La película de Visconti que el fascismo prohibió por "demasiado real"
El primer filme del director italiano abrió la puerta al neorrealismo y desafió de frente al régimen de Mussolini

La película de Visconti que desafió al régimen de Mussolini
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Madrid
La primera película de Luchino Visconti, Obsesión (1943), no solo marcó el inicio del neorrealismo italiano: también se convirtió en un desafío directo al régimen de Mussolini. El programa Sucedió una noche de la Cadena SER recordó esta semana cómo aquel debut resultó intolerable para el poder fascista, que decidió prohibirla nada más verla.
En plena Segunda Guerra Mundial, Visconti adaptó libremente la novela El cartero siempre llama dos veces para contar una historia de deseo, crimen y desesperación. Lo hizo alejándose por completo del cine oficial de la época, dominado por comedias blancas que el régimen impulsaba para proyectar una Italia ordenada y feliz.
En aquellos momentos el cine italiano solo hacía comedias rosas, las películas no hablaban de la Italia real. Obsesión sí lo hacía. Su cámara mostraba carreteras polvorientas, casas humildes, bares de mala muerte y paisajes que desmontaban el ideal propagandístico. Para un régimen que necesitaba controlar la imagen del país, aquello era una provocación, ya que la película transmitía un clima de opresión y un ambiente sórdido que disgustaba al poder fascista.
La reacción fue inmediata: persecución, censura y retirada de las salas. Su “delito” era evidente: mostrar Italia sin filtros. No era una película política en su argumento, pero sí en su mirada, demasiado frontal, demasiado cercana a la realidad, y por tanto incompatible con el relato oficial.
Con el tiempo, Obsesión encontró el lugar que le correspondía: junto a Roma, ciudad abierta, de Rossellini, como una de las obras fundacionales del neorrealismo. Una corriente que convertiría a Italia en una referencia cinematográfica mundial y que nació justamente con el gesto valiente de un director que aún buscaba su voz. Obsesión fue como abrir una ventana en una habitación que llevaba 20 años cerrada.
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Hoy, ocho décadas después, Obsesión sigue siendo un recordatorio de lo que ocurre cuando una película decide contar la verdad. Y de lo peligroso que eso puede resultar para el poder, incluso sin proponérselo.




