José Luis Sastre: "Da pudor hablar de bondad en los tiempos que corren"
El periodista presenta 'Plomo' en 'La Ventana', una historia que explora el precio de defender unas ideas en contextos de violencia y terrorismo

José Luis Sastre: "Da pudor hablar de bondad en los tiempos que corren"
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Madrid
Aunque muchos lectores puedan pensar en el terrorismo de ETA al adentrarse en las páginas de Plomo, su autor, José Luis Sastre, insiste en que la novela no pretende narrar un episodio concreto ni situarse en un lugar determinado.
"No quise centrarlo en ETA, pero es evidente que forma parte de nuestra memoria", reconoce en La Ventana. La obra, explica, bebe de diferentes escenarios históricos y sociales, desde los años más duros del terrorismo en España hasta la violencia mafiosa en Italia.
Una historia sobre el deber y las decisiones difíciles
El germen de la novela nació, según su autor, de una inquietud personal que fue tomando forma con el tiempo. "Yo no sabía que tenía esta pulsión por escribir esta novela", confiesa. Poco a poco, se dio cuenta de que sus historias giraban siempre alrededor de una misma idea: el deber de quienes hacen lo que consideran correcto, incluso cuando el precio es altísimo.
Entre las inspiraciones que marcaron el desarrollo de Plomo se encuentran historias reales de resistencia y valentía. Una de ellas es la de los hermanos Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, símbolos de la lucha contra la mafia italiana.
Sastre recuerda haber sentido un profundo impacto al conocer el compromiso de quienes decidieron proteger a estas figuras públicas sabiendo que también podían convertirse en objetivos. "Me interesaba saber qué movió a esas personas jóvenes que aceptaron protegerlos sabiendo que podían morir", explica.
El eco de los años de violencia
Aunque la novela evita referencias explícitas, el autor admite que su memoria personal también ha influido en la escritura. Evoca, por ejemplo, aquellas mañanas en las que la radio abría con la noticia de un nuevo atentado, una rutina que marcó a toda una generación.
Sin embargo, insiste en que su intención no es reconstruir un episodio histórico concreto, sino plantear preguntas morales que siguen siendo actuales.
"Yo no hago novelas para responder preguntas, sino para plantearlas", explica. Entre ellas, algunas muy incómodas pero necesarias: ¿Es cobarde quien renuncia a luchar? ¿Es más valiente quien decide seguir adelante pese al peligro?
Entre la valentía y el miedo
Uno de los temas centrales de Plomo es el dilema moral al que se enfrentan quienes viven bajo amenaza. El protagonista de la historia es un escolta sin nombre, una decisión narrativa que busca universalizar la experiencia.
"Mi escolta no tenía nombre porque se me hacía postizo", explica el autor. La intención era que representara a muchas personas anónimas que han vivido situaciones similares en distintos contextos históricos.
El trasfondo de la novela conecta también con reflexiones que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial, cuando pensadores como Albert Camus destacaron el papel de quienes actuaron por deber sin buscar reconocimiento.
La bondad como acto de valentía
En la recta final del proceso creativo, José Luis Sastre reconoce que tuvo dudas sobre cómo sería recibida una historia que habla abiertamente de valores como el deber o la bondad.
"A veces me preocupaba parecer ingenuo", admite. "Da pudor hablar de bondad en los tiempos que corren".
Sin embargo, decidió reivindicar esa idea como un elemento central de la novela. Plomo no es solo una historia sobre violencia o amenazas, sino también sobre quienes, pese al miedo, deciden actuar movidos por sus convicciones.
Porque, en palabras del propio autor, lo que realmente le interesaba era entender qué lleva a algunas personas a sacrificarse por los demás, aun sabiendo que ese gesto puede costarles la vida.
Las sombras que protegían vidas
El relato de la novela conecta con la memoria real de quienes vivieron bajo amenaza durante los años del terrorismo. Los escoltas, muchas veces invisibles para la sociedad, formaban parte esencial de esa vida marcada por el miedo.
El primer escolta asesinado por ETA fue Juan Antonio Bueno, en 1973, mientras protegía al entonces presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco. El último fue Jesús Escudero García, que murió el 30 de octubre de 2000 al proteger al magistrado José Francisco de Querol.
En el peor momento de la violencia, en 2002, 963 personas vivían escoltadas por la amenaza terrorista. No solo políticos, también jueces, periodistas, profesores o concejales que llevaban esa "sombra" a su vida cotidiana. Para muchos, el momento en que se les asignaba protección marcaba un antes y un después en sus vidas y en las de sus familias.
Historias como la del concejal Isaías Carrasco, que acudía a su trabajo acompañado por escoltas, o la de supervivientes que tuvieron que reconstruir su vida tras atentados, reflejan una realidad que aún pesa en la memoria colectiva.
La periodista Eva Domaika recuerda que la memoria no está hecha para ser cómoda. "La memoria tiene que ser molesta e incómoda, cuestionadora", explica, subrayando que recordar obliga a preguntarse qué hacía cada uno mientras otros sufrían.
Una idea que comparte Gemma Varona, quien sostiene que hacer memoria hoy es casi un acto contracultural: ir contracorriente para evitar que el olvido se convierta en la salida más fácil.





