“qué morro tengo al estar escribiendo esto”. Es cierto que era muy delicado. Yo no tenía la seguridad de que podía quedar bien. Lo único que sabía era que quería hacerlo y que no lo había hecho nunca. Me acuerdo que ahí donde estás sentada estaban sentados en los ensayos Aitana y Leo. Cuando les di a leer las primeras secuencias, que sus personajes están de buen rollo todavía, les resultaban muy fáciles. Pero cuando me pongo a enseñarles las otras, que son heavies, eran muy difíciles de actuar, porque están hablando de dramaturgia, están hablando de cosas abstractas, pero que para ellos son su propia vida. Me di cuenta de lo difíciles que eran esos diálogos, pero no podía cambiarlos y la solución fue ensayar cada día durante dos meses, como si fuera una obra de teatro. Bueno, más que una obra de teatro y encima al aire libre. Ellos fueron tan generosos como para darme todo ese tiempo y eran insaciables. Con lo cual todo fue muy bien.

Esa escena final, ¿es una de las más difíciles que has rodado?

Es de lo más difícil y también de lo más difícil de interpretar. Nos fuimos al parque, ensayamos allí. Yo primero monté los movimientos, hice todos los personajes. En principio, en el guion estaban los dos sentados y hablan y hablan y hablan. Pero yo una vez ya me metí en los personajes pensé que tenía que levantarlos. Él va huyendo de ella, se va al al kiosco, pero es que ella viene detrás de él. De pronto empieza a verla de otro modo y todo cambia, es ella la que huye y él va detrás, con lo cual resulta muy dinámico. Yo, ante una secuencia de estas características, me meto en el personaje de los actores, pero no para decirles cómo lo tienen que hacer, sino para sentir el aliento de esa secuencia. Y ahí noté que había que estar moviéndose, porque además, es muy descarada esa escena, es un lugar público y están hablando de cosas tremendas.

Entrevista | Pedro Almodóvar por 'Amarga Navidad'

En esta película vuelves a introducir humor, ¿cómo surgió?

Sí, esta película tiene mucho humor. Apareció enseguida nada más empezar a escribir las escenas de ellos cuando están en el hospital, empezó a aparecer. Yo no le digo que no al humor, bienvenido sea hasta donde llegue. Y después me siguió apareciendo. Cuando ellos van a su casa, cuando se ponen en busca del ansiolítico, o cuando llegan a la fiesta. Son escenas que me remiten a mí mismo, a mi cine anterior. Recibí ese humor con muchas ganas. También hay mucho humor en esa escena final que es terrorífica, porque es una mujer destruida que quiere destruir y no sabe comportarse como inspiración. Ella sabe sufrir, sabe ayudar, sabe acompañar, pero no sabe ser inspiración. Quizá porque ella ha estado siempre en función de él. Y ahí es maravilloso que él ha recibido su lección, la última lección de ella. Pero también ha recibido una enorme inspiración para ponerse a escribir.

Mencionabas a ese cine anterior y, además del humor, hay guiños a Hable con ella, la banda sonora o el número de habitación del hospital, incluso la escena de la fiesta recuerda a esa película con la que ganaste el Oscar, ¿qué las une?

El hecho de acompañar, que se ha convertido como en una de mis señas de identidad últimamente. Bueno, de hecho, La habitación de al lado es una película que habla de acompañar a alguien que está enfermo, pero sin necesidad ni de hablar, sino simplemente estar. Es que a veces creo que hay circunstancias en la vida en que lo que mejor que uno puede hacer por sus seres queridos o por sus amigos es estar y acompañar, sin más. Creo que esa compañía reviste tantas formas dependiendo de la edad de la persona. Es una cosa muy importante que debemos tener en cuenta, porque hablamos mucho de la empatía, pero en un mundo como el que vivimos cada vez más complejo, cada vez más duro para todo el mundo, ese estar al lado me parece esencial. Y estar al lado era también la función esencial de Hable con ella. Eran dos hombres al lado de dos mujeres que estaban en la cama también.

Esta es una película cuyo tema central es al autoficción, con esa reflexión de qué se puede o se debe contar, de hasta dónde puede llegar un autor, qué puede utilizar de los que le rodean por sus ansias de crear, ¿es una reflexión importante para ti?

Es muy importante, porque se trata de los demás, esas personas a las cuales quieres acompañar y quieres ayudar. Se trata de pensar si hay unos límites morales, porque legales no lo hay. Unos límites sobre cómo la vida de los demás te puede inspirar, pero hasta donde puedes llegar. Yo creo que es muy delicado. Carrère lo decía el otro día, que una familia con un escritor dentro es una familia con muchos conflictos, con muchos problemas. A él mismo le pasó, como cuenta en este libro que ha dedicado a su madre, tuvo muchos problemas. Es cierto que los escritores nos convertimos en seres peligrosos para la gente que está a nuestro alrededor. De lo que se trata es de no herir a nadie, de no hacer daño a nadie o de no hacerlo conscientemente.

¿Cómo se consigue eso?

En el momento en que te inspiran y tú te haces dueño de esa inspiración y la mezclas con tu propia ficción y sigues escribiendo… en ese momento, no estás pensando en los demás, estás pensando en ti mismo. Es un momento de egoísmo absoluto. El momento del escritor solo en tu casa, no importa con qué influencias, es un momento absolutamente egoísta. Más vale que sea así, porque es un momento de absoluta libertad que te tienes que dar a ti mismo. En ese momento no piensas en los demás, pero una vez terminado el guion sí tienes que pensar en ellos, si hay algo que puede hacer daño a alguien. Yo creo que los límites son los que el propio director se pone según su sensibilidad moral, según la ética de trabajo que tenga. Pero eso es tan variado como directores hay, y hay algunos que son muy malvados y no tiene ningún límite. Hay otros, como yo, que no somos así. Yo consulto y me cercioro antes que puedo hablar de lo que hablo.

Mencionabas a Carrère ye se conflicto con su madre, que estuvo un tiempo sin hablarle por desvelar en un libro un secreto familiar, ¿tu madre también te reñía por la autoficción?

Mi madre me reñía por cómo trataba a las vecinas. Con ella hubo una anécdota muy curiosa. Yo la sacaba en una película y la hacía volver al pueblo y se encontraba con las vecinas y hablaban de sus cosas y de los muertos, que es lo primero que se pregunta, quién había muerto. Y mi madre improvisaba y les contaba un caso real de Los Torreznos, que uno de esa familia se ahorcó y a los tres meses su mujer murió de pena. Pues estrenamos la película y resulta que quedaba todavía una parte de esa familia que ya no vivía en el pueblo, sino en Barcelona y se enteraron de esas muertes por mi película y les sentó muy mal. Y fue entonces cuando mi madre me dijo: “No vuelvas a poner ninguna cosa más de las vecinas. No quiero autoficción”, que es una frase que después diría Julieta Serrano en Dolor y Gloria.

¿Por qué dijiste que esta era una película que no esperaban los fans?

Porque hay cosas muy arriesgadas. Es verdad que las reacciones que están habiendo son espectaculares. Estoy contentísimo, porque es una película llena de riesgos. Una película que te pone tres canciones tan juntas y en plan totalmente pasivo, porque son mujeres oyendo una canción, emocionándose con ella y una de ellas revuelta, tomando la decisión de abandonar a su marido en ese momento. Es muy atrevido, porque es muy poco cinematográfico. Es verdad que tenía la voz de Chavela y tenía a estas dos monstruos de actrices, tanto a Bárbara Lennie, como a Victoria Luengo, que resistían entre las tres. Resistían en cualquier plano. Pero claro, toda esa secuencia dura cinco minutos y no te enteras hasta el final de por qué hago una secuencia tan larga.

Chavela vuelve a aparecer en otra escena, donde incluyes a Amaia

También muy arriesgada, porque pongo a una pareja debajo de un montón de abrigos en una fiesta y llegue Amaia y se pone a cantar. Y es maravilloso oírla cantar a capela. Pues ese tipo de cosas que, afortunadamente han quedado muy bien en la película y la gente las agradece, eran muy arriesgadas. Igual que la propia película diga ahora soy yo la que voy a hablar de mí misma y voy a cuestionarme. Afortunadamente, pues ha gustado, lo cual me hace muy feliz.

Antes recordábamos Hable con ella, con la que ganaste el Oscar a mejor guion y en ese discurso fuiste de los pocos en hablar del No a la Guerra de Irak, ¿estamos en una época similar? ¿Te preocupa que repitamos esos errores?

Me preocupa muchísimo. Me cuesta trabajo ser optimista en circunstancias como estas en este momento. Me llena de orgullo que que España dé un golpe en la mesa y diga así no, hay ley internacional que hay que cumplir, nosotros la cumplimos. Me parece muy importante. Recuerdo la otra guerra, el otro No a la guerra. Recuerdo la manifestación de la que yo formé parte y era la mayor manifestación que yo había visto en Madrid. Sin embargo, el señor Aznar tuvo sus santos cataplines para decir no a el 90 por ciento de la población y decirle sí al señor Bush. Esta vez se ha dicho No a la guerra, de acuerdo con lo que pensamos la mayoría de los españoles. Habrá otros que no, probablemente, ya lo está diciendo Feijóo. Pero lo dicen tan mal que eso no llega a ningún lado. Y yo estoy preocupadísimo.

Pepa Blanes

Es jefa de Cultura de la Cadena SER. Licenciada...